Volvamos el tiempo atrás hasta el 30 de noviembre del 2024, después del lanzamiento de Goat Talk, dónde Starboy la había pegado y dos personas conocidas como Duki y Neo Pistea querían hacer el remix.
Pero el aire estaba viciado. El éxito había entrado por la puerta, pero la lealtad se había escapado por la ventana.
En realidad todo estaba raro desde las indirectas de Alan a Anto en el álbum, canciones que decían lo que de verdad sentía el por ella, pero no eran cosas de amor.
—¿Sos joda, Alan? —El grito de Antonella rajó el ambiente, vibrando más fuerte que el beat que todavía sonaba de fondo en la computadora—. ¡Te estoy hablando a vos! ¡Mirame cuando te hablo, pedazo de forro!
Alan —Zell para el resto del mundo, pero solo Alan para ella— estaba apoyado contra la mesada de la cocina, con esa postura no podía explicar, que antes a ella le parecía seguridad y ahora le resultaba una provocación. Tenía la mirada perdida en algún punto del suelo, esquivando los ojos de la mujer que le había pagado el primer micrófono vendiendo la cámara de fotos que le había regalado su abuela.
Sobre el sillón desvencijado, el celular de Alan brillaba con la pantalla encendida. Una conversación de WhatsApp abierta. El nombre en el contacto: Victoria. La novia de Leston, su mejor amigo, su productor, el pilar que —junto a Anto— lo había ayudado un montón.
—¿Qué querés que te diga, Antonella? Cortala con el drama, no es para tanto —soltó Alan con una voz plana, una voz que ya no le pertenecía al pibe que le juraba amor eterno mientras compartían un fideo marolio hace seis meses.
—¿Que no es para tanto? —Anto se acercó, el pecho agitado, sintiendo que el corazón le iba a 200 kilómetros por hora—. Alan, me estás gorreando y... ¡Es la mujer de tu mejor amigo, Alan! ¡Es la mina del tipo que te produce gratis! Y lo peor no es eso... lo peor es cómo le hablás. "Ya falta poco", le ponés. ¿Poco para qué? ¿Para patearme a mí? ¿Para mandarme a cagar ahora que el Duko te puso un ojo encima?
La habitación se sentía pequeña. El departamento, que antes era su lugar seguro y al mismo tiempo era su estudio, se había transformado en una celda. Anto sentía que las paredes, decoradas con los primeros posters de las fechas más importantes de Alan, se le venían encima.
—Vos no entendés nada, flaca. Estás limada —dijo él, finalmente levantando la vista. Sus ojos ya no eran los mismos. Tenían ese brillo frío de quien ya se siente en otra liga—. El mundo cambió. Lo de hoy con el remix... eso es el futuro. Yo necesito gente que esté a la altura del lugar donde voy a estar. Gente que entienda el código, que tenga otra imagen.
—Ay si, hablame vos, justamente vos de códigos, idiota y de ¿Otra imagen? —Antonella soltó una carcajada amarga, una que le dolió en la garganta—. Soy la que te bancó cuando ni tus viejos te bancaban, Alan. Soy la que se quedaba despierta hasta las cuatro de la mañana editándote los videos porque vos no sabías ni usar el Premiere. ¿Esa es la imagen que te jode? ¿Te da vergüenza que yo sepa quién eras antes de que te pusieras esas cadenas de mierda?
—¡Me serviste para llegar, Anto! ¡Listo! ¿Querés que te lo diga así? —estalló él, golpeando la mesada. El sonido del golpe fue seco, definitivo—. Pero ahora el aire es otro. No podés pretender que siga siendo el mismo pibe que se conformaba con poco. Victoria entiende lo que se viene. Ella no me reclama nada, ella disfruta el momento.
Anto se quedó muda. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Fue el ruido de algo rompiéndose de forma irreversible. Lo miró y, por primera vez, no vio al amor de su vida. Vio a un pibe cualquiera con el ego inflamado por un par de reproducciones. Vio a un tipo que estaba dispuesto a escupir en el plato donde comió con tal de sentirse más cerca de una gloria de plástico.
—Te estás olvidando de algo, Alan —dijo ella con una calma que le asustó incluso a ella misma—. Vos podés tener el remix con el Duko, podés tener a la mina de tu amigo, podés tener toda la plata del mundo... pero no sabés ni atarte los cordones si no estoy yo atrás. Te vas a quedar solo en esa cima de mierda que tanto querés.
