Me llamaban SinNombre, como a muchos otros que viven aquí. No es que no los tengamos. Están, todos ellos, en alguna lista o archivo, robados el día que nacimos, pero no nos pertenece nada por nuestro estatus.
Fui criado en el Orfanato del Sol Tardío. Un sitio que suena más poético de lo que es, veinte camas apretadas, una cocinera con la voz rota, y una regla de hierro que todos memorizamos antes de los cinco años: "No digas tu nombre. Nunca."
Los Gobernadores de este mundo se reparten las palabras como monedas. Los nombres únicos son poder y cuanto más raros, mejor es la magia que conceden.
Esa es la razón por la cual nos los quitan, otorgándonos otros, que se repiten sin fin.
SinNombre01. SinNombre02. SinNombre03...
Todos iguales y sin un ápice de poder. Todos... desechables.
Cada mañana el aire del vertedero olía distinto. Algunos días a plástico quemado, otros a grasa podrida y otros a orina reseca.
Ese día olía a lluvia. La que nunca caía, pero amenazaba desde el cielo de ceniza. Me gustaba ese olor. Espeso y blando a la vez. Me recordaba a los días en que los caracoles se arrastraban por los marcos oxidados del orfanato y los niños salían descalzos, con los pies negros, a cazar siluetas húmedas sobre las baldosas.
Me hacía sentir que algo podría limpiarse, aunque fuese por accidente.
Trabajaba en el vertedero del sector trece. Allí iba todo lo que no brillaba lo suficiente para la nobleza. Plásticos duros, circuitos apagados, pergaminos quemados...
Caminaba con la bolsa al hombro. Mis botas rotas, los guantes sin dedos y el abrigo con las costuras sueltas que me rozaban el cuello con cada paso. Recogía cosas que apenas valen una mirada. Las separo, las clasifico y las apilo.
A veces, si tenía suerte, encontraba cosas útiles: un hilo de cobre intacto, un engranaje sin óxido, una muñeca con una sola pierna o algún peluche roto que llevaba a los niños.
Ellos me esperan todas las tardes junto a la puerta trasera del orfanato.
—¡SiNo! — gritaban al verme llegar, como si dijeran "héroe".
Corrían, me abrazaban y reían. Y, aunque el mundo afuera no cambiaba, me hacían creer que valía la pena seguir respirando.
Cuando cumplí la mayoría de edad, llegué a un acuerdo con la vieja Dora, quien había trabajado en aquel lugar desde que yo había llegado. La directora parecía no envejecer, y era tan parte del lugar como el papel ajado o el chirrido del entablado del lugar.
—No tengo a dónde ir —le dije a Dora, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en los zapatos gastados.
—Aquí no hay sitio para vagos —añadió mientras regaba el huerto—. Pero si ayudas con los niños y traes algo de dinero, puedes quedarte.
Dora era alta y enjuta. El pelo recogido siempre en un moño apretado. Caminaba con pasos cortos pero firmes, y sus manos, aunque delgadas, arrastraban fuerza en cada gesto.
Tenía una mirada de esas que cortan y abrazan al mismo tiempo. Su nombre era uno de los genéricos, de los más viejos del sistema, pero ella lo pronunciaba como si fuera único. Le tenía un respeto profundo a la disciplina, pero sus manos nunca fueron instrumentos de castigo. Su amor por los libros era evidente, incluso si las palabras se le resistían.
Era la mejor persona que había conocido, sin contar a Lira.
Ella era delgada, su pelo siempre estaba recogido con horquillas torcidas, y llevaba las mangas arremangadas aunque hiciera frío. Tenía las manos llenas de cortes pequeños, y su voz era baja, pausada, de esas que parecen no querer molestar, pero que cuando decían algo, se quedaban flotando en el aire mucho después.
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Los sin nombres
FantasyEn un mundo donde los nombres no se heredan, se arrebatan, y vivir sin uno es vivir sin poder, SiNo sobrevive entre ruinas, recogiendo lo que otros desechan en un sistema que lo prefiere invisible. Hasta que encuentra un pergamino entre la chatarra...
