La llegada

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Hawkins, Indiana, finales de verano de 1986.

El sol se derrite sobre el asfalto y el aire huele a césped recién cortado y a la promesa de que algo está a punto de cambiar. Will Byers pedalea despacio por Mirkwood, la calle que lleva a su casa, con la mochila colgando de un hombro y el walkman sonando bajo. The Smiths, como siempre. Hay días en que la música es lo único que le impide sentir que todavía hay algo oscuro acechando en los bordes de su visión.

Cuando llega a Loch Nora, ve la bicicleta nueva apoyada contra el porche de la casa de Mike. No es de ninguno de ellos: es una BMX negra con detalles rojos, demasiado limpia para haber sobrevivido un verano entero en Hawkins. Will frunce el ceño y aparca su propia bici al lado.

Dentro de la casa de los Wheeler ya están todos. Dustin grita algo sobre Dragones y Mazmorras, Lucas se ríe a carcajadas, Max está sentada en el brazo del sofá con los brazos cruzados y Eleven mira todo con esa expresión tranquila que solo ella tiene. Mike está de pie, presentando a alguien.

—Chicos, este es Karl. Acaba de mudarse a la calle de al lado. Su papá trabaja con el mío en la planta.

Karl está de espaldas a la puerta, pero cuando se gira para saludar, Will siente que el aire se le escapa un segundo de los pulmones.

Karl tiene el pelo castaño oscuro, un poco largo y revuelto, como si acabara de bajarse de la bici después de un viaje largo. Lleva una camiseta vieja de The Cure que le queda perfecta en los hombros. Sus ojos son verdes, claros, y cuando sonríe hay algo en esa sonrisa que parece sincero sin esfuerzo. Extiende la mano hacia Will.

—Ey, tú debes ser Will. Mike me habló de ti.

Will estrecha su mano y nota que la tiene cálida. Demasiado cálida. O quizás es él que de repente siente calor en las mejillas.

—Hola —dice, y su voz suena más baja de lo que esperaba.

Karl suelta la mano y se gira hacia los demás, pero Will sigue notando el lugar exacto donde sus dedos se tocaron. Se sienta en el suelo, al lado de Eleven, y finge escuchar cómo Dustin explica las reglas de la campaña que van a empezar. Pero no puede dejar de mirar a Karl de reojo.

Karl se ríe con facilidad. Pregunta cosas. Escucha de verdad. Cuando Lucas cuenta la historia (versión censurada) de cómo salvaron el mundo hace un par de años, Karl alza una ceja y dice:

—Suena a que Hawkins es más interesante de lo que me advirtieron.

Y mira directamente a Will al decirlo.

Will baja la vista al suelo. Siente que el corazón le late demasiado rápido, como cuando corría del Demogorgon, pero esto es distinto. Esto no da miedo. O sí, pero de otra forma.

Después de la partida, cuando los demás ya están recogiendo dados y fichas, Karl se acerca a Will, que está guardando sus lápices en la mochila.

—Oye, Mike dijo que dibujas muy bien. ¿Me enseñas algo algún día?

Will se queda quieto un segundo. Luego asiente.

—Claro. Cuando quieras.

Karl sonríe de nuevo, esa sonrisa que parece guardar un secreto solo para él.

—Genial. Nos vemos mañana, entonces.

Y se va con su BMX negra bajo el brazo, pedaleando hacia la calle de al lado.

Will se queda en el porche de los Wheeler mirando cómo se aleja. El sol ya se está poniendo, tiñendo todo de naranja y rosa. Y por primera vez en mucho tiempo, Will piensa que quizás Hawkins todavía tenga cosas buenas por descubrir.

Cosas como Karl.

(Parte anterior permanece igual hasta el final de la partida y la despedida en el porche)

Se despidieron. Karl se montó en su BMX y se alejó pedaleando despacio, saludando con la mano.

Will se quedó mirando hasta que desapareció en la esquina.

Dustin le dio un codazo.

—Ey, Byers, ¿estás bien? Tuviste cara de zombie toda la partida.

Will se sobresaltó.

—Estoy bien. Solo... cansado.

Max lo miró con esa expresión de quien sabe más de lo que dice.

—Ajá.

Eleven le tomó la mano a Will un segundo, como hacía cuando sentía algo raro en él. No dijo nada, pero Will supo que ella notaba algo.

Mientras pedaleaba a casa bajo las primeras estrellas, Will no podía dejar de pensar en la voz de Karl diciendo su nombre. En cómo lo miraba. En cómo, por primera vez en mucho tiempo, Hawkins no se sentía tan vacío.

Y aunque todavía no entendía del todo qué era esa sensación en el pecho, sabía una cosa con seguridad:

Quería volver a ver a Karl mañana. Y al día siguiente. Y al otro.

Tal vez todo el verano.

–––

Esa noche, en su cuarto, Will no podía dormir.

La ventana estaba abierta y entraba el canto de los grillos, mezclado con el ruido lejano de algún coche pasando por la calle principal. La luz de la luna se colaba por las cortinas y dibujaba rayas plateadas en el techo. Will estaba acostado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, mirando esas rayas como si pudieran darle respuestas.

No dejaba de pensar en Karl.

En sus ojos verdes. En cómo se iluminaban cuando reía. En cómo se pasaba la mano por el pelo cuando estaba concentrado en la partida. En la forma en que había dicho "Viniendo de ti, eso significa algo", como si realmente le importara lo que Will pensaba.

Will cerró los ojos y, sin querer, la imagen volvió: Karl acercándose a él después de la partida, el olor leve a verano y a bicicleta nueva, la voz baja preguntando por sus dibujos.

Y entonces la imaginación tomó el control.

Imaginó que, en lugar de volver a la mesa, Karl se quedaba ahí, más cerca. Que le preguntaba algo más, algo tonto, solo para seguir hablando. Que sus rodillas se rozaban sin querer. Que Karl lo miraba de esa forma que ya empezaba a reconocer: directo, sin apartar la vista, como si Will fuera lo único interesante en el sótano.

Imaginó que Karl se inclinaba un poco. Solo un poco. Y que él también.

Que sus labios se encontraban.

Suave. Dudoso al principio, como todo lo nuevo. Pero luego más seguro. El calor de la boca de Karl, el sabor a Coca-Cola y a algo que solo era él. Las manos de Karl subiendo a su nuca, enredándose en su pelo. El corazón de Will latiendo tan fuerte que seguro Karl lo sentía.

Will abrió los ojos de golpe.

El cuarto estaba en silencio. Su respiración era lo único que se oía, rápida y entrecortada.

Se llevó una mano al pecho, como si pudiera calmar el latido. Se sentía caliente, nervioso, culpable y feliz al mismo tiempo. Nunca había pensado así en nadie. Ni siquiera en... bueno, en nadie.

Se giró de lado, abrazando la almohada.

"No es nada raro", se dijo. "Es solo... Karl".

Pero sabía que no era "solo".

Era todo.

Y por primera vez, la idea de que alguien pudiera gustarle de verdad —y que quizás, solo quizás, él también le gustara— no le daba miedo.

Le daba ganas de que llegara mañana.

Apagó la luz de la mesita, aunque sabía que no dormiría pronto.

En la oscuridad, sonrió solo.

Karl.

Sus ojos verdes.

Y la posibilidad de que algún día ese beso imaginado pudiera ser real.

Hawkins Will Byers x Karl (OC) | BoyxBoy | Stranger ThingsStories to obsess over. Discover now