prólogo

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Prólogo – Nunca fui suficiente

Tenía quince años hasta hace poco.
Ayer fue el cumpleaños de Inuyasha Taisho.
Ahora tenía dieciséis, y aunque en la casa nadie lo decía en voz alta, todos parecían preguntarse lo mismo:
¿en qué momento empezó a cambiar tanto?
Ese día le prepararon algo pequeño.
Nada ruidoso, nada excesivo.
Una reunión discreta, una torta sencilla, regalos correctos.
Lo justo para cumplir, lo suficiente para no quedar mal.

Inuyasha agradeció todo con educación.
Sonrió lo justo.
Como siempre.
Desde hacía un año, su actitud se había vuelto extrañamente distante.
No grosera.
No rebelde.
Solo… apagada.
Antes, sonreír era algo natural para él.
Era amable, cálido, de esos chicos que escuchan más de lo que hablan y que siempre parecen contentos de estar ahí.
Apreciaba a su familia de una forma sincera, incluso cuando las cosas no eran del todo justas.

Porque Inuyasha siempre lo supo, aunque nunca se lo dijeran de frente.
Él era el hijo nacido fuera del matrimonio.
Su madre había muerto el mismo día que él llegó al mundo, y fue criado únicamente por su padre.
Nunca le faltó nada esencial.
La familia Taisho era de clase alta, vivían cómodamente, sin preocupaciones reales por el dinero.
No eran millonarios de revista, pero estaban más que bien.

Vivían en un mundo moderno, donde humanos, demonios y otras especies convivían sin mayores conflictos.
La vida cotidiana no giraba en torno a guerras ni discriminaciones extremas, sino a problemas más simples: el trabajo, los estudios, el mañana.

Y sin embargo, para Inuyasha, el problema siempre había sido otro.
Nunca fue apreciado de la misma manera en que él apreciaba a los demás.
Lo querían.
Eso era cierto.
Pero querían mucho más a su hermano mayor, Sesshomaru.
Sesshomaru Taisho era todo lo que una familia podía desear.
Elegante, inteligente, impecable.
Desde pequeño destacó en todo lo que hacía.
Las calificaciones perfectas parecían naturales en él, como si el esfuerzo no existiera.
En cada cumpleaños de Sesshomaru había fiestas grandes.
Invitados, lugares caros, regalos sin mirar precios.

Era un acontecimiento.
En los cumpleaños de Inuyasha… no.
No eran malos.
Solo modestos.
Ese contraste fue calando despacio, como agua filtrándose por una grieta.
Inuyasha no se quejaba.
Nunca lo hizo.

Al contrario, se esforzaba más.
Si su hermano sacaba un cien por ciento en las evaluaciones, Inuyasha estudiaba hasta quedarse dormido sobre los libros.
Le costaba más.
Mucho más.

Y aun así, logró sacar noventa y cinco.
Noventa y seis.
Resultados excelentes.
Estaba orgulloso de sí mismo.
Su familia lo felicitaba.
Le decían que había hecho un gran trabajo.

Pero nunca con el mismo entusiasmo.
Nunca con el mismo ruido.
Una vez, cuando Sesshomaru mantuvo un año entero de calificaciones perfectas, lo llevaron a un lugar muy caro que Inuyasha siempre había querido conocer.

Fue un premio.
Un reconocimiento.
Inuyasha, en silencio, también soñó con algo así.
Alguna vez pidió lo mismo.
No exigió.
Solo preguntó.
La respuesta fue amable, pero firme.
—Cuando llegues al nivel de tu hermano —le dijeron—.
—O al menos a un noventa y nueve por ciento.
Nunca pudo.
Eso no generó rabia.
Generó algo peor.
Frustración silenciosa.
Con el tiempo, le explicaron que debía aprender a ser más austero.
Más humilde.

Que no todo en la vida eran lujos.
Fue esa la excusa que justificó los excesos de Sesshomaru…
y las limitaciones de Inuyasha.
Y aun así, no se rindió.
Nunca dejó de intentarlo.
No porque quisiera competir con su hermano.

Sino porque deseaba, con todo su corazón, algo mucho más simple:
El mismo nivel de afecto.
El mismo respeto.
La misma mirada orgullosa.
Pero los años pasaron.
Y algo dentro de Inuyasha empezó a romperse despacio.
No gritó.
No discutió.
No reclamó.
Solo dejó de sonreír.
Y sin darse cuenta, llegó a una conclusión que jamás dijo en voz alta:
Nunca fue suficiente.

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