El sol de Sinaloa no perdonaba, pero Micaela Mondragón no era de las que sudaba bajo presión. Bajó del Grand Marquis negro luciendo un vestido de seda roja que contrastaba violentamente con el ocre del camino de tierra. Sus tacones de aguja se hundían apenas unos milímetros en el suelo del rancho "La Cima", pero ella caminaba con la seguridad de quien pisa mármol en un palacio.
A su alrededor, hombres armados con AK-47 decorados con oro la miraban con una mezcla de lascivia y desconcierto. No era común ver a una mujer en ese santuario de testosterona y narco-cultura, y mucho menos a una que no venía del brazo de nadie.
—Busco a Rafael —dijo Micaela, ajustándose sus gafas oscuras. Su voz era tranquila, pero tenía un filo que hizo que el guardia más cercano bajara la mirada.
—El patrón está en el palenque, señorita... ¿Quién la anuncia?
—Micaela Mondragón. Dile que si quiere que su mercancía cruce la frontera sin que la DEA le huela los talones, más le vale dejar de apostar a los gallos y escucharme a mí.
El guardia tragó saliva y le hizo una señal para que pasara. Micaela caminó hacia el ruedo improvisado. En el centro, un hombre joven, de cabello rizado y camisa abierta hasta el pecho, gritaba eufórico mientras su gallo ganaba la contienda. Era Rafael Caro Quintero, el "Príncipe" del desierto, el hombre que había convertido el desierto en un mar de marihuana.
Cuando el gallo contrario cayó muerto, Rafa estalló en risas, repartiendo billetes a sus hombres. Fue entonces cuando la vio. El ruido de la banda pareció desvanecerse para él. Micaela estaba de pie al borde del ruedo, con los brazos cruzados, observando la escena con una mueca de aburrimiento que a Rafael le pareció el desafío más excitante de su vida.
Rafa saltó la cerca del ruedo con agilidad felina y se acercó a ella, limpiándose el sudor de la frente con la manga de su camisa.
—¡Ay, cabrón! —exclamó Rafael, soltando una carcajada—. ¿Y de qué cielo cayó este ángel? ¿O es que ya me morí de la alegría y no me avisaron?
Micaela no sonrió. Se quitó las gafas, revelando unos ojos que destellaban inteligencia y una frialdad que detuvo a Rafael a un metro de distancia.
—No soy un ángel, Rafael. Soy la persona que va a salvar tus camiones en la frontera de Tijuana —respondió ella, extendiendo una mano no para que se la besara, sino para un trato—. Mi familia controla las rutas del Pacífico desde antes de que tú supieras sembrar una semilla. Pero ahora, con el crecimiento de este negocio, necesitas logística. Y yo soy la logística.
Rafael se quedó mudo por un segundo. Estaba acostumbrado a las mujeres que bajaban la mirada o que reían de sus chistes. Micaela Mondragón le estaba hablando de rutas y de la DEA como si fuera un general del ejército.
—Mondragón... —repitió Rafa, saboreando el apellido—. He oído que los de tu estirpe son orgullosos. Pero no sabía que también eran tan... hermosos.
Él intentó rodearle los hombros con el brazo, un gesto de posesión instintivo. Micaela, con un movimiento rápido y elegante, dio un paso lateral, evitando el contacto. Sus ojos se clavaron en los de él con una advertencia silenciosa.
—Negocios primero, Rafael. El coqueteo sale caro, y tú ya tienes demasiadas deudas con el gobierno —lo sentenció ella con una voz que derretía el asfalto.
Rafa se quedó congelado, pero luego su risa volvió a estallar, esta vez más fuerte. Le encantaba. Era como un caballo salvaje que necesitaba ser domado, o tal vez, pensó él mientras miraba sus labios rojos, ella era quien terminaría domándolo a él. Aquella mujer era un botín mucho más valioso que cualquier cargamento que hubiera pasado por sus manos.
—Está bien, doña Micaela. Vamos a mi oficina. Pero te advierto una cosa —Rafa se acercó a su oído, y esta vez ella dejó que el calor de su aliento le rozara la piel, provocándole un escalofrío que se esforzó en ocultar—. Aquí en Sinaloa, lo que el Rayo quiere, el Rayo se lo queda. Y creo que acabo de encontrar mi nuevo tesoro.
Micaela le sostuvo la mirada, desafiante, mientras caminaban hacia la casona principal. Sabía que Rafael era peligroso, impulsivo y pasional. Era el fuego que podía quemar todo un bosque, y ella, por primera vez en su vida, estaba dispuesta a jugar con cerillos.
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Posesión - Narcos México
Fanfictionuna historia en dónde Micaela tendrá que adaptarse y decidir si elige el camino del peligro o del deseo entre Rafael Caro Quintero y Miguel Ángel Félix Gallardo
