Una sombre en el horizonte

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El olor a tostadas quemadas y café tibio era el aroma oficial de las mañanas en casa de los Hargrove-Mayfield, pero hoy, algo era diferente. Susan, la madre de Max, había estado inquieta desde que sonó el teléfono a primera hora. Max, que usualmente desayunaba de pie para poder escapar cuanto antes de la opresiva casa, notó la tensión en el aire mientras mordía su rebanada de pan.
—Maxine —empezó Susan, con ese tono que significaba que una conversación seria se avecinaba. Max rodó los ojos internamente. Odia su nombre completo.
—¿Sí, mamá? —murmuró, intentando sonar desinteresada mientras leía la parte trasera de la caja de cereales.
—Tu tía Carol llamó. Sabes, la hermana de tu padre biológico... —Susan hizo una pausa, como si la relación le resultara incómoda.
Max asintió, aunque realmente no recordaba mucho a su tía Carol. La familia de su padre biológico era casi tan fantasma como él.
—¿Y qué pasa con ella? ¿Billy se metió en problemas otra vez? —preguntó Max, pensando en lo peor.
—No, no es Billy —Susan suspiró, frotándose las sienes—. Es... es Julieta. Su padre, tu tío Mark, está teniendo algunos problemas de salud graves y... y no tiene dónde quedarse por un tiempo. Va a venir a Hawkins.
Max parpadeó. ¿Julieta? La había visto un par de veces en fotos antiguas, una chica con el pelo oscuro y una mirada un poco desafiante, siempre en la periferia de las reuniones familiares lejanas.
—¿Aquí? —Max no pudo evitar que la palabra saliera con un dejo de incredulidad. Su casa ya era un campo de minas emocional con Neil y Billy. ¿Ahora una prima desconocida?
—Sí, aquí —Susan forzó una sonrisa, que no llegó a sus ojos—. Por un tiempo. Es familia, Max. Y necesita nuestra ayuda. Ella... ella estará aquí mañana por la tarde.
El resto del desayuno transcurrió en silencio. La idea de una extraña invadiendo su ya precario espacio la ponía de los nervios. No es que le importara tener más familia, es que le importaba tener su propio espacio mental.
El sonido de un taxi chirriando en la grava al día siguiente anunció la llegada. Max estaba en su habitación escuchando música con los auriculares, pero el tono de voz de su madre en el salón la hizo quitárselos.
Bajó las escaleras y allí estaba. Más baja de lo que recordaba en las fotos, con una melena negra y rebelde enmarcando un rostro anguloso. Llevaba unos vaqueros gastados, una camiseta de alguna banda de rock que Max no conocía y una mochila militar llena de parches. Sus ojos, de un gris intenso, escudriñaban la sala con una mezcla de desinterés y curiosidad.
—Hola, Julieta. Bienvenida —dijo Susan, con una sonrisa tensa.
—Gracias, tía Susan —la voz de Julieta era grave, con un tono ligeramente raspado. Miró a Max y sus ojos grises se posaron en ella por un segundo antes de volver a Susan.
—Ella es Maxine. Tu prima —continuó Susan.
Julieta asintió y le ofreció a Max una media sonrisa ladeada. No era un gesto amigable, sino más bien una mueca de "aquí estamos".
—Maxine, eh —dijo Julieta, prolongando el nombre.
—Max —corrigió Max, con los brazos cruzados.
—Como sea —respondió Julieta, encogiéndose de hombros, antes de que su mirada se fijara en el estéreo de la sala, con sus vinilos.
Susan les mostró su habitación, que resultaba ser la pequeña habitación de invitados que Max usaba para esconderse cuando Billy estaba especialmente insoportable. Una hora después, Max la encontró sentada en el suelo de su nueva habitación, desempacando un par de camisetas oscuras y unos libros viejos de tapas ajadas, mientras escuchaba música en un walkman oxidado.
—¿No traes más que ropa y libros? —preguntó Max, apoyándose en el marco de la puerta.
