Capítulo 1:

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El humo de la pólvora era el único perfume que el sargento Elias Thorne conocía. Caminaba por el campo de batalla con una parsimonia que aterraba a sus aliados y enfurecía a sus enemigos. No era arrogancia; era una eficiencia gélida. Elias no gritaba órdenes, las dictaba como sentencias. No dudaba; simplemente ejecutaba.
A su alrededor, el caos era absoluto, pero él parecía moverse en una burbuja de orden antinatural.

Durante la toma del sector norte, Elias quedó acorralado en un edificio en ruinas. Tres soldados enemigos le apuntaron desde las sombras. Uno de ellos, con el dedo ya presionando el gatillo de una escopeta a quemarropa, vio cómo su arma se encasquillaba inexplicablemente. Elias, sin parpadear, desenfundó su cuchillo y lo neutralizó con un movimiento limpio.
El segundo atacante lanzó una granada. El artefacto rodó hasta los pies de Elias, pero en lugar de fragmentarse, el percutor falló por un defecto de fabricación de uno en un millón. Elias ni siquiera saltó para cubrirse; simplemente disparó su pistola, abatiendo al hombre antes de que pudiera procesar su mala suerte.
—Directo al grano —murmuró Elias, recargando su arma con manos que no temblaban.

Sentada sobre una viga de acero retorcida, balanceando sus piernas en el vacío, Ella lo observaba.
Para el resto del mundo, era el fin, la guadaña, el silencio eterno. Pero allí, vestida con una túnica que parecía hecha de sombras líquidas, la Muerte tenía la expresión de una niña frente a un rompecabezas imposible.
—¿Por qué no puedo verte, Elias? —susurró, aunque su voz solo era el viento frío que erizaba la piel de los combatientes.
Ella tenía un libro donde figuraban los hilos de cada vida. Podía ver cuándo nacerían, cómo sufrirían y el segundo exacto en que sus almas le pertenecerían. Pero con Elias, las páginas estaban en blanco. El hilo de su vida no era de seda ni de oro; era de un material que ella no podía tocar ni predecir.
Esa intriga se había convertido en una obsesión silenciosa.

Un francotirador, oculto a trescientos metros, centró la mira en la nuca de Elias. Era un disparo perfecto. El viento era nulo, la distancia ideal. El francotirador exhaló y apretó el gatillo.
En ese instante, la Muerte sopló suavemente.
Un cuervo negro se cruzó en la trayectoria de la bala justo a tiempo. El proyectil se desvió apenas un milímetro, rozando el casco de Elias pero sin dejarle ni un rasguño. Elias se giró hacia la dirección del disparo, localizó el destello de la lente y, con un solo tiro de su rifle, terminó el encuentro.
—Demasiado cerca —dijo Elias, ajustándose el casco. No sintió miedo, solo una curiosidad clínica por el sonido del impacto.

Elias Thorne seguía avanzando. Sus compañeros empezaban a llamarlo "El Intocable" o "El Espectro". Pensaban que era un santo o un demonio, pero la realidad era más extraña: era el único ser humano que mantenía a la Muerte entretenida.
Ella lo seguía en cada trinchera, en cada asalto. A veces ponía una mano invisible sobre su hombro para que él se agachara "por instinto" justo antes de una ráfaga de metralla. No quería que muriera, no todavía. Quería entender qué lo hacía tan diferente, por qué su destino era un secreto incluso para la dueña del final.

Elias, frío y directo como siempre, caminaba hacia el siguiente objetivo, sin saber que la misma entidad que todos temían era su guardia personal, decidida a mantenerlo vivo solo para ver qué haría a continuación.

entre hilos y sombrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora