Tenerlo "todo".

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Bang Chan despertó antes de que el sol atravesara por completo las cortinas. No porque quisiera, sino porque su mente no sabía hacerlo de otra forma. Incluso en la cama, incluso en ese espacio que se suponía era de descanso, los números, los contratos y las decisiones lo perseguían como lo sigue su sombra al mediodía.

El techo blanco era lo primero que veía cada mañana. Perfectamente limpio, como tanto le gustaba.

Su mano se movió casi por costumbre hacia la mesa de noche, buscando el teléfono. Diecisiete notificaciones. Cuatro llamadas perdidas. Un correo marcado como urgente. Cuando se incorporó, el vidrio de la ventana le devolvió su propio reflejo; ojos cansados, mandíbula firme, hombros tensos. Un hombre que sabía dirigir una empresa. Un hombre que no sabía detenerse.

La casa estaba en silencio cuando salió de la habitación. Como la mayoría de las mañanas.

El mármol del pasillo captaba el sonido de sus pasos. La cocina estaba impecable. La cafetera ya tenía el temporizador activado desde la noche anterior, pero Chan ni siquiera recordaba haberlo programado. Vivía como si alguien más manejara su propia rutina.

Sirvió el café y lo sostuvo con ambas manos, mirando el vapor subir. Solo entonces, cuando el aroma llenó el aire, pensó en ella. Soomin, su pequeña de siete años.

Subió las escaleras sin hacer ruido. Abrió la puerta con cuidado. La habitación de su hija era el único lugar de la casa que no parecía un catálogo de decoraciones. Había dibujos pegados en la pared. Peluches sobre la cama. Una manta mal doblada. Huellas reales de vida. Al menos allí, el mundo parecía funcionar con normalidad.

Soomin dormía de lado, abrazando un muñeco de felpa. Su respiración era tranquila, regular. Chan se quedó ahí varios segundos, imaginando cómo sería despertarla él mismo sin pensar en correos, juntas o llamadas.

Se inclinó y apartó un mechón de su frente.

- Buenos días, mi amor - susurró, aunque ella no lo escuchó.

No la despertó. Nunca lo hacía. Le daba paz verla así. Durmiendo sin preocupaciones.

Bajó de nuevo y el ruido del mundo volvió a golpearlo.

Para las ocho ya estaba sentado en la parte trasera del auto, revisando una videollamada tras otra. Presentaciones, gráficos, proyecciones de crecimiento. Él hablaba con seguridad. Decidía todo lo que su empresa necesitaba. Ojalá también fuera así en otras áreas de su vida.

Era brillante en eso pero era terrible en todo lo demás.

Cuando el auto se detuvo frente al edificio de vidrio, respiró hondo. Se convirtió en el hombre que todos esperaban ver.

El resto del día fue preciso, como casi todos los demás.

Firmó acuerdos. Dio órdenes. Escuchó elogios. Sonrió para fotografías. Fue ignorado como persona, admirado como figura importante. Dejándolo con esa sensación de soledad que no lograba llenar con nada, ni siquiera con todo ese trabajo que tenía durante todo el día.

Pero en cada momento en que su teléfono no vibraba pensaba lo mismo, ¿Ya despertó Soomin? ¿Ya comió? ¿La recogieron a tiempo? Porque puede que estuviera ocupado, pero su hija era el tesoro más grande que tenía.

Aún así, nunca llamaba. Siempre pensaba llamar, y nunca lo hacía.

El atardecer llegó de prisa.

Chan observó la ciudad desde la ventana de su oficina. Todo estaba en movimiento. Todo brillaba. Todo parecía vivir demasiado y sin embargo, él se sentía desconectado de todo eso.

El tutor. (HYUNCHAN)Where stories live. Discover now