LD - 2204

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El telón de terciopelo raído se alzó con la pesadez de un párpado cansado. Bajo la luz amarillenta de un reflector que parpadeaba, apareció un calcetín. No era cualquier calcetín; tenía botones por ojos y una sonrisa cosida con hilo rojo que parecía vibrar de emoción.
—¡Hola, amiguitos! —chilló el títere, moviéndose con una energía espasmódica—. ¿Saben qué hora es?
Desde la oscuridad del teatro improvisado, una docena de niños harapientos, con las caras manchadas de hollín industrial, respondieron a coro, hipnotizados:
—¡La hora de los dulces!
Una voz femenina, suave como la seda y dulce como el veneno, resonó detrás de la tela.
—Así es, mis pequeños tesoros. Vengan con mamá... tengo algo especial para los que se portan bien.
La mujer emergió. Era hermosa de una manera inquietante, con la piel pálida y un vestido que parecía flotar. Extendió los brazos y los niños, como polillas atraídas al fuego, comenzaron a caminar hacia ella, subiendo al escenario. La mujer sonrió, sus dedos se alargaron ligeramente, listos para atrapar al primero.
Bang.
El sonido fue seco, definitivo. No hubo drama, ni discurso. Una bala de alto calibre atravesó el cráneo de la mujer, entrando por la frente y estallando en una nube carmesí y materia gris que salpicó el telón de fondo. El cuerpo cayó como un saco de piedras. El títere de calcetín aterrizó suavemente sobre su pecho inerte. Los niños gritaron.
—Cincuenta mil millones de iwchi. Ni uno más, ni uno menos.
El oficial de la comisaría espacial tamborileó sus dedos sobre el mostrador de metal oxidado. El lugar apestaba a ozono quemado y sudor rancio. Deimos Astari miraba la pantalla holográfica donde el rostro de la mujer —ahora marcado con una X roja— parpadeaba junto a la cifra astronómica.
—Era una Banshee de Nivel 4, sargento. Se comía a los niños —murmuró Deimos, limpiándose una mancha de aceite del guante—. Debería valer el doble.
—El mercado está a la baja, Astari. Tómalo o lárgate —el oficial escupió en un vaso de plástico y deslizó un chip de crédito sucio por la mesa—. Además, hiciste un desastre en el teatro. La limpieza corre por tu cuenta.
Deimos tomó el chip. Sus manos no temblaron, pero su estómago sí. Odiaba esto. Odiaba el olor a pólvora que se le quedaba en la ropa y la mirada vacía de la mujer antes de caer. Pero el odio no pagaba las facturas en el A-2204.
Salió a la calle. El aire del planeta era denso, tóxico. Caminaba con la cabeza gacha, sintiendo el peso del chip en su bolsillo. Cincuenta mil millones. Suficiente para la renta, la medicina de mamá y quizás, solo quizás, comida de verdad para los chicos.
El golpe vino de la nada.
Un tubo de metal se estrelló contra sus costillas, sacándole el aire en un gemido agónico. Deimos rodó por el suelo sucio del callejón mientras seis sombras se cerraban sobre él.
—¡Vaya, vaya! El perrito del gobierno cobró su premio —se burló una voz ronca. Un bandido con implantes cibernéticos de baja calidad le pateó la cara.
Deimos escupió sangre y un diente. El dolor le aclaró la mente. No era miedo lo que sentía. Era cansancio. Y furia.
Se levantó tambaleándose. Cuando el primero se lanzó con una navaja, Deimos reaccionó por puro instinto muscular.
Agarró la muñeca del atacante, giró sobre su eje y con un crujido húmedo, le partió el brazo por el codo. El hueso blanco asomó a través de la piel. Antes de que el hombre pudiera gritar, Deimos le hundió la tráquea con un golpe seco de su palma. Uno menos.
Los otros dudaron un segundo. Grave error.
Deimos desenfundó su cuchillo de combate. Al segundo bandido le abrió el estómago en canal; las tripas se derramaron sobre el asfalto humeante como serpientes mojadas. Al tercero le agarró la cabeza y la estrelló contra la pared de ladrillo repetidamente hasta que el sonido de impacto pasó de ser crac a ser un plop húmedo y blando.
