Era una tarde agradable; las nubes estaban dispersas en ese lienzo llamado cielo y el sol estaba ligeramente oculto entre el algodón.
23 de febrero
Podría tomarme el momento de recordar todas y cada una de esas sonrisas, tan suyas, tan auténticas y divertidas, pensé.
Hoy era su boda, el día en que ella se entregaría como esposa a alguien más.
Cuando entró a la iglesia, podía imaginar la alegría en su rostro con su tan característica sonrisa debajo del velo que ocultaba su cara, pero aun con eso yo podía ver su expresión, casi como si fuera un libro que se movía de izquierda a derecha para evitar que mis ojos lo leyeran.
Pero yo sabía que no era así.
Simplemente me sentía devastado, abrumado y preguntándome si sería egoísta al extrañarla, al extrañar todas y cada una de esas veces que sus labios pronunciaron mi nombre. Estaba sentado en la banca más alejada del altar.
La boda continuó. Ella llegó al altar, un niño llevó los anillos y el padre preguntó si había alguien que se opusiera a esta unión. Tenía ganas de levantarme de mi asiento y gritar: “Me opongo”, pero me limité a apretar mis labios y mirar hacia otro lado. No pude; mis ojos siempre acababan en los suyos.
Finalmente se casaron. Ahora se pertenecían mutuamente y serían compañeros por toda una vida.
Entonces salieron de la iglesia y se subieron a una carroza de madera con adornos de listones, flores y peluches, y finalmente, atrás, una especie de tela con una frase bordada:
“Felices por siempre”.
La sentí falsa en mi interior. No entendía el significado de la palabra feliz. Por otro lado, la palabra siempre significaba duradero y constante, pero alegría significaba para mí algo muy opuesto: era un momento de gozo, un instante mágico y fugaz que duraba segundos, minutos o quizás horas, y que se desvanecía en los ríos del tiempo.
Me armé de valor para ponerme de pie, aunque mis piernas flaquearan, y caminé hacia mi carro. Cada paso pesaba más que el anterior hasta que llegué, encendí el auto y conduje sin dirección alguna, dejando que mis pensamientos me embriagaran.
A la mañana siguiente, al despertar, me sentí pesado, oscuro y hecho pedazos.
Finalmente, después de apreciar el techo por un rato, decidí que era hora de levantarme. Antes de poner un pie en el suelo, analicé el techo lentamente, el cual se veía extrañamente raro. Apenas ayer, antes de irme, era de un color arena casi blanco, pero esta mañana se veía de un color blanco liso.
—No es importante —pensé.
Al sentarme, divisé mi panorama: estaba en una casa ajena a mí, aunque por alguna extraña razón se sentía como hogar.
Era una habitación espaciosa, decorada con un librero que tenía más o menos unos cincuenta o sesenta libros, ubicado estratégicamente al lado de un escritorio con hojas blancas y una pluma reposando en un tintero.
A mi lado, sin que yo me diese cuenta, había alguien recostado. Yo me descubrí sin camisa; solo vestía un pantalón de pijama azul de rayas.
Rápidamente me dirigí hacia un espejo a un lado de la cama. Entonces vi que tenía una mancha negra en forma de grieta en el pecho y, al observarme mejor, me percaté también de que mis ojos eran de un color rojizo.
Al intentar tocar la mancha, sentí un hormigueo que recorría desde el punto en que mi dedo hizo contacto con ella hasta el final de esta, que se esparcía sobre mi pecho como si fuese una raíz buscando agua y minerales para alimentarse… pero por un instante me dio igual.
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El chico que pensó estar muerto
FantasyDespués de fracasar en el amor marcus entra en cuenta de que probablemente el romance es algo que no va con el algo asi como el agua y el aceite, sin embargo después de analizarlo un poco se encuentra en una situación extraña que ni el mismo sabe co...
