PRÓLOGO: LA ESTELA DEL COMETA

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Domingo, 7 de mayo de 2023 | Miami International Autodrome, Florida.
16:48 PM | Clima: 30°C. Asfalto: 48°C. Humedad: 60%.

El calor en el sur de la Florida no era una temperatura; era una entidad física con peso propio, una mano invisible y húmeda que apretaba la garganta y se negaba a soltar. Dentro de la cabina del Centurion C-23, esa mano se sentía como si estuviera hecha de plomo fundido.

Desmond Delgaty respiró, pero el aire que entró en sus pulmones sabía a fibra de carbono recalentada y a su propio sudor reciclado. El motor Kratos híbrido vibraba contra su columna vertebral, un animal de mil caballos de potencia gritando a doce mil revoluciones por minuto, exigiendo más, siempre más.

—Brecha con Pérez: 4.5 segundos. Brecha con Bennett: 1.8 segundos. Quedan cuatro vueltas.

La voz de Marcus, su ingeniero, llegó a través de la radio como una intrusión metálica en el santuario de su concentración.

Desmond no contestó. No tenía aire para desperdiciar en palabras.

Sus guantes apretaban el volante con una violencia contenida. Delante de él, la pista se extendía como una cinta de regaliz negro hirviendo bajo el sol de la tarde. No había rastro de los Red Bull. Max Verstappen y Checo Pérez eran dos manchas azules borrosas en la distancia, corriendo su propia liga privada, inalcanzables, perfectos en su monotonía victoriosa.

Pero el tercer lugar... el tercer lugar era territorio Delgaty.

Había sido suyo en Bahréin. Suyo en Arabia. Incluso había robado un segundo puesto en el caos de Australia. Él era el único muro de contención, el único piloto de la parrilla que se negaba a dejar que la temporada se convirtiera en un monólogo de la escudería austríaca.

Miró por el retrovisor izquierdo al encarar la larga recta de atrás.

Una mancha naranja y negra llenó el espejo.

Vortex.

El coche brillaba con una insolencia cromática que ofendía a la vista. No debería estar ahí. Los informes de estrategia del viernes decían que el Vortex V-13 destrozaba sus neumáticos traseros con estas temperaturas, que su motor Pegasus carecía de la velocidad punta para desafiar al Centurion en las rectas de poder. Decían que Eliot Bennett era un novato con talento, sí, pero inofensivo a largo plazo.

Los informes mentían.

Bennett no solo estaba ahí; estaba cazando.

—Es más rápido en el sector revirado, Delgaty —advirtió Marcus, y por primera vez en toda la temporada, Desmond detectó una nota de urgencia en su voz—. Está usando bordillos que tú estás evitando. No está gestionando gomas. Viene en modo de clasificación.

Desmond frunció el ceño, sus ojos ámbar verdoso entrecerrándose bajo la visera del casco. El sudor le escocía en los párpados.

—Es un suicida —murmuró para sí mismo, desconectando el botón de transmisión—. Se va a ir contra el muro.

Pero en la vuelta 55, la mancha naranja se hizo más grande, ocupando todo el espejo, como un depredador que huele la sangre de una presa herida.

En la vuelta 56, Desmond pudo leer el número "27" pintado en el morro del coche perseguidor.

La presión en el pecho de Desmond cambió. Dejó de ser el agotamiento físico de casi dos horas de carrera para convertirse en algo más denso, más oscuro: indignación. ¿Cómo se atrevía? Ese chico de Miami, ese intruso con cara de ídolo pop y manos finas, estaba profanando el orden natural de la jerarquía. Desmond Delgaty no cedía podios. Desmond Delgaty los conquistaba.

Track Limits (Límites de Pista)Histórias para pegar e não largar. Descubra agora