Julieta se encogió de hombros, sin quitarse los auriculares. —No necesito mucho. ¿Hay algo interesante que hacer aquí? No hay arcades, ¿verdad?
Max se rio, una risa sin humor. —No, no exactamente. Hawkins es un pozo. Pero... supongo que te puedo enseñar lo "más interesante". Si no tienes nada mejor que hacer.
Julieta le lanzó una mirada penetrante, como si intentara descifrar un enigma.
—No tengo nada mejor que hacer que sentarme en una habitación extraña mirando una pared. Así que, adelante, "guía turística". No me decepciones.
Max sintió una punzada de irritación. Julieta no era como ella había imaginado. Era más... dura. Más cerrada. Y no parecía impresionada por nada. Pero, al menos, era una distracción.
—Sígueme —dijo Max, girándose y empezando a caminar.
Salieron de la casa, el sol de Hawkins golpeándoles la cara. Max se subió a su patineta y esperó a que Julieta la siguiera a pie.
—Esto es el centro —señaló Max, mientras pasaban por la biblioteca, el pequeño café y la tienda de discos que apenas tenía novedades—. Aburrido, lo sé.
Julieta simplemente miró alrededor, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros. Su mirada se detuvo en un grupo de chicos que salían del arcade, riendo a carcajadas. Uno de ellos, alto, con una maraña de pelo rizado y una camiseta de D&D, parecía el líder. Era Mike Wheeler.
—¿Esos son tus amigos? —preguntó Julieta, con una mueca en el rostro.
Max siguió su mirada. —Algunos de ellos. El ricitos es Mike. Es... complicado.
Julieta soltó una risa irónica. —Parece el tipo de persona que cree que su opinión es la única que importa.
—Bingo —murmuró Max, que ya había tenido más de un enfrentamiento con Mike por cosas parecidas.
Mientras Max seguía señalando el instituto, la tienda de comestibles y el videoclub, Julieta no dejó de mirar a Mike y a su grupo. No era admiración ni curiosidad. Era un escrutinio frío, casi un juicio. Parecía que su radar de "gente molesta" había captado una señal fuerte.
—No se te ocurra meterte con él —advirtió Max, anticipando lo que podría pasar.
Julieta le devolvió la mirada, una chispa desafiante en sus ojos grises. —Oh, ¿por qué no? ¿Es tu novio? ¿Tu protector?
—No, es un idiota. Y no necesitamos más drama del que ya tenemos —Max la miró fijamente—. En serio.
Julieta se encogió de hombros, con una sonrisa apenas perceptible que no tranquilizó a Max en absoluto. Parecía prometer exactamente lo contrario.
Max vio a los chicos salir del Palace Arcade y, por un momento, dudó. Sabía que Mike estaba de un humor de perros últimamente y Julieta no era precisamente un rayo de sol. Pero no podía esconder a su prima para siempre.
—¡Eh, chicos! —gritó Max, haciendo una seña con la mano mientras se acercaba con la patineta bajo el brazo.
Mike, Dustin y Lucas se detuvieron. Mike fue el primero en ver a la chica que caminaba al lado de Max. Sus ojos recorrieron la chaqueta militar llena de parches y la expresión de aburrimiento supremo de Julieta. Frunció el ceño de inmediato.
—¿Quién es ella? —preguntó Mike, sin filtro y sin un ápice de cortesía.
—Chicos, ella es Julieta. Mi prima. Se va a quedar en mi casa un tiempo —presentó Max, mirando nerviosa a ambos lados—. Julieta, estos son Dustin, Will, Lucas y... el que tiene cara de haber chupado un limón es Mike.
Julieta ni siquiera se molestó en saludar. Se quedó con las manos en los bolsillos, mirando a Mike de arriba abajo como si fuera un bicho raro bajo un microscopio.
—Así que este es el famoso "líder" —dijo Julieta con una voz cargada de un sarcasmo tan denso que Dustin dio un paso atrás—. Esperaba algo... no sé, menos esquelético.
