El Protocolo Roto

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Cita
La cita debe establecer el conflicto central: la oposición entre la ley y la libertad, la orden y el caos.
Cita Seleccionada:
"La ley es el último refugio de aquellos que temen al caos. Pero el caos es solo la vida que aún no has aprendido a amar."
— Máximas no oficiales del Vacío Astral

Prólogo
El aire de la estación de paz fronteriza olía a metal esterilizado y a miedo mal disimulado. Por tres ciclos, el Emisario Solano había intentado negociar la tregua, pero la República y el Vacío Astral eran dos cuerpos que se resistían a ser unidos.
La Agente Anya Vex, la mano derecha tecnológica del Emisario, estaba revisando los sensores de éter por centésima vez. El protocolo exigía la máxima alerta. El Vacío Astral, con su magia inestable, era una amenaza constante a la precisión de la República.
Anya sintió el pulso un instante antes de que el caos se desatara.
No fue una explosión. Fue un silencio profundo y antinatural, una absorción de toda la luz. Una magia pura, ancestral, que los archivos de la República catalogaban como Magia de Sombra, la más destructiva y rara de todas.
Cuando las luces de emergencia se encendieron, revelaron la escena del crimen. El Emisario Solano yacía inerte sobre la mesa de negociaciones, su traje diplomático de la República manchado por un humo negro que se disipaba.
Anya activó su SIA, su mente trabajando a una velocidad terminal. No había huellas de explosivos ni fallas tecnológicas. Solo la firma residual de éter de sombra. Una firma que el sistema cruzó inmediatamente con la única portadora conocida:
Kaelen Rhyse. La hechicera exiliada, la Princesa Renegada del Vacío Astral. La criminal que, según todos los protocolos, merecía la ejecución inmediata.
Anya apretó el gatillo de su Carabina Pulsar. Su misión era clara: encontrarla, capturarla y traer orden a la galaxia, sin importar el precio.
El protocolo lo exigía.

Capítulo 1: La Marca de la Sombra
El metal bajo los pies de Kaelen Rhyse vibraba con el pulso mecánico de la Estación Elysium, un ritmo que pronto sería el de su propia muerte.
No había aire en ese pozo. Solo el olor a ozono quemado, aceite rancio y el miedo creciente de los que, como ella, se escondían en el Sector Cero, el vientre oscuro y sin ley del centro de tránsito.
Kaelen se apoyó contra una pared de conductos, las sombras danzando a su alrededor, una extensión de su propia magia elemental. Las usó para camuflarse, pero sabía que no detendrían a los sabuesos de la República por mucho tiempo.
Había huido del Nivel Diplomático hacía menos de una hora. El tiempo se había licuado en una pesadilla desde que encontró al Emisario Solano. Estaba en la sala, con la garganta abierta y los ojos fijos en el vacío del espacio, y lo peor de todo: la evidencia la había incriminado instantáneamente.
El Sello Estelar... desaparecido.
Kaelen recordó la sensación del cristal frío de éter bajo la palma del Emisario. Ella había estado allí para hablar de la paz, para mostrarle al diplomático de la República la vulnerabilidad del Vacío Astral ante la próxima guerra. Pero cuando lo tocó, la oscuridad en su interior, su Magia de Sombras, se había despertado. Un solo toque, y luego... la alarma.
— ¡Ahí está! ¡La hechicera del Vacío! —El grito vino de arriba.
Kaelen maldijo. El sonido del Arnés Sónico de un agente de la República—esa tecnología fría y brillante—era inconfundible. Ellos no se cansaban. Ellos no sangraban. Solo seguían las coordenadas que su IA les daba.
Activó un pequeño dispositivo de interferencia que le había costado todos sus créditos. La energía de la República se rizó a su alrededor, causando un dolor punzante en sus sienes. Era una batalla constante en Elysium: la magia contra la ciencia, la carne contra el cableado.
Saltó por un vacío entre dos pasarelas, cayendo varios metros hasta un bazar ilegal lleno de traficantes de órganos y armas. Necesitaba llegar al hangar. Necesitaba salir de allí antes de que Anya Vex llegara.
Kaelen no la conocía personalmente, pero su reputación era leyenda en el Vacío Astral: Agente Vex, la Mano del Cobre, la cazadora más eficiente de la República, y una fanática devota de la superioridad tecnológica. Si Anya Vex la encontraba, no habría preguntas, solo la celda de estasis.
Se deslizó entre los puestos, una sombra rápida con ropas de seda rasgadas por la huida. Una mano de metal se cerró alrededor de su brazo.
— Detente, bruja —siseó un mercenario con implantes cibernéticos.
Kaelen no dudó. El aire alrededor de su mano libre se hizo frío y denso. Invocó la Sombra. No era un arma, sino un parásito: succionó la luz del lugar, y con ella, el poder de los implantes del mercenario. Él gritó, soltándola mientras sus ojos cibernéticos se apagaban.
Ella siguió corriendo. El hangar estaba cerca. Un último corredor oscuro. Y entonces, lo vio.
Anya Vex.
No venía en un escuadrón. Estaba sola. Era una silueta perfecta: traje de agente impecable, cabello negro recogido, ojos de un verde acerado que no mostraban ni una pizca de emoción. Sostenía una Carabina Pulsar de cañón corto, tan avanzada que podía atravesar escudos de éter.
Anya no corría. Caminaba con la precisión de un depredador que sabe que su presa está acorralada.
— Kaelen Rhyse —Su voz era fría, sin inflexión—. Tienes una recompensa de $50,000 créditos por cargos de asesinato y traición a la República. Deja el arma y ven conmigo.
Kaelen levantó las manos, fingiendo rendirse, pero el pánico había sido reemplazado por la rabia. La rabia de saber que no había cometido el crimen, de saber que esta mujer le arrebataría su vida por una mentira.
— No fui yo —dijo Kaelen, su voz apenas un susurro.
— Eso lo dirás en la estación de confinamiento —respondió Anya, acercándose, su dedo ya en el gatillo—. El Emisario murió por un ataque de sombra. Estuviste allí.
El aire se llenó del zumbido de la Carabina Pulsar. Kaelen cerró los ojos, no por miedo, sino para concentrarse. No podía vencer a Anya Vex con fuerza bruta, pero podía desorientarla.
La sombra brotó. Esta vez, no la usó para esconderse. La lanzó hacia la Agente Vex, una ráfaga oscura y helada que chocó contra el traje de la República, buscando cortocircuitar su armadura.
Anya disparó. Kaelen esquivó el pulso energético, que voló un tramo de la pared de metal, revelando el frío espacio exterior.
— Error, hechicera —dijo Anya, sin inmutarse, su traje resistiendo el ataque.
Kaelen sabía que Anya no fallaría la segunda vez. Solo le quedaba una opción: ir a por todas.

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