U N O

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La jornada en la preparatoria por fin había terminado. Eran las ocho de la noche y el cielo ya era un manto oscuro que pesaba sobre mis hombros, recordándome el cansancio del día. Caminaba hacia la parada del camión con el paso automático de quien conoce el camino de memoria, hasta que un aroma familiar y cálido me asaltó, envolviéndome por completo.

Esquites.

​Se me hizo agua la boca al instante. Revisé mi monedero: tenía el cambio exacto para el transporte, pero ahí estaba, reluciente, el billete que mi mamá me había dado "para un gustito". Ella siempre decía que era para algo útil, pero yo sabía que los momentos de antojo también cuentan como necesidad.

​—Uno mediano, por favor —pedí en el puesto, calculando el tiempo exacto para terminarlo antes de llegar a casa y evitar el regaño de mi mamá por "comer cochinadas" antes de la cena.

​Con mi vasito en mano, disfrutando de esa mezcla perfecta de chile y mayonesa que me devolvía la vida, volví a la parada techada. Pero entonces, el ambiente cambió. El sabor del elote se volvió secundario cuando noté que algo no cuadraba.

​Los gatos de la zona comenzaron a maullar con una urgencia extraña, casi violenta, y las aves levantaron el vuelo en bandadas desordenadas. De pronto, el ruido habitual de la ciudad se apagó. No había estudiantes, no había trabajadores, no había motores a lo lejos. La calle estaba desierta, sumida en un silencio antinatural.

Me levanté del asiento, buscando con la mirada el brillo de algún faro, pero el asfalto estaba vacío. En lugar del motor de un camión, escuché algo imposible: el rítmico y pesado galope de caballos. Me giré sobre mi eje, confundida, y el corazón se me subió a la garganta al ver un carruaje emergiendo de la penumbra.

​No tuve tiempo de correr. El mundo se desvaneció en un negro absoluto.

​Cuando mis ojos volvieron a abrirse, el sabor del chile todavía estaba en mi lengua, pero el aire ya no olía a ciudad. Estaba atrapada en un lugar pequeño, frío y completamente oscuro.

De pronto, una vocecita chillona rompió el silencio a mi lado, hablando en un idioma que jamás había escuchado, pero que sonaba extrañamente fluido y apresurado.

​— Shimatta, hito ga haitte kuru zo, hayaku seifuku o kinaito...

​No entendí ni una sola palabra, pero el vello de mi nuca se erizó cuando sentí algo peludo rozando mi pierna. El pánico, ese instinto primario que te hace saltar antes de pensar, se apoderó de mí.

​— ¡¡Ahhh!! ¡Una rata! —grité con todas mis fuerzas.

​El susto fue tal que pateé la tapa de lo que ahora sabía que era un ataúd. El pesado bloque de madera cedió y caí de bruces, aterrizando de rodillas sobre un suelo de piedra fría. Mi respiración estaba agitada, el corazón me martilleaba en las sienes.

​— ¿Nani? ¡¿Nande mō oki teru no?! —reclamó la criatura.

​Me quedé helada. Frente a mí no había una rata, sino algo que parecía un gato… o un mapache con delirios de grandeza y llamas azules brotándole de las orejas.

​— N-No te entiendo... —balbuceé, retrocediendo mientras buscaba con la mano algo para defenderte.

​La criatura frunció el ceño y comenzó a mover sus patitas con indignación, soltando otro discurso incomprensible:

​— ¿Nani o itte iru nda, ningen-me? ¿Nanigoda? ¿Nanika jumon demo? Moshi watashi o mahō de ayatsutte kono gakkō kara nigedasou to surunara, watashi no honō de yaki tsukushite yaru.

𝗡𝗲𝗽𝗮𝗻𝘁𝗹𝗮 (𝘛𝘸𝘪𝘴𝘵𝘦𝘥 𝘞𝘰𝘯𝘥𝘦𝘳𝘭𝘢𝘯𝘥)Where stories live. Discover now