A Mike se le encendieron las orejas de rojo. —Y yo esperaba que Max tuviera parientes con mejores modales. No estamos aceptando nuevos miembros en el grupo, Max. Ya te lo dije.
—¿"Miembros"? ¿Esto es un club de Toby o qué? —Julieta soltó una carcajada seca—. Tranquilo, ricitos. No tengo el más mínimo interés en jugar a las casitas contigo y tus amigos. Solo estoy aquí porque no me queda otra.
—Pues por mí te puedes volver por donde viniste —escupió Mike, dando un paso hacia ella—. No nos haces falta.
—Mike, basta —intervino Lucas, pero Mike lo ignoró.
—No te preocupes —respondió Julieta, acercándose tanto a él que Mike pudo ver el destello de puro desprecio en sus ojos grises—. Voy a estar tan lejos de ti que vas a tener que usar tus binoculares de nerd para verme. Aunque, honestamente, con esa cara, me haces un favor manteniéndote lejos.
Mike abrió la boca para soltar algo hiriente, pero Max se puso en medio, empujándolos ligeramente.
—¡Ya basta los dos! Dios, ni siquiera han pasado cinco minutos. Vámonos, Julieta.
Julieta se dio la vuelta sin decir palabra, pero antes de alejarse, le dedicó a Mike una seña poco amistosa con el dedo medio por encima del hombro. Mike se quedó ahí, hirviendo de rabia, sintiendo que esa chica acababa de declarar una guerra que él no pensaba perder.
A la mañana siguiente, el ambiente en la casa de Max era aún más pesado. Julieta estaba terminando de abrocharse sus botas cuando Susan la detuvo en la cocina. Tenía una carta en la mano y una expresión de súplica que a Julieta le revolvió el estómago.
—Julieta, escúchame bien —dijo Susan, bajando la voz—. Los directores de la preparatoria de Hawkins hicieron una excepción enorme para dejarte entrar a mitad de año. Tu expediente de California... bueno, no ayudó mucho.
Julieta rodó los ojos y se colgó la mochila al hombro. —Hicieron lo que tenían que hacer, tía.
—No, Julieta. Hicieron un favor personal —sentenció Susan con firmeza—. No puedes permitirte ni un solo error. Ni una pelea, ni una contestación a los profesores, nada. Si te expulsan de aquí, no hay otro lugar a donde puedas ir. Tu padre está muy mal y necesita que tú estés centrada. Por favor... estudia y no hagas nada que llame la atención.
Julieta apretó la mandíbula. Odiaba que usaran a su padre para manipularla, pero sabía que Susan tenía razón. Estaba en la cuerda floja.
—Haré lo que pueda —masculló, saliendo por la puerta donde Max la esperaba con una mirada de advertencia.
—¿Lista para el infierno? —preguntó Max.
—Ya vivo en uno, Mayfield. Una escuela de pueblo no me va a asustar.
Pero Julieta no contaba con que, en su primera clase de Historia, el único asiento vacío estaría justo detrás de un chico de pelo rizado que, al verla entrar, apretó su cuaderno con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Mike Wheeler la miró desde su asiento, y Julieta supo que seguir el consejo de su tía de "no llamar la atención" iba a ser imposible. No si él estaba cerca.
El comedor de la preparatoria de Hawkins era un zoológico de hormigón y Julieta se sentía como el animal nuevo en la jaula. Se sentó en una mesa alejada, en una esquina donde la luz fluorescente parpadeaba, intentando ignorar las miradas curiosas. Tenía las palabras de su tía grabadas a fuego: "No hagas nada que llame la atención".
Abrió su libro de bolsillo y empezó a comer una manzana, pero la paz le duró exactamente tres minutos.
El sonido de unas bandejas golpeando la mesa de al lado la sacó de su lectura. Mike Wheeler se sentó justo frente a ella, flanqueado por Dustin y Lucas. Mike no se veía feliz; se veía como alguien que tenía una misión.