—¡Es un demonio! —gritó uno de ellos.
Deimos se movía como una exhalación de violencia. Cortó tendones, perforó pulmones. El quinto intentó huir, pero Deimos le lanzó el cuchillo, clavándoselo en la nuca. El cuerpo se desplomó deslizzándose unos metros.
Deimos cayó de rodillas, jadeando, con la visión borrosa por la sangre que le corría desde la frente. Se palpó el bolsillo.
Vacío.
Levantó la vista justo a tiempo para ver al sexto ladrón, una rata escurridiza que se había mantenido al margen, doblando la esquina con el chip de crédito en la mano.
—¡No! —rugió Deimos, intentando levantarse, pero sus piernas fallaron. El dinero. La medicina. Todo se había ido.
La puerta de su casa rechinó al abrirse. No era más que un módulo habitacional prefabricado que se caía a pedazos. El olor a sopa aguada y enfermedad lo golpeó más fuerte que el tubo de metal.
Su madre estaba en el catre, tosiendo. Sus dos hermanos menores, Lía y Tork, lo miraron con ojos enormes, esperando el milagro.
—Deimos... —la voz de su madre era un susurro—. ¿Estás bien? Estás sangrando.
Deimos se dejó caer en una silla coja. No podía mirarlos a los ojos.
—Me asaltaron, má. Eran seis. Maté a cinco, pero... —se le quebró la voz, algo que le dolía más que las costillas rotas—. Se llevaron el chip. No tengo nada. No hay para la renta.
El silencio que siguió fue sepulcral. Tork, el mediano, se acercó tímidamente.
—Hermano... escuché que en los muelles de carga, el viejo Zorg busca gente. Dicen que paga bien si... bueno, si estás dispuesto a hacer cosas con los turistas. Lía y yo podríamos ir.
Deimos se levantó tan rápido que la silla voló hacia atrás.
—¡Ni se te ocurra repetirlo! —gritó, y el eco retumbó en las paredes de metal—. ¡Jamás! ¿Me oyes? ¡Prefiero morir en una zanja antes que dejar que ustedes se vendan a esos cerdos! Yo soy el mayor. Yo traigo el dinero. Ustedes estudian y viven. Ese es el trato.
—¡Pero no hay dinero, Deimos! —lloró Lía—. ¡Nos van a echar a la atmósfera mañana!
Deimos se pasó las manos por el cabello, desesperado, sintiendo cómo el mundo se cerraba sobre su garganta. Iba a responder, iba a prometer algo que no podía cumplir, cuando tres golpes secos y autoritarios sonaron en la puerta.
Toc. Toc. Toc.
El ambiente se congeló. Nadie tocaba así en este barrio a menos que fuera la muerte o la policía.
Deimos hizo un gesto a sus hermanos para que se escondieran detrás de la madre. Agarró su cuchillo, aún manchado de sangre seca, y abrió la puerta de un tirón.
Frente a él no había un cobrador, ni un policía.
Había un hombre alto, envuelto en una gabardina negra de un material que parecía absorber la poca luz del pasillo. Llevaba guantes de piel inmaculada. Pero lo que heló la sangre de Deimos fue su rostro.
No tenía rostro.
Llevaba una máscara de cerámica blanca, pulida y brillante, sin boca ni nariz. Solo tenía dos orificios negros y vacíos donde deberían estar los ojos, y sobre la frente de la máscara, grabado en oro, un extraño símbolo geométrico que Deimos no reconoció.
—Deimos Astari —dijo el hombre. Su voz no sonaba humana; sonaba metálica, filtrada, como si viniera de muy lejos—. He oído que tienes problemas de liquidez. Y yo tengo un problema que requiere... una solución violenta.
El desconocido extendió una mano enguantada.
—¿Podemos pasar? Tengo una oferta que no podrás rechazar.

El corazón oscuro de Deimos AstariStories to obsess over. Discover now