Atardecer

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Helios

Un día como todos.
El mismo encargo de siempre: dar brillo hasta en los rincones más oscuros.

Y dirás: “Wow, qué poético, Helios.”
No, señor.

Ser el Sol podría parecerte deslumbrante, hermoso incluso, pero no lo es. Al menos no para mí.
A mí me hubiera gustado ser una estrella: flotar, guiar desde lejos o desde cerca, sin que nadie espere nada más.
O mejor aún, ser un ser vivo en el planeta Tierra: comer, dormir, existir y listo.

Pero no.
¿Quién me manda a ser el Sol, eh?

Estaba hablando con Altair, que es como una abuela para mí.
Es una estrella de la tercera edad, ya cerca de cumplir su ciclo. Como en su pueblo no queda mucho por hacer y sus hijos y nietos viven ocupados con el trabajo, se aburre. Así que pasa la mayor parte del día conmigo.

Altair hablaba sin parar cuando me di cuenta de que ya se acercaba la puesta del atardecer.
Eso solo significaba una cosa: iba a encontrarme con el ser más detestable que existe en el espacio.

Selene.
La Luna.
La muy orgullosa princesa lunar.

Detestable —digo yo— porque cada vez que nos vemos, discutimos.

—Adiós, pedazo de foco estúpido —exclamó, pasando a mi lado con su elegancia insoportable.

—Adiós a vos, princesita descerebrada —respondí, esta vez sin guardarme la palabra.

No alcancé a sentir la satisfacción cuando una voz sonó detrás mío.

—¡Niño malcriado! —me retó Altair—. ¿Para qué te eduqué, eh? ¿Para que vayas por ahí diciendo barbaridades a la Princesa Lunar?

Se giró de inmediato hacia Selene. Su cuerpo anciano se retorció un poco, pero logró hacer una reverencia impecable.

—Oh, discúlpeme, Princesa Lunar —dijo—. Me honra tu presencia. ¿Cómo te encuentras?

—Hola, señora —respondió Selene, y su voz ya no era la misma—. Ya le dije que no tiene que hacer reverencias frente a mí, no me gustan.
Me encuentro muy bien… solo que tengo enfrente a la desgracia del sistema solar.

Me lanzó una mirada rápida.

—Y si me disculpa, debo irme. Hoy hay luna llena y me preocupa que me vea toda mi familia. El Círculo Lunar.

—Oh, querida —dijo Altair con dulzura—, ve tranquila. Todo irá bien esta noche. Cuídate, y que los astros te bendigan.

Selene asintió con respeto y se alejó, dejando tras de sí un silencio incómodo.

Yo no dije nada.

Siempre era así.
Conmigo era fuego.
Con los demás, luna llena.

Y no sabía qué era lo que más me molestaba:
si su desprecio…
o el hecho de que, por un segundo, parecía alguien completamente distinta.

Hoy había luna llena.
Y sí, hoy le tocaba brillar a la princesita descerebrada.

Me decidí a verla, pero no por curiosidad.
Más bien para burlarme un poco.
Porque sé cuánto le importa que Terrena —el planeta Tierra— la vea, que la admire, que la apruebe…
Todo para un futuro trono que ni siquiera me interesa.

Eclipse Where stories live. Discover now