El ultimo dia de clases es algo que todos los adolescentes pero a mi siempre me hace sentir un sabor extraño algo que no puedo describir.
Los pasillos del instituto alderic para chicos estaban llenos de risas, mochilas golpeando contra las paredes y planes para verse durante el verano. yo solamente pensaba en una sola cosa. que al fin habían terminado los exámenes finales.
Mientras el tren se alejaba de Londres, apoyé mi frente contra la fría ventana. Mi padre decía que pasar las vacaciones con mis tíos sería "bueno para mi". según él, necesitaba aprender a convivir, a obedecer horarios, a no perder el tiempo. Mi madre, como siempre, no dijo ni una palabra.
Cuatro horas de viaje es lo que me separaba de mi prisión llamada "casa". Golden Hill, un pueblo pequeño al sur de Inglaterra. Demasiado pequeño para alguien que está acostumbrado al ruido constante de la ciudad. los gritos de los chicos del instituto, los automóviles y todo eso. Pero cerré los ojos, intentando convencerme de que solo serían un par de semanas.
El tren comenzó a frenar con un chirrido suave. Abrí los ojos cuando sentí el cambio en el ritmo de las cosas y mire por la venta de nuevo. El paisaje cambió tanto que pensé que había salido de Londres ahora en vez de altos edificios y fábricas había casas bajas, en vez de suelo lleno de asfalto y suciedad había un pasto tan verde que parecía pintado y un cielo y aires sin contaminación ni humo.
El andén de Golden Hill era pequeño, casi silencioso. baje con mi mochila y un bolso colgado en mi hombro y el olor del aire,la tierra, el sonido de los animales se sentía tan puro y tan libre. mire a mi alrededor y solo había unas pocas personas conversando en voz baja. y luego escuchó un: Alex, ya llegamos. Me giré y vi a mi tío levantando una mano en el aire. él sonreía de una forma tranquila, como si no existiera ninguna urgencia del mundo. A su lado estaba mi tía, que se acercó enseguida para darme un abrazo fuerte, de esos que no preguntan nada
–Debes estar cansado –dijo—. El viaje desde Londres siempre es eterno.
Asentí sin decir mucho. Mientras caminábamos hacia el auto, observé el pueblo con curiosidad, y había flores en casi todas las ventanas. Todo se sentía... lento. Demasiado lento para alguien que estaba acostumbrado a correr incluso cuando no hacía falta.
La casa de mis tíos estaba a las afueras, rodeada de árboles y con un jardín que parecía crecer sin pedir permiso. Me mostraron la habitación de huéspedes y me dijeron que me acomodara con calma, que no había horarios estrictos para dormir. Esa frase me llamó la atención. No estaba seguro de que hacer con tanta libertad.
Después de una siesta corta, salí a caminar. Necesitaba despejar la cabeza. El pueblo no tenía demasiadas cosas, tenía una iglesia antigua, un pequeño castillo medieval algo deteriorado y algunos comercios dispersos. Aun así, había algo reconfortante en ese silencio.
Fue entonces cuando sentí el olor.
Pan recién horneado.
Seguí el aroma casi sin pensarlo y terminé frente a una panadería pequeña, con un cartel de madera colgado de una madera. Dude un segundo antes de entrar. Una campanilla sonó sobre la puerta y el calor del lugar me envolvió de inmediato.
–Buenas tardes – dijo una voz desde el mostrador-
Levanté la vista. El chico que estaba allí tenía una sonrisa tranquila y las manos cubiertas de harina. No parecía apurado como si el tiempo funcionara distinto para él.
–Eh...¿Qué es ese olor tan dulce que hay aquí? – pregunte.
–Son muffins de vainilla que están en el horno. van a salir en unos minutos – respondió – si queres podes esperar acá adentro.
Asentí y me quedé allí, observando como el vapor escapaba del horno. Cuando volvió, traía una bandeja que llenó todo el lugar con un aroma dulce.
–Dos monedas de plata – dijo, mientras los guardaba en una bolsa.
–Soy nuevo en el pueblo – comente, casi sin pensarlo—. no te había visto antes
–Frank – respondió, extendiendo la mano—. Llegue hace poco
–Alex.
Nuestros dedos se tocaron apenas un segundo más de lo necesario. No fue incomodo. Fue... distinto-
–Vuelve cuando quieras – dijo, sonriendo otra vez
Salí de la panadería con la bolsa en la mano y una sensación extraña en el pecho, como si algo se hubiera acomodado sin que yo lo notara.
Me senté en un viejo puente de piedra a comer el muffin mientras el cielo empezaba a oscurecerse. Pensé que, tal vez, Golden Hill no era tan vacío como había imaginado
El aire se volvió más fresco y guardé la bolsa en el bolsillo. Me levanté despacio y emprendí el camino de regreso. Las luces de algunas casas empezaban a encenderse, amarillas y tenues, y por un momento tuve la sensación de estar caminando dentro de una postal antigua.
Cuando llegué a lo de mis tíos, la casa ya estaba despierta de noche. Desde la cocina salía un murmullo constante y el olor de algo caliente me envolvió apenas crucé la puerta.
–Ahí estás – dijo mi tía–. Justo a tiempo
Me senté a la mesa sin apuro. No había reloj a la vista ni nadie pendiente de la hora, Mi tío habló del trabajo en la granja, de lo tranquilo que había estado el día. Mi primo contó alguna historia que parecía repetirse cada verano. Yo escuché, asentí, sonreí cuando correspondía.
Comí despacio. Nadie me corrigió la postura, nadie me apuro. El silencio, cuando aparecía, no resultaba incómodo. Era un silencio que dejaba espacio.
Después ayude a levantar la mesa. Mi tía insistió en que no hacía falta, pero igual lo hice. Me gusto sentir que podía colaborar sin que eso fuera una obligación.
Subí a la habitación de huéspedes cuando la casa empezó a apagarse. El pasillo crujió bajo mis pasos. La habitación era simple, casi desnuda. Dejé la mochila en el suelo y me senté un momento en la cama antes de acostarme.
Desde la ventana entraban sonidos nuevos: grillos, hojas moviéndose con el viento, algo lejano que no supe identificar. Me acosté sin apagar la luz y deje que el día volviera en imágenes sueltas.
El puente.
El aroma a vainilla.
La panaderia.
La cara de Frank apareció sin que la buscara. Su forma tranquila de hablar, la sonrisa fácil, las manos cubiertas de harina. No entendí por qué ese recuerdo se me había quedado tan presente. Solo sabía que lo estaba.
Apagué la luz.
La oscuridad no pesó. Al contrario, sentí el cuerpo aflojarse, como si por primera vez en mucho tiempo no tuviera que estar atento a nada. Respiré hondo y dejé que el silencio hiciera lo suyo.
Golden hill no era el lugar había imaginado.
Tal vez no tenía grandes cosas.
Tal vez eso no era suficiente.
Cerré los ojos con esa idea rondándome la cabeza. No sabía que iba a pasar ese verano, pero por primera vez, no me molestaba no saberlo.
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Corazones Flechados
RomanceCorazone Flechados es una historia sobre como los silencios dicen más que las palabras. Alex llega a Golden Hill pensando que sera solo un verano lejos de todo lo que conoce, pero en ahi descubre algo que nunca tuvo: tiempo para escucharse. Entre c...
