El 28 de febrero de 1946, en pleno invierno de la posguerra, el vigía de la torre de observación en el puerto de Sendai señaló la llegada de un carguero de vapor, el *Fénix*, procedente de Manila, Singapur y Yokohama. Como era costumbre en aquellos tiempos de reconstrucción, un piloto portuario partió inmediatamente desde el muelle, pasó junto a las ruinas del antiguo fuerte costero —aún marcado por los bombardeos aliados— y abordó el navío entre el cabo Aji y la isla de Matsushima.
Inmediatamente, como también era costumbre, la plataforma del muelle principal se cubrió de curiosos; porque la llegada de un navío era siempre un gran acontecimiento en Sendai, sobre todo cuando ese navío, como el *Fénix*, había sido construido, aparejado y cargado en los astilleros de la antigua prefectura de Miyagi, y pertenecía a un armador local que luchaba por revivir el comercio en medio de la ocupación aliada.
El navío se acercaba lentamente; había pasado la punta de la bahía de Shiogama y, en aquel momento, parecía querer doblar el faro reconstruido. De pronto, una nube de humo salió de su chimenea: era una señal de saludo. Un cañonazo lejano respondió desde la base militar aliada cercana.
El navío siguió avanzando; su maniobra era perfecta y parecía ejecutada por una mano experta. Pronto llegó a la altura del ancla, y, entre la multitud que se agolpaba en el muelle —mezcla de pescadores, trabajadores de la reconstrucción y soldados estadounidenses vigilando—, se distinguieron claramente las figuras de los marineros en la cubierta.
Entre ellos destacaba un joven de alta estatura, de mirada viva y penetrante, que dirigía todas las maniobras con una autoridad natural. Se llamaba Oikawa Tooru, y aunque apenas contaba veintidós años, ya era primer oficial del Fénix. Su rostro, de una belleza singular, mezclaba la arrogancia de quien sabe que es superior con una sonrisa perpetua que desarmaba a cualquiera. Sus ojos castaños brillaban con inteligencia, y su cabello ondulado se agitaba con la brisa fría del mar de Japón.
El armador del navío, el señor Blanco, hombre honrado y recto que había perdido mucho en la guerra pero persistía en reconstruir su flota, esperaba en el muelle con impaciencia. Al ver al joven Oikawa al frente de las maniobras, su rostro se iluminó.
Blanco: ¡Ah, es él! ¡Es Oikawa quien trae el navío! —exclamó—. ¡Qué joven tan capaz!
Cuando el Fénix estuvo amarrado, Oikawa bajó el primero por la planchada, seguido de los marineros. Se dirigió directamente hacia el señor Blanco, sorteando los escombros apilados en el muelle.
Oikawa: Señor Blanco —dijo con voz clara y respetuosa, aunque con ese tono ligeramente teatral que le era propio—, vengo a presentarle mis respetos y a informarle de todo lo ocurrido durante el viaje.
El jóven le tomó las manos con efusión, ignorando las miradas curiosas de los ocupantes aliados.
Blanco: ¡Mi querido Oikawa! ¡Bienvenido! Pero... ¿y el capitán Iriatha? ¿Dónde está?
Una sombra pasó por el rostro del joven.
Oikawa: Señor... el capitán Iriatha ha muerto.
Blanco: ¡Muerto! —exclamó Blanco, palideciendo—. ¿Cómo? ¿De qué?
Oikawa: De una fiebre repentina, en alta mar, cerca del arrecife de Okinawa. Antes de morir, me llamó a su camarote y me nombró capitán interino... con su último aliento. Me confió una carta importante, para entregar en Yokohama, pero... era sobre suministros para la reconstrucción. Nada más.
Blanco miró al joven con admiración, aunque una preocupación sutil cruzó su mente ante la mención de la carta —en tiempos de purgas posguerra, cualquier correspondencia podía ser sospechosa.
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El conde de Monteitayama
De TodoEl primer oficial Oikawa Tooru debe embarcarse en un camino sinuoso para recuperar y reclamar lo que siempre fue suyo y que le fue robado por su mejor amigo, antes primer oficial, luego prisionero, ahora por azares del destino, Conde de Monteitayama