—No me voy a quedar solo, Anto. Me voy a quedar con los que ganan —respondió él, agarrando su celular del sillón sin siquiera mirarla—. Juntá tus cosas o andate, no sé. Mañana viene Leston a laburar y no quiero que haya clima raro.
—¿!Flaco, que me echas de mi departamento!?— se le cago de risa en la casa y se fue a la habitación que compartian, agarro un bolso de Alan y puso toda la ropa de el poniendola ahí—Leston no tiene idea de que te estás garchando a la novia, ¿no? — le dijo tirándole el bolso al frente de la puerta—. Qué tipo de mierda sos, Alan. El éxito no te cambió, solo te sacó la careta.
Alan miró el bolso a sus pies como si fuera un bicho asqueroso. La tela deportiva, un poco gastada, contenía los pedazos de la vida que él mismo había decidido que ya no le servía. Se quedó ahí parado, en medio del living que todavía olía al sahumerio que ella prendía para "limpiar las malas energías" antes de que él grabara. Qué ironía. La mala energía acababa de materializarse en su propia cara.
—¿Me estás tirando la ropa, Antonella? ¿En serio vas a ser tan básica? —Alan soltó una risa seca, esa risa que en el departamento sonaba a puro veneno—. No me podés echar. Este lugar lo mantenemos con lo que genera mi música ahora. Si yo me voy, las cuentas no se pagan solas, reina.
—Ay si, tenes razón, mi amor perdón— dijo con sarcasmo Anto, mientras agarraba la computadora y empezaba a borrar todo lo que ella había hecho para Alan.— Dale flaco, raja de acá.
Alan palideció. El brillo de suficiencia que tenía en los ojos se apagó de golpe, reemplazado por un pánico primario, casi infantil. Ver a Antonella con los dedos volando sobre el teclado, con esa determinación gélida que solo tienen las personas que ya no tienen nada que perder, lo paralizó.
—¡Pará, Anto! ¿Qué estás haciendo? ¡No seas loca, boluda! —gritó Alan, abalanzándose hacia la mesa de trabajo.
Con un solo click, todos los proyectos se esfumaron, ya no era problema de Anto, era problema de Zell. Ella ya no tenía nada que ver con el.
—Hubieras pensado en eso antes de invitar a Victoria a "disfrutar el momento" o tirarme indirectas en un álbum choto en vez de decirme las cosas en la cara—le soltó ella, levantándose y señalando la puerta con el dedo firme—. Tomá el bolso y tomatela.
—Sos una hija de puta— le dijo el mirándola fijo a los ojos.
—Claro y vos son un santo, mira vos, forro de mierda.
Alan agarró el bolso con una fuerza que casi rompe las manijas. La miró con un odio puro, un odio que nacía de la vergüenza de saber que ella tenía razón. Él no era nada sin el amor, apoyo y seguridad que ella le había construido.
—Te vas a arrepentir —masculló entre dientes, retrocediendo hacia el pasillo—. Vas a ver cómo me llueven las minas y la plata, y vos te vas a quedar acá pudriéndote en este depto de dos pesos. Sos una resentida, Antonella. Una pobre resentida que no aguanta ver a alguien triunfar.
—Sí, Alan, si, me voy a morir acá boludo, vos no te preocupes, dale, anda y disfruta tu vida—fue lo único que dijo ella.
Cuando la puerta principal se cerró con un portazo que hizo vibrar los vidrios, Antonella no lloró. No todavía. Se quedó parada en medio del living, rodeada de cables, fotos con él, de su presencia que todavía impregnaba cada rincón. Sentía un vacío inmenso, como si le hubieran succionado el alma.
El era quien la había sacado de la mierda de su cabeza, quien la animaba a seguir adelante y ahora... La había cambiado por su amiga y novia de su mejor amigo.
Solamente quedaba seguir sola y no decaer y hacer algo que se arrepienta.
Alan era su vida entera, el la salvó, el estuvo ahí hasta en la peor y mejor noche, la vio abrir su estudio y ganar plata por cuenta propia por su arte en la piel de extraños.
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eCLIPSE sOLAR - Zell
FanfictionAntonella no solo amó a Zell; ella lo creo. Fue la arquitecta detrás del ídolo, la que vendió sus propios sueños para que él tuviera una voz y la que sostuvo su mano cuando el mundo le cerraba todas las puertas. Ella fue el motor en los días de hamb...
