Invierno, Casas Grandes

7 1 0
                                        

Chapter Text

Fandom; "Sor Irinea y la nahuálida Zarpa Brava", Premio Puebla 2023 ganado por Krsna Sánchez.

One shot, publicado en 'Espejismos a prueba de rayaduras', Ed. Casa Futura, 2024.


Xover 'Oro Caballo y Hombre, cuentos de la Revolución Mexicana' por Rafael F. Muñoz.

Pairing; ninguno.

Rating: Tal vez R.

Título: Invierno, Casas Grandes, 1.

Don Manuel Chao, Matías y los otros Dorados se detuvieron por un momento.

La nevada era espesa, pegajosa y huelga decir que fría y los ventorrillos se colaban hasta los calzones. La División del Norte tenía que llegar antes del anochecer a Casas Grandes y todavía faltaba cruzar la laguna grande.

¡Perro invierno! Pensó Matías, acariciando la nariz temblorosa de su dosalbo.

Nadie la vio venir y todos la vieron al mismo tiempo; la monja salió corriendo de abajo del pino chato y toda la nieve le llovió encima.

Y también a lo que estaba tras ella, que no se sabía si era caballo, bestia, demonio o que diablos y don Manuel y Matías se limitaron a persignarse, mientras Fierro amartillaba su pistola.

Rodolfo se adelantó al General Urbina y al mismísimo Pancho, porque alguien tenía que proteger al Jefe y aunque estuvieran huyendo, la aparición presagiaba que los federales al parecer habían invocado al mismísimo Satanás frente a ellos.

Los caballos pararon en seco, entre remolinos de nieve y Pancho sin ningún temor, se acercó a la asustada monja.

—¿Qué ching... qué anda usted haciendo aquí, madre? ¿Que no sabe quienes somos? ¿Por qué se nos atraviesa?

La mujer apenas cubierta por un ridículamente delgado hábito, en contraste con las ropas de lana y las bufandas rojas de los revolucionarios, se encogió por un momento —el frío infernal y no otra cosa — y cogiendo con firmeza la rienda de su extraño monstruo, se enderezó tan alta como pudo.

—No son mis parajes ni mis tiempos y he andado perdida, Señor...

—Villa. General Francisco Villa para usted, madrecita.

—Sor Irinea. Y ésta es mi nahuálida, llamada Zarpa Brava.

Matías se limitó a silbar. Un sólo golpe del extraño animal de la monja habría descontado a Pancho. El General Villa alzó la mano, tranquilizando a sus oficiales y con éstos, a los caballos; peores apariciones que una nahuala y una monja le había tocado ver, en el tormento de las convulsiones y las epilepsias y sor Irinea no se veía peligrosa. Le hizo una seña a Matías.

— Bájate una manta de 'Cometa' y dales un trago de sotol...

Frente al paro obligado, la nevada pareció detenerse, como si la aparición de la mujer y su bestia hubieran forjado un instante de calma. La mujer habló serena, los ojos oscuros, la belleza clara y fría.

—Discúlpeme, General, no era mi intención perderles en su camino...

— Y le creo, madre. Pero no son temporadas para salir a pasear animalitos. Fierro la pudo haber matado sin preguntar. ¿Hacia dónde se dirige?

Sor Irinea bebió rápido el licor ardiente y rasposo; se envolvió en la manta de lana.

— Estamos en camino a Nepantla, a la sede donde nació nuestra madre superiora, Sor Juana Inés, en Morelos, al pie de los volcanes...

Don Manuel Chao se ajustó los lentes mientras su jefe pensaba, silencioso e intervino.

— Pero... si eso es verdad, anda usted muy perdida. Estamos cerca de la Laguna de Casas Grandes, Chihuahua. Anda usted en el otro extremo de México, madre ¿Cómo carajos...digo, cómo le hizo para llegar aquí?

La monja sonrió.

—Por eso le dije que no eran mis tiempos ni mis parajes; ignoro cómo venimos a dar a éstas soledades, pero quiero agradecerle su hospitalidad. Nosotras tenemos que seguir camino.

