El despertador marcó las cinco en punto, pero Liliana Torres ya estaba despierta. Hacía años que había aprendido que el sueño era un lujo que no podía permitirse. Se levantó con sigilo, evitando que el colchón se quejara, y caminó hacia la cocina con la precisión mecánica de quien vive bajo asedio: sin quejas, sin vacilaciones, sin mirar atrás.
Mientras el café goteaba, sus ojos se fijaron en el calendario adherido al refrigerador. Un círculo rojo rodeaba la fecha de hoy: Audiencia preliminar. Caso Medina. Uno de los expedientes más delicados de su carrera.
—Hoy no puedo fallar —murmuró para sí misma.
A sus veintiocho años, Liliana se había ganado el respeto de colegas que le doblaban la edad. No había sido un ascenso regado por la suerte, sino por noches en vela, lágrimas contenidas y una voluntad de hierro forjada el día en que, a los dieciséis años, la vida le arrebató la inocencia de un solo golpe.
Entró en la habitación de su hijo y se detuvo a observarlo. Mateo dormía abrazado a su almohada, ajeno a las batallas que ella libraba en el mundo exterior. Doce años. Su mayor razón para seguir adelante, su motor, su orgullo y, sobre todo, su secreto más peligroso.
—Te prometí que nadie volvería a pisotearnos —susurró, apartándole un mechón de cabello con una ternura que contrastaba con la dureza de su mirada habitual.
Mateo se removió entre sábanas, un gesto que arrancó en ella una sonrisa efímera, el único rastro de vulnerabilidad que permitía que el mundo viera.
El juzgado era un hervidero de murmullos, aroma a café recalentado y pasos apresurados sobre el mármol. Liliana avanzaba por el pasillo con el expediente apretado contra el pecho, blindada tras una fachada de precisión quirúrgica y frialdad glacial.
—Licenciada Torres —la interceptó un funcionario—. El abogado de la contraparte ya está en la sala.
Liliana asintió, cortante. Aceleró el paso, enfocada en la estrategia, hasta que lo vio.
El tiempo no se detuvo, pero el aire se volvió irrespirable.
Al fondo del pasillo, flanqueado por la seguridad que otorga el poder, estaba Damián. Más alto, más imponente, vestido con un traje oscuro que parecía una armadura de éxito. Se había dejado bigote, pero los ojos —ese azul gélido e hipnótico que recordaba con horror— seguían siendo los mismos. Doce años sin verlo, y aun así, su mente lo reconoció con la nitidez de una pesadilla recurrente.
Damián levantó la vista. Sus miradas chocaron.
Por una fracción de segundo, él frunció el ceño, buscando en su memoria. Cuando la pieza encajó, su rostro se tensó.
—¿Liliana? —El nombre sonó con una mezcla de sorpresa y una desconcertante arrogancia.
Ella no respondió. Se mantuvo inmóvil, con el pulso firme y la vieja herida palpitando con fuerza bajo la superficie de su autocontrol.
—Veo que la vida nos ha puesto en lados opuestos —dijo él, recuperando la compostura con una sonrisa ensayada—. No tenía idea de que eras tú la defensora.
—Yo tampoco sabía que ahora defendías a hombres que destruyen a sus propias esposas —replicó ella, sin parpadear, sin retroceder un milímetro.
El silencio que cayó entre ambos fue denso, cargado de una historia que ninguno de los presentes en el pasillo podía sospechar.
—Esto va a ser interesante —comentó Damián, ladeando la cabeza con esa suficiencia que alguna vez la hizo creer que era especial, antes de que él decidiera destruirla.
—No —lo cortó Liliana, con la voz afilada como un bisturí—. Va a ser profesional. Y voy a ganar.
Damián sonrió; esa sonrisa que ella conocía demasiado bien y que ahora le provocaba náuseas.
—Eso está por verse.
Liliana dio media vuelta y caminó hacia la sala. No permitiría que el fantasma del pasado desestabilizara su juicio. Lo que ninguno de los dos dijo en voz alta fue que el destino acababa de arrancar la costra de una herida que nunca cerró del todo. Y que, muy pronto, el secreto que ella había guardado durante doce años cambiaría las reglas del juego para siempre.
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El precio de una apuesta (+18)
Hayran KurguLiliana es una mujer fuerte y brillante, madre de un hijo de doce años y una de las abogadas más respetadas de su ciudad. Desde muy joven aprendió a luchar sola: a los dieciséisaños su vida cambió para siempre a causa de una apuesta cruel que la mar...
