MAR
Corro con Holly de la mano, las maletas golpeándome las piernas, el aire quemándome los pulmones. El autobús ya está encendido cuando llegamos. El conductor no pregunta nada; guarda las maletas como si supiera que no puede perder más tiempo con nosotras.
Subimos.
Holly se duerme casi de inmediato, la cabeza apoyada en mi costado. Seis horas después se mueve, inquieta. No dice que tiene hambre, no lo necesita. Sus ojos me buscan, y eso basta.
Saco el emparedado de la mochila y se lo doy. Ella come despacio, concentrada, como si el mundo fuera seguro mientras mastica. Yo comeré después. Siempre como después.
El viaje se vuelve una sucesión de números: vacas contadas, árboles repetidos, pueblos que no recordaba. Cuando el autobús se detiene por última vez, el aire cambia. Holly también lo siente; se endereza antes de que yo diga nada.
Bajamos. Tomo la mochila, recojo las maletas, le doy la mano.
Caminamos.
Las calles se van estrechando hasta desaparecer. El pueblo queda atrás sin despedirse. Frente a nosotras solo queda el bosque: espeso, antiguo, atento.
-Cariño -le digo-. No te apartes de mí.
Holly asiente. No hay miedo en su gesto. Eso es lo que más me preocupa.
Entramos.
Durante horas solo existen verdes profundos, marrones húmedos, raíces que sobresalen como advertencias. Cuando el último rastro de civilización desaparece, respiro hondo. El aire me reconoce.
La magia despierta sin que yo la invite.
Mis venas se encienden bajo la piel, rojas, vivas. Sé que mis ojos se han vuelto plateados sin necesidad de verme reflejada. La marca de mi muñeca arde, paciente, como recordándome quién soy cuando dejo de fingir.
-Vamos -digo.
El bosque se abre.
Niños corriendo. Voces. Casas de madera. Ancianos sentados al sol. La civilización de la manada aparece sin ceremonia. La reconozco... aunque no sé si todavía me reconoce a mí.
Han pasado muchos años desde que me fui. No lo hice por curiosidad ni por deseo de encajar entre humanos. Nunca quise eso. Me fui para protegerla.
Miro a Holly.
No pertenece del todo a ningún lugar. No es completamente loba. No es humana. No es algo que el mundo tenga palabras para nombrar sin temor. Es poderosa. Más que yo. Más que mi madre. Más que mi abuela. Más que su propio padre.
Levanto la vista buscando la casa de mi madre.
Holly nunca conoció a su padre. Él fue la razón de mi huida... y, aun así, siempre termino regresando aquí.
Siento el tirón antes de darme cuenta de que su mano ya no está en la mía.
El pulso se me dispara. Mis sentidos se afilan. Busco.
-¡Abuela, abuela!
La escucho antes de verla.
-¡Holly!
Kay aparece entre la gente, firme, intacta, como si el tiempo hubiera decidido respetarla. Holly se lanza a sus brazos. Mi respiración se estabiliza recién entonces.
Camino hacia ellas. Cuando Kay me abraza, su aroma a café y canela me atraviesa como un recuerdo físico. Sus manos siguen siendo cálidas.
-Te extrañé -susurra.
-Yo también -respondo, sin soltarla.
-¡Yo igual las quiero! -grita Holly, abrazándonos a las dos.
Siento las miradas alrededor. Kay se separa apenas, me sonríe y mueve los labios sin emitir sonido: no les prestes atención.
-Vamos -dice-. Para ti tengo un baño caliente. Y para ti -añade, mirando a Holly- un pastel de moras.
Holly salta de alegría. Yo imagino la tina humeante y casi sonrío.
La casa sigue siendo la misma: dos pisos, madera oscura, memoria en cada escalón. Recuerdo correr con mis amigos, internarme en el bosque prohibido, desobedecer al líder sin entender por qué. De cachorra no podía transformarme. Se suponía que estaba protegida.
Holly no lo está.
Entramos directo a la cocina, pero mi madre la detiene.
-Primero la casa.
La sala es amplia. Los muebles son de madera, excepto uno. El de papá. Vacío.
Subimos. El pasillo es largo. Demasiadas puertas. Kay abre una habitación en tonos rosa y turquesa.
-Esta será tuya.
Los ojos de Holly brillan. Corre hacia la cama y salta. Reímos.
-¿Sabes de quién era esta habitación? -pregunta Kay.
-¿De alguna tía? -digo, fingiendo indignación.
-No. Era mía.
Holly me mira como si acabara de revelar un secreto enorme.
Yo también miro. Kay ha cambiado. Yo también. Ya no visto colores claros. Ya no adorno mi cabello. Ya no brillo como antes. No he cambiado para mejor.
La siguiente habitación es más sobria, más oscura. Me corresponde a mí.
Recorremos el resto de la casa. Cada habitación tiene su propio baño. Demasiado lujo para lo que recuerdo.
De vuelta en la cocina, el pastel nos espera. Comemos en silencio. Miro hacia el jardín: flores silvestres, rosas blancas, césped amplio. Algo se me quiebra en el pecho, pero no lloro. Nunca he llorado frente a Holly. No empezaré ahora.
-Mamá, mira una ardilla -dice Holly, corriendo hacia un árbol.
Mi loba se agita. La sensación es inmediata. Como matriarca de nuestra pequeña manada, ordeno silencio. Río obedece. Holly intenta trepar, no puede, se calma.
-Holly -llama Kay-. ¿No quieres pastel?
Vuelve de inmediato.
Más tarde guardamos la ropa. Pienso en mi padre. Ocho años desde la última vez.
Entro al baño. El agua caliente borra el viaje, pero no la tensión. Me lavo el cabello, me quedo quieta bajo el chorro más tiempo del necesario.
Cuando salgo, me dejo caer en la cama.
Cierro los ojos.
Y mientras el sueño me toma, tengo la certeza incómoda de que volver no ha sido un acto de refugio.
Ha sido una provocación.
YOU ARE READING
Bajo la piel del lobo
ParanormalHuyó para proteger lo que más amaba. Regresó porque el pasado nunca deja de cazar. Años atrás, ella abandonó su manada, su hogar y al hombre que marcó su destino. Ahora vuelve con un secreto que podría cambiarlo todo: una hija nacida entre dos mundo...