Pancho soltó la carcajada

— ¡No me diga! Y ¿Cómo le van a hacer? Está todo nevado, no trae usted caballo ni abrigo ni nada!

Sor Irinea miró a su nahuálida y Zarpa Brava hizo seña a la ametralladora que colgaba de su arnés. Fue Fierro quien reconoció el arma; una de esas pistolas que tiran 'de jilo' , sin volver a cargar y que les habían vendido los americanos del otro lado y por más que Rodolfo Fierro era un verdadero desalmado, no pudo enfrentar la mirada oscura, de color increíble, de la bestia comandada por la monja.

Antes de que el guerrillero pudiera saltar, paralizado por los ojos de la nahuálida, Sor Irinea tomó el arma delicadamente y saludó al general revolucionario.

—Sé quien es y me siento honrada por su encuentro, General Villa; gracias por el abrigo y el licor. Váyase, antes de que los federales lo alcancen y usted — apuntó a Fierro —. No vaya a Casas Grandes. Dispérsense en banda, vayan por otro camino. O los matarán.

Y, antes de que terminara de hablar, antes de que el viento volviera a pegar, ambas, la monstrua y su monja desaparecieron en la imagen encimada de un paisaje increíblemente desértico y destruido, lleno de ruinas infinitas, cenizas rojas y negras, y un sol de un calor monstruoso. Los revolucionarios se quedaron más que aterrados y patidifusos porque quien tenía visiones era el General Villa y las epilepsias no se contagian.

Mirarse unos a otros y comenzar a nevar fue cuestión de momentos y de no ser por la cobija en el piso y el guajito de sotol que todavía tenía Matías en la mano, pareciera que nunca había pasado nada. Nunca.

—Pues la rechingada madre dirá lo que quiera, mi General, pero yo me voy a Casas Grandes y nos vemos del otro lado.

Pancho resopló la nieve en los bigotes y la partida se dividió en dos; todo, el aire, el piso, hasta el mismísimo tiempo temblaba de frío y nadie quiso detenerse por mucho a pensar en el extraño encuentro. La noche se les venía encima. Don Manuel se persignó e hizo señas a los muchachos de adelantarse.

—Vámonos, mi General.

—Pero Rodolfo...

—Rodolfo es un pendejo. Allá él si quiere morirse.

Los revolucionarios hicieron remolinear sus caballos y cambiaron de dirección. Pancho alcanzó a Matías, quien iba de pionero checando la nieve.

—¡Epa, Matías!

—Dígame, General

—Adelántate por el camino a Casas Grandes y diles que digo yo que tengan la lancha lista...

Matías casi se rascó la cabeza, interrogante.

—La lancha, mi General? ¿Para que quiere la...?

—Haz lo que te digo. Y nos alcanzas del otro lado.

Ominoso como sonaba, Matías no hizo más que obedecer. El aire tenía regusto extraño a nieve. Y a sal. Ojalá y llegaran pronto. Siguió nevando toda la noche.

Para quienes no lo sepan, Rodolfo Fierro murió ahogado en la laguna de Casas Grandes, debido a la enorme cantidad de oro que le robó a la División del Norte, cuando las tropas del general Villa huían derrotadas por última vez, después de la captura de Felipe Ángeles.

Me pareció una buena idea que Sor Irinea diera una vuelta en el tiempo y se encontrase con los revolucionarios, en un salto de su viaje por el desierto postapocalíptico. De paso, ella sabe —porque viene del futuro – cómo murió Fierro y también, que Villa debe huir.

En realidad, si nuestro yo futuro apareciera ahorita para decirnos que es lo que no hay que hacer, dudo que le hiciéramos algún caso.

Con cariño, de verdad, humilde homenaje a Krsna, omnipresente señor del pozo y talento indiscutible en el Colisionador.

Fanfics Homenaje a Originales CF MéxicoStories to obsess over. Discover now