Ligero, feliz y distraído, mirando el azul cielo sobre mí, sintiendo el pasto entre mis dedos, el olor a hierbas y flores saturando mi olfato. El corazón latiéndome lento en el pecho seguido de una relajada respiración.
Los ojos se me cierran solos, los párpados parecen pesar toneladas y el mundo de los sueños, entre suaves e irresistibles caricias me guía al oscuro sendero.
Abro los ojos y contemplo los cielos tempestuosos, brillan y se oscurecen sobre mí, mientras la lluvia, intensa y sofocante apenas me deja respirar. Mis dedos rozan y se hunden en el barro en el que me encuentro tendido, mis labios tiemblan morados, todo el cuerpo se me estremece. Saladas lágrimas se pierden en el agua fría que moja mi piel y mi alma, desnudas en la tormenta.
La gélida muerte acaricia con suavidad mi tieso rostro mientras se refleja en los profundos abismos de mis ojos y me conduce a través del oscuro sendero.
Vuelvo a abrir los ojos, vuelvo a ser un niño con el azul y despejado cielo metido en el alma, vuelvo a acariciar las verdes hierbas bajo mis manos, vuelvo a sentir el viento correr entre mis descalzos pies, el corazón me vuelve a latir tranquilo, los contornos de mis labios dibujan incontrolables sonrisas y la cálida felicidad se agita en mi estómago una vez más.