—Vaya, miren quién es. La "chica ruda" de California come sola —soltó Mike, elevando la voz lo suficiente para que las mesas cercanas se giraran—. ¿Qué pasa, Mayfield? ¿En tu antigua escuela también te sentabas en el rincón de los marginados o es que allá directamente ni te dejaban entrar al comedor?
Julieta apretó el libro con tanta fuerza que las páginas se arrugaron. No levantó la vista. Cuenta hasta diez, Julieta. Tu papá te necesita aquí.
—Ignóralo, Mike. Déjala en paz —susurró Dustin, incómodo.
—¿Por qué? Solo estoy siendo curioso —siguió Mike, con una sonrisa ladeada y cruel—. Tengo curiosidad por saber qué tipo de problemas mentales tienes que tener para que tu propia familia te mande a este pueblo muerto. Digo, Max es difícil, pero tú... tú pareces un caso perdido. ¿Es por eso que tu papá está enfermo? ¿De tanto aguantarte?
Esa fue la gota. El ruido del comedor pareció desaparecer, dejando solo el zumbido de la sangre de Julieta hirviendo en sus oídos. Lentamente, cerró el libro y levantó la vista. Sus ojos grises estaban oscuros, como una tormenta a punto de estallar.
—Repite eso, Wheeler —dijo ella, con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
Mike, sintiendo la adrenalina de haber ganado terreno, se inclinó hacia adelante. —Dije que me sorprende que alguien te soporte. Debes de ser una pesadilla como hija. Quizás por eso te empaquetaron y te enviaron aquí como basura.
Lo siguiente sucedió en un borrón de movimiento.
Julieta se puso en pie de un salto, agarró su bandeja llena de puré de papas y una gelatina roja viscosa, y la estampó con una fuerza bruta directamente en el pecho y la cara de Mike.
El estrépito del metal contra la mesa hizo que todo el comedor quedara en silencio absoluto. Mike se quedó congelado, con el puré resbalando por su mejilla y la gelatina manchando su camiseta de Hellfire.
—Vuelve a mencionar a mi padre —le siseó Julieta, agarrándolo del cuello de la camiseta y atrayéndolo hacia ella hasta que sus narices casi se tocaron—, y te juro por lo que más quieras que no vas a necesitar un demogorgon para terminar en el hospital. Yo misma te voy a mandar ahí.
—¡Julieta, no! —gritó Max, que acababa de llegar, pero ya era tarde.
—¡MAYFIELD! ¡WHEELER! —la voz del Director Coleman retumbó desde la entrada del comedor—. ¡A MI OFICINA. AHORA!
Julieta soltó a Mike con un empujón, haciendo que él tropezara contra la silla. Mike se limpió la cara con la mano, temblando de rabia y humillación, mientras veía cómo Julieta se enderezaba la chaqueta, con la respiración agitada pero la mirada llena de un odio triunfante.
Había roto su promesa. Estaba en problemas. Pero ver a Mike Wheeler humillado frente a toda la escuela había valido cada segundo de la futura reprimenda de su tía.
El director Coleman no aceptó excusas. Para él, Mike era un provocador y Julieta una "causa perdida" que confirmaba sus peores sospechas. El castigo fue directo: tres horas encerrados en la biblioteca de la escuela, organizando los archivos de registros de los últimos diez años. Solos. Sin supervisión constante, pero con la puerta cerrada.
El silencio en la biblioteca era asfixiante, solo roto por el sonido de las carpetas golpeando las mesas de madera. Mike se había cambiado la camiseta por una de educación física que le quedaba grande, pero aún olía a leche agria por el puré de papas.
—Eres una animal —escupió Mike después de una hora de silencio, sin mirarla—. Me arruinaste la camiseta.
Julieta, que estaba subida a una escalera metálica, soltó una risa seca. —Tú me arruinaste el día mencionando a mi padre, Wheeler. Considérate afortunado de que todavía tengas todos tus dientes.
—No sé cómo Max te aguanta —continuó Mike, dejando caer una pila de papeles con estruendo—. Eres violenta, grosera y no te importa nadie más que tú misma.
