El aire en la habitación de Steve olía a sudor, a colonia barata y a algo eléctrico, a tormenta contenida. Jonathan, siempre anclado en la orilla del silencio, se sentía arrastrado mar adentro por un huracán llamado Harrington. Steve no solo lo besaba; lo devoraba. Cada mordisco en su clavícula, cada mano que arrancaba la tela de su camisa, era una reclamación.
— Steve... — el nombre fue un quebrado suspiro, un intento de oración en medio del caos.
— Cállate, Byers — rugió Steve contra su boca, y el beso fue húmedo, desesperado, un torbellino de lengua y dientes que le robó el aliento. Sus manos, esas manos grandes de ex-capitán del equipo de natación, no trazaban líneas con devoción ahora; las marcaban. Aferraban las caderas de Jonathan con una fuerza que prometía moretones, hundiéndose en la carne pálida como si temiera que Jonathan se esfumara.
Jonathan arqueó la espalda, un gemido atrapado en la garganta cuando Steve deslizó una rodilla entre sus muslos, frotándose contra él con una presión brutalmente perfecta a través de la tela de sus bóxers. La fricción era casi dolorosa, pero cada centímetro de su piel gritaba por más. Steve lo tenía inmovilizado contra el colchón, el peso de su cuerpo una ancla delirante.
— Dije que me miraras, carajo. — gruñó Steve, separándose solo un centímetro. Su respiración era un fuelle caliente en el rostro de Jonathan. Sus ojos, usualmente llenos de arrogancia divertida, ahora ardían con una intensidad feroz, cruda. — Quiero verlo. Quiero ver cómo se te va la cabeza.
Jonathan abrió los ojos, obligándose a sostener esa mirada. Vio la posesividad, sí, pero también esa vulnerabilidad desgarradora que solo Steve mostraba aquí, en la oscuridad, cuando las máscaras se caían. Era esa combinación lo que le desarmaba por completo.
Con movimientos bruscos y sin perder el contacto visual, Steve les liberó a ambos de los restos de ropa. No hubo ternura en el gesto, solo urgencia hambrienta. Cuando piel se encontró con piel, Jonathan jadeó. El contacto era abrumador, una descarga que le recorrió la columna. Steve lo cubría por completo, un calor sofocante y sudoroso.
— Así — musitó Steve, observando cómo los ojos de Jonathan se dilataban. Su mano bajó entre ellos, sus dedos callosos encontrando y rodeando a Jonathan con un agarre firme que hizo que este hiciera gemidos ahogados. — Tan callado siempre, y mírate ahora.
Pero Steve no se conformó con eso. Su boca encontró el pecho de Jonathan, lamiendo, mordiendo un pezón hasta hacerlo gemir. Mientras su mano trabajaba con ritmo implacable, la otra mano de Steve se deslizó más abajo, explorando, presionando. Jonathan sintió los dedos, untados con algo resbaladizo (Steve siempre estaba preparado, maldita sea), rozando su entrada, para luego chupar dos dedos y meterlos de un solo golpe.
— S-steve... no... — protestó Jonathan, pero su cuerpo se arqueó, traicionándolo, buscando ese contacto.
— Sí — fue la respuesta, un soplo caliente contra su oído. — Vas a tomarme todo. Y vas a llorar por ello.
La penetración fue lenta, a pesar de la urgencia anterior. Después Steve lo abrió con una deliberación agonizante, pulgada a pulgada, sacando sus dedos después de ver que su entrada estaba lista, hasta que Jonathan sintió que no podía contener más, que se partía por la mitad y se reconstruía alrededor de Steve. Un sonido gutural, animal, escapó de sus labios.
— Dios... — sollozó Jonathan, sus uñas clavándose en los hombros de Steve, buscando un ancla en la marejada de sensaciones. Era demasiado. Demasiado lleno, demasiado profundo, demasiado Steve.
— Justo ahí — jadeó Steve, empezando a moverse. Cada embestida era algo erótico, una afirmación. Golpeaba un punto dentro de Jonathan que hacía que el mirara las estrellas, y de ahí cerrara los ojos. — Abre los ojos, Jonathan. Mírame hacerte esto.
Jonathan, ahogándose en placer, obedeció. Las lágrimas ya asomaban, nublando su visión, pero aun así vio a Steve sobre él: el cabello pegado a la sien, la boca entreabierta, los músculos de su cuello en tensión. Lo vio perderse también, en la sensación de Jonathan apretándolo, en el sonido de sus gemidos quebrados.
El nudo en la garganta de Jonathan estalló. Una lágrima caliente se deslizó por su sien, seguida de otra. No era dolor. Era la pura, abrumadora euforia de sentirse tan poseído, tan conocido, tan completamente demolido por otra persona.
Steve vio las lágrimas y un gruñido de triunfo salió de su pecho. Se inclinó y lamió una de las sendas saladas.
— Eso — respiró contra su piel, el ritmo de sus caderas volviéndose más errático, más profundo. — Eso es lo que quería. Sabía que te haría llorar.
Jonathan ya no podía hablar. El placer se acumulaba en su bajo vientre, una espiral tensa y brillante. Cada empuje de Steve lo acercaba al borde, frotando su erección entre sus cuerpos sudorosos. El mundo se reducía a este colchón, a este sudor, a este hombre que lo miraba como si fuera a la vez un tesoro y una presa.
— Steve, voy a... — la advertencia fue un chillido.
— Yo también — interrumpió Steve, su voz un ronquido áspero. — Déjate ir. Ahora.
Fue la orden, combinada con la embestida final y más profunda de Steve, lo que lo hizo caer. Jonathan gritó, un sonido desgarrado, mientras la ola lo arrasaba, sacudiéndolo con espasmos violentos. A través de la niebla, sintió a Steve estremecerse dentro de él, un gruñido largo y gutural que era la versión más cruda de su nombre.
El colapso fue instantáneo. Steve, sin fuerzas, se desplomó sobre él, su peso ahora una manta pesada y reconfortante. La habitación solo guardaba el sonido de su respiración jadeante, entrecortada.
Steve, después de un minuto, giró la cabeza y enterró su rostro en el cuello de Jonathan. Sus labios se movieron contra la piel húmeda por el sudor y las lágrimas.
— ¿Ves? — murmuró, la arrogancia ahora reemplazada por una risa ronca. — Sin palabras. Solo esto.
Jonathan, aún tembloroso, enterró los dedos en el cabello de Steve. No necesitaba palabras. El llanto silencioso que aún temblaba en su pecho y el calor de Steve dentro y sobre él decían todo lo que necesitaba. Con Steve, el placer no era solo físico; era una inundación, un naufragio glorioso. Y en el centro de la tormenta, solo había paz.
