El abandono de una madre no se siente una sola vez, se revive cada día. Desde mis primeros pasos, la ausencia fue mi compañera más fiel. No había brazos que me levantaran cuando caía, ni voz que me susurrara calma en las noches de miedo. Solo el eco del silencio, un vacío que parecía gritar más fuerte que cualquier palabra.
Crecí rodeada de miradas que no entendían, de voces que juzgaban sin saber. "Pobrecita, no tiene madre", decían algunos con lástima; otros, con desprecio, como si esa falta me convirtiera en menos. Aprendí pronto que la sociedad no perdona las heridas invisibles. Me señalaron como distinta, como incompleta, como alguien que no merecía el mismo cariño que los demás.
La infancia, que debería haber sido un refugio, se transformó en un campo de batalla. Cada día era una lucha contra la soledad, contra la necesidad de un abrazo que nunca llegaba. Me acostumbré a fingir fortaleza, a ocultar las lágrimas detrás de una sonrisa que no era real. Pero dentro de mí, el dolor crecía como una raíz que se extendía en silencio, alimentándose de cada rechazo, de cada palabra cruel.
El abandono no solo me robó a mi madre, me robó la confianza en el mundo. Me enseñó que el amor podía desaparecer de un momento a otro, que las promesas podían romperse sin explicación. Y así, con apenas unos años de vida, ya cargaba con una herida que parecía demasiado grande para mi pequeño corazón.
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Entre luz y sombras : Mi camino
FantasyAna solo lucha por ser feliz y curar las heridas de su pasado
