PRÓLOGO

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Para quien lea este libro:
ojalá encuentres entre estas páginas
el valor de ser quien eres,
incluso cuando el mundo te obligue a mentir.

Las armaduras brillantes hacían un ruido metálico cada vez que mamá las frotaba con una esponja húmeda. El sonido se repetía una y otra vez, como un latido frío que llenaba la lavandería del castillo. Grey, mi hermano, dormía profundamente en una de las bancas cercanas, con la cabeza ladeada y la boca apenas entreabierta.

Yo, en cambio, estaba sentada en el suelo contando por décima vez los pequeños azulejos que cubrían la pared. Formaban la imagen de una torre alta, rodeada de nubes. Siempre me había parecido bonita, aunque un poco triste.

- Mamá... me aburro -dije al fin, arrastrando las palabras.

- Gis, corazón, ahora estoy muy ocupada -respondió sin mirarme- Si quieres, puedes ir a caminar por el jardín del centro del castillo, pero no te alejes de allí. ¿Me oíste?

Asentí, aunque ella no levantó la vista ni un segundo de la ropa que estaba lavando.

Yo odiaba ir al castillo. Era enorme, sí, y todos decían que era maravilloso, pero para mí era frío. Frío en las paredes, en los pasillos y en el silencio. Sentía que en cualquier momento alguien malo podía aparecer y llevarme... o peor, llevarse a mi peluche, el capitán Oso. Lo apreté fuerte contra mi pecho antes de dejarlo escondido en la banca, junto a Grey.

Abrí la puerta de la lavandería y salí corriendo. Conocía esos pasillos de memoria, había estado tantas veces que a veces sentía que vivía allí. Mis pasos resonaban contra el piso de piedra mientras pasaba por puertas enormes y ventanas altísimas.

Llegué al jardín central y me senté junto a la fuente. El agua caía suave, y algunos bichitos caminaban cerca de mis zapatos. Me quedé observándolos, olvidándome un poco del castillo.

Papá todavía no había regresado.

Mamá siempre decía que él estaba salvando al reino, y que por eso tenía que irse tan seguido. Su armadura era muy pesada, una vez quise levantar su casco y me aplasté los dedos. Además, él era cercano al rey. Muchas veces el rey iba a visitarlo a casa, y yo quería escuchar de qué hablaban, pero mamá siempre nos llevaba al pueblo cuando eso pasaba.

Entonces algo llamó mí atención.

Una mariposa azul, como nunca antes había visto. Sus alas brillaban con la luz del sol. Me levanté de un salto y empecé a seguirla, riendo bajito. Cada vez que estaba a punto de tocarla, volaba un poco más lejos, como si jugara conmigo.

De pronto se posó sobre una flor.

Era mi momento perfecto.

O lo habría sido, si alguien no hubiera entrado al jardín haciendo tanto ruido que la mariposa salió volando de inmediato.

Me giré, molesta, y vi a un niño. Parecía tener mi edad. Estaba llorando, con la cara roja y los ojos llenos de lágrimas, como si se hubiera roto su peluche favorito.

- ¡Ey! Hola -lo saludé, levantando la mano.

Él se quedó quieto, como una estatua. Me acerqué un poco más.

- ¿Por qué llorás?

Nunca lo había visto antes. Muchas sirvientas llevaban a sus hijos, como hacía mamá conmigo, así que casi todos me resultaban conocidos, pero él no. No me sonaba de nada. Tenía el pelo marrón oscuro y la piel morena, y sus ojos me llamaron mucho la atención, eran amarillos, como los de un gato. Aunque, en vez de dar miedo, parecía un gatito asustado, de esos que se esconden cuando hay mucha gente.

Entre Mentiras y Espadas Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora