Me enamoré de él en primer año.
No fue algo repentino ni dramático. No hubo fuegos artificiales ni un momento exacto que pudiera señalar. Simplemente ocurrió, de manera silenciosa, mientras Hogwarts se convertía en hogar y él en mi lugar seguro.
Al principio solo era mi amigo. El primero que me habló en el tren, el que se sentó a mi lado en el Gran Comedor, el que parecía entenderme incluso cuando yo no decía nada. Con el tiempo, empecé a mirarlo más de lo necesario. A notar detalles pequeños: la forma en la que sonreía cuando estaba nervioso, cómo se concentraba en clase, cómo decía mi nombre como si le importara.
Lo quise sin darme cuenta.
Después lo quise sabiendo exactamente lo que hacía.
Nunca se lo dije. Nunca hice nada que pudiera poner en riesgo lo nuestro. Porque lo nuestro era cómodo, cercano, demasiado importante. Éramos amigos que pasaban todo el tiempo juntos, que salían como si fueran una pareja y se elegían todos los días sin necesidad de explicarlo.
Yo lo amaba en silencio.
Desde primer año.
Con paciencia, con cuidado... y con la esperanza secreta de que algún día él me mirara de la misma forma.
