INEFABLE - Algo tan increíble que no puede ser expresado con palabras -
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Aurora Ryder siempre había creído que su vida estaba perfectamente escrita, como uno de esos cuentos que su mamá —la reina Rapunzel— solía leerle cuando era niña. Y es que, creciendo en Auradon, rodeada de jardines dorados, fiestas interminables y vestidos que brillaban incluso bajo la sombra, era muy fácil pensar que nada malo podía romper ese mundo de luz.
Era la hija de Rapunzel y Flynn Rider, después de todo. Una princesa con apellido de leyenda y sonrisa heredada de dos héroes que habían salvado reinos enteros. Desde pequeña, Aurora había aprendido que ser princesa significaba más que coronas: era responsabilidad, compasión... y la eterna obligación de estar a la altura del brillo que los demás veían en ella.
Pero, sinceramente, Aurora solo quería vivir tranquila. Tomar café en la terraza del castillo, escaparse por los pasillos secretos que su papá le había enseñado, entrenar con su mejor amigo Ben y reírse hasta que le doliera el estómago. Ben, el príncipe perfecto, el que algún día sería rey. El chico que conocía sus miedos, sus desastres, sus tropiezos... y que aun así nunca la miraba distinto.
Por eso, cuando Ben la llamó esa mañana con la voz tensa —cosa que rara vez pasaba— Aurora supo que algo grande había cambiado.
Ella llegó a la sala del consejo sin aliento, su vestido pastel ondeando detrás de ella. Ben estaba ahí, de pie frente a los líderes del reino, con una expresión que mezclaba nervios y determinación. Cuando la vio entrar, le dedicó esa sonrisa suave que solo le salía cuando estaba a punto de hacer una locura.
—Aurora... llegaste justo a tiempo —dijo él, acomodándose la corona que aún no terminaba de creer que merecía.
Ella arqueó una ceja. —¿Qué hiciste?
Ben tragó saliva. Y eso fue lo que realmente la asustó.
—Voy a traer a cinco chicos de la Isla de los Perdidos —anunció.
Un silencio cayó en la sala. Aurