Parte 1

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El estruendo de la prensa

La pantalla de plasma de 80 pulgadas en la Oficina Oval vibraba con el caos de una Caracas sumergida en el crepúsculo. En CNN, una reportera con el cabello revuelto por el gas lacrimógeno gritaba sobre el ruido de las detonaciones. Al fondo, una silueta robusta, vestida con una chaqueta tricolor que parecía a punto de reventar por la tensión de sus hombros, levantaba un puño cerrado frente a una multitud rugiente.

Nicolás.

Donald Trump se reclinó en su sillón de cuero, ignorando los informes de inteligencia que se apilaban sobre su escritorio de caoba. Sus ojos, estrechos y calculadores, no veían a un dictador ni a un enemigo político. Sus fosas nasales se dilataron, casi jurando que podía oler, a través de los miles de kilómetros de fibra óptica, ese aroma punzante que solo un Alfa de su linaje podía reconocer.

Era el olor de un Omega en pie de guerra. Un aroma a mango maduro pasado por fuego, a pólvora y a un almizcle dulce y rebelde que desafiaba cada una de las sanciones que él había firmado con mano firme.

—Míralo —susurró Donald, su voz era un gruñido bajo que hizo que su secretario personal, un Beta nervioso, diera un paso atrás—. Se cree tan fuerte. Se cree que puede decirme que "no" una vez más.

—Señor Presidente, el Pentágono espera las coordenadas para el bloqueo naval... —interrumpió el secretario.

Donald se levantó de golpe. Su presencia llenó la habitación, su aura de Alfa dominante aplastando cualquier rastro de aire tranquilo. Caminó hacia el ventanal, observando los jardines de la Casa Blanca, pero su mente estaba en el Palacio de Miraflores.

—Él no entiende —dijo Donald, ajustando su corbata roja con una precisión casi violenta—. Los Omegas están hechos para ser protegidos. Para ser guiados. Y ese... ese pequeño dictador cree que puede gobernar una nación mientras sus instintos piden a gritos un dueño. Ha sido desobediente, y la desobediencia en un Omega es un pecado que solo el fuego puede purificar.

La resistencia en el sur

Mientras tanto, a miles de kilómetros, Nicolás Maduro se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo empapado en inhibidores químicos. Le ardía la nuca. El "vínculo" que no debería existir, esa conexión ancestral que los Alphas del norte siempre intentaban imponer sobre los líderes del sur, tiraba de sus entrañas como un anzuelo oxidado.

—No nos rendiremos —rugió Nicolás ante el micrófono, aunque sus piernas temblaban ligeramente.

Él sabía que era un Omega. Lo había ocultado durante años tras una fachada de bigote autoritario y retórica revolucionaria. Pero Trump lo sabía. Desde su primer encuentro en una cumbre internacional, donde el Alpha americano lo había "marcado" visualmente frente a las cámaras del mundo, Nicolás había sentido el asedio. No era solo un asedio económico; era una cacería biológica.

—Camaradas —continuó Nicolás, sintiendo cómo sus hormonas traicioneras reaccionaban a la sola mención del nombre de Trump en las noticias—. ¡El imperio no podrá con la voluntad de este pueblo!

Pero en su interior, el instinto gritaba. El aroma de Trump —un olor a billetes nuevos, colonia cara y el poder absoluto de un depredador— lo perseguía en sus sueños. Cada sanción era un mordisco. Cada amenaza de invasión era un zarpazo a su cuello.

El plan del Alpha

De vuelta en Washington, la paciencia de Donald se había agotado. Estaba cansado de los juegos de "gato y ratón". Había intentado doblegar la economía de Venezuela, había intentado comprar a sus generales, pero Nicolás seguía allí, bailando salsa en la televisión, burlándose de su autoridad, negándose a someterse.

—¿Quieres jugar a ser el Omega desobediente? —Donald sonrió, una expresión depredadora que no tenía nada de diplomática—. Bien. Si no vienes a mí por voluntad propia, haré que no tengas a dónde más ir.

Llamó a su jefe de estrategia.

—Quiero que activen la Operación "Ocaso de Fuego" —ordenó Donald—. No quiero solo sanciones. Quiero que cerremos cada salida. Quiero que el calor en Caracas sea insoportable. Quiero que sienta que su país se quema bajo sus pies.

—Señor, eso desestabilizará toda la región —advirtió el estratega.

—Un Alfa hace lo que sea por su Omega —respondió Donald, sus ojos brillando con una intensidad posesiva—. Si tengo que reducir a cenizas cada hectárea de esa selva para que él tenga que correr hacia mis brazos buscando refugio, lo haré. Él cree que puede huir de su naturaleza. Yo le enseñaré que su naturaleza soy yo.

El inicio del incendio

Esa noche, el cielo sobre el Caribe se tiñó de un naranja antinatural. No eran solo explosiones; era la presión de una flota naval que cerraba el círculo. En Miraflores, Nicolás sintió el primer golpe de calor. Un calor que no venía del clima, sino de la intención pura de un Alfa reclamando su territorio.

Nicolás cayó de rodillas en su oficina privada, el olor a mango quemado volviéndose insoportable. Sus supresores estaban fallando. La energía eléctrica parpadeó y se apagó, dejando el palacio en una oscuridad sofocante.

En el silencio, su teléfono satelital vibró. Solo había un número que podía saltarse todos los bloqueos.

Nicolás contestó con dedos temblorosos.

—Hello, Nick —la voz de Trump era un ronroneo profundo, cargado de una autoridad que hizo que el cuerpo de Nicolás reaccionara con una sumisión que odiaba—. ¿Sientes el calor? Es el mundo ardiendo porque tú no sabes decir "sí, señor".

—Vete al carajo, Donald —escupió Nicolás, aunque su respiración era errática.

—No puedes huir más —continuó Donald, y Nicolás pudo oír el sonido de un encendedor de oro al otro lado de la línea—. He quemado todos tus puentes. He cerrado todas tus puertas. Ahora, o te ahogas en el humo de tu propia rebeldía, o dejas que el único hombre que puede salvarte te ponga el collar que te corresponde.

mi omega [trump x maduro]Stories to obsess over. Discover now