Prólogo

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Siempre he pensado que las personas tienen una idea equivocada sobre lo que significa crecer rodeada de dinero.

Desde fuera todo parece perfecto. Casas enormes, coches de lujo, viajes a cualquier parte del mundo y un apellido que abre puertas antes incluso de que tengas que llamar. La gente cree que una vida así solo puede traer felicidad, que quien nace entre privilegios nunca tiene motivos para llorar. Ojalá hubiera sido tan sencillo.

Crecí entre lujos. No como una princesa de cuento, sino como la hija de dos personas capaces de decidir el futuro de empresas enteras con una sola reunión.

Mi padre era uno de esos hombres que parecían verlo absolutamente todo: números, contratos, inversiones, oportunidades... Nunca se le escapaba un detalle cuando se trataba de negocios.

Mi madre era exactamente igual. Juntos habían construido un imperio que todos admiraban y respetaban. Sin embargo, había algo que ninguno de los dos parecía ser capaz de ver. A mí.

Nunca me faltó una habitación enorme, juguetes nuevos o la posibilidad de estudiar donde quisiera. Nunca escuché un "no podemos permitírselo". Pero tampoco escuché demasiados "¿cómo estás?" o "estoy orgullosa de ti". Aprendí demasiado pronto que había una diferencia enorme entre que alguien cuidara de ti y que alguien te quisiera de verdad. Las niñeras conocían mis miedos mejor que mis propios padres. Ellas sabían qué hacía cuando tenía pesadillas, cuál era mi comida favorita o qué película conseguía hacerme sonreír cuando estaba triste. Mis padres, en cambio, apenas sabían en qué curso estaba.

Con el paso de los años entendí que aquella ausencia había dejado una huella mucho más profunda de lo que imaginaba. Me acostumbré a aferrarme demasiado rápido a las personas.

Bastaba con que alguien me dedicara un poco de atención para sentir que quería conservarlo para siempre. Nunca conseguí evitarlo. Siempre intentaba convencerme de que debía mantener las distancias, de que no podía entregar tan fácilmente una parte de mí porque algún día acabarían marchándose, igual que lo habían hecho mis padres incluso estando vivos. Pero mi corazón nunca aprendió esa lección. Seguía creyendo en las personas con una facilidad desesperante.

Y entonces apareció Mike Alister.

Quién iba a decir que el chico que terminaría convirtiéndose en la persona más importante de mi vida aparecería una tarde cualquiera, cuando ambos apenas teníamos ocho años. Yo acababa de escaparme de casa, como tantas otras veces. Aquella enorme mansión era preciosa para cualquiera que la viera desde fuera, pero para mí no dejaba de ser un lugar inmenso en el que sobraban habitaciones y faltaban abrazos.

Escaparme se había convertido en mi pequeña forma de sentir que, al menos durante unas horas, podía decidir algo sobre mi propia vida.

Recuerdo perfectamente aquel parque.

Recuerdo el columpio, el viento moviendo las hojas de los árboles y también el momento exacto en que perdí el equilibrio y terminé en el suelo. Me dolía la rodilla, sí, pero sobre todo me dolía la vergüenza de haberme caído completamente sola. Pensé que simplemente me levantaría, limpiaría la tierra de la ropa y seguiría como si nada hubiera pasado.

Entonces escuché una voz.
—¿Estás bien?
Levanté la cabeza y allí estaba él.

Aún hoy podría describir aquella imagen con todo detalle. Un niño de mi edad, con el pelo completamente despeinado, las zapatillas llenas de polvo y una expresión de preocupación tan sincera que, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me estaba mirando de verdad. No porque fuera hija de quienes era. No porque llevara mi apellido. Me estaba mirando a mí.

Supongo que hay personas destinadas a entrar en tu vida sin hacer ruido y terminar cambiándola por completo.

Mike hizo exactamente eso. Se convirtió en mi mejor amigo antes de que ninguno de los dos entendiera realmente qué significaba la amistad. Crecimos compartiendo tardes, secretos, enfados, reconciliaciones y promesas que parecían imposibles de romper. Con él nunca tuve miedo de llorar. Nunca tuve que fingir que estaba bien. Nunca me hizo sentir que era demasiado intensa o demasiado sensible. Simplemente me dejaba ser yo. Y, para una niña que había pasado toda su vida intentando ganarse el cariño de quienes nunca parecían tener tiempo para ella, aquello significaba absolutamente todo.

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⏰ Last updated: Jul 07 ⏰

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