Julieta bajó de la escalera de un salto y se plantó frente a él. La luz de la tarde entraba por las ventanas altas, marcando las ojeras de ambos. —Tú no sabes nada de mi vida. Te crees que porque vives en este pueblito de casas perfectas y juegas a los dragones tienes derecho a juzgar a todo el mundo. Eres un cobarde que ataca con palabras porque no tiene huevos para hacer nada más.
—¡Soy el único que se atreve a decirte la verdad! —gritó Mike, perdiendo la compostura—. ¡Nadie te quiere aquí! ¡Ni siquiera Max quería que vinieras!
Julieta sintió un pinchazo en el pecho, pero no dejó que se notara. En su lugar, le dio un empujón en el hombro. —¿Ah, sí? ¿Y quién te lo dijo? ¿Tus amiguitos? ¿O lo inventaste en tu cabecita de líder frustrado?
Mike la empujó de vuelta. —¡Vete al diablo, Mayfield!
Estuvieron a punto de irse a las manos otra vez, los rostros rojos de furia, las respiraciones chocando, cuando el clic de la cerradura los detuvo. El castigo había terminado.
El camino a casa fue un calvario. Julieta caminaba varios metros por delante de Max, que intentaba hablarle sin éxito. Al llegar a la puerta, Julieta vio el coche de Susan. Su estómago se hundió.
Al entrar, no hubo gritos. Hubo silencio, lo cual era mucho peor. Susan estaba sentada en la mesa de la cocina con una taza de té intacta y un sobre amarillo: el reporte de la escuela.
—Me llamaron, Julieta —dijo Susan. Su voz no era de enojo, sino de una decepción profunda que cortaba más que cualquier insulto de Mike.
—Tía, él empezó... él dijo cosas de mi papá —intentó explicar Julieta, su voz por primera vez perdiendo su dureza.
—No me importa quién empezó —Susan se levantó, mirando a Julieta a los ojos—. Te pedí una sola cosa. Tu padre está en una clínica, luchando, y yo estoy tratando de mantener este hogar a flote mientras Neil... bueno, ya sabes cómo es Neil. Y tú vas y te peleas el primer día. El director me dijo que estás a una sola falta de que te quiten la plaza.
Julieta bajó la mirada, apretando las correas de su mochila.
—Si te expulsan, no puedo ayudarte más. Tendrás que ver a dónde vas, porque yo no puedo tener este estrés en casa —concluyó Susan antes de retirarse a su cuarto.
Julieta se quedó en la sala oscura. Por primera vez desde que llegó a Hawkins, sintió ganas de llorar, pero se tragó las lágrimas.
Minutos después, escuchó un golpe en la ventana. Era Mike. Estaba afuera, apoyado en su bicicleta, luciendo extrañamente arrepentido pero con esa expresión de superioridad que ella odiaba.
—¿Qué quieres ahora? ¿Venir a burlarte de que casi me echan? —preguntó ella al abrir la ventana, con la voz rota.
Mike la miró, vio sus ojos cristalinos y, por un segundo, su máscara de odio vaciló. —Escucha... no sabía que lo de tu padre era tan... serio. Max me lo contó después.
—No necesito tu lástima, Wheeler. Vete a casa —respondió ella, intentando cerrar la ventana.
—¡Espera! —Mike puso la mano para frenarla—. Mañana hay una reunión en el sótano. Si no vienes, Max va a estar triste y... —hizo una pausa, tragando saliva—... y yo no le diré nada al director sobre lo que pasó hoy en la biblioteca si tú prometes no volver a atacarme.
Julieta lo miró con puro desprecio. —¿Me estás chantajeando con tu silencio? Eres un asco.
—Es un trato, Mayfield. Tómalo o déjalo —dijo Mike, recuperando su tono arrogante.
Julieta lo miró fijamente. Lo odiaba. Odiaba que él tuviera el poder de ayudarla o hundirla.
—Te odio, Wheeler.
—El sentimiento es mutuo —respondió él, antes de pedalear desapareciendo en la oscuridad.

Fuera de los limites Stories to obsess over. Discover now