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El taxidermista de emociones

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Los pies del polaco se arrastraban por las calles de su Cracovia adoquinada

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Los pies del polaco se arrastraban por las calles de su Cracovia adoquinada. La llovizna gélida le llenaba los lentes de goterones, pero eso no le impedía seguir su camino. Conocía la vieja ciudad como la palma de su mano, aunque en los últimos tiempos anduvo muy seguido por sus lindes. Una mano cargaba el maletín desgastado, atiborrado de utensilios y frascos de cristal que tintineaban con cada paso, la otra; permanecía descubierta al frío, pese al sobretodo gris de bolsillos acogedores. En aquella ciudad todo parecía agrisado: el cielo, los edificios, las pieles sin gracia y hasta el humor de las personas.

Marcin iba camino al domicilio de un cliente, como era habitual, solo que este día el cuerpo le pesaba más que de costumbre.

—Mami, ¿por qué ese señor no se cubre de la lluvia? —dijo una pequeña a su madre, al cruzarse con Marcin.

—¡Shhh! Habla bajo que podría escucharte. Es el taxidermista, cariño; dicen que su piel no puede sentir... —La niña cubrió su boca como si la mera existencia de Marcin se tratase de una abominación.

En realidad, lo era.

Pero no solo Marcin. Él solo era un eslabón más en la cadena de europeos que habían sufrido las consecuencias de la Gran Guerra Biológica de 2040, un conflicto que atacó las sensaciones más abstractas del ser humano, quebró la razón y modificó su configuración genética y neuronal por generaciones. Marcin, aunque no lo pareciera, había corrido con suerte. Ser incapaz de sentir el frío, el calor, el dolor, o el tacto no le impedía aparentar. Llevar un abrigo con una veintena de botones para fingir vulnerabilidad era sencillo. Su verdadero dilema eran los clientes, cada día más numerosos. En especial Zbigniev, el joven al que estaba a minutos de conocer.

El recuerdo de aquella mujer irrumpiendo en su taller a altas horas de la noche, se proyectó en su subconsciente como película y su realidad se desdibujó.

La campanilla de la puerta tintineó fuera de hora y Marcin recitó las palabras de siempre:

—Lo siento, pero ya estoy cerrando.

En los últimos días habían desfilado los clientes desesperados por aliviar sus carencias y, a esas horas, Marcin solo deseaba ordenar frascos en las vitrinas, encaramado sobre su vieja escalera de seguridad dudosa, terminar la faena e irse a dormir.

—Ayer vi a mi pequeño a los ojos —dijo la mujer, con el aliento escapándose de su cuerpo—. Le acaricié el rostro. Recogí con mis propias manos una lágrima que escapaba de sus ojos. Él me devolvió la mirada y entonces lo sentí... Sentí esa expansión aquí —se golpeó el pecho—, como si un gigante respirara dentro de mí y mi cuerpo fuera demasiado pequeño para contenerlo. Lo abracé con fuerza. Estuve presente para él. Pero ya no soy suficiente. No es a mí a quien quiere ver con los ojos con los que yo lo miro. Y eso... eso es lo que él quiere dejar de sentir.

—Perdone, pero no entiendo lo que dice —respondió Marcin sin apartar la vista de las vitrinas.

—Usted... ¡Usted es el taxidermista! ¿Cierto? —La mujer corrió y sostuvo con fuerza la escalera, que se tambaleó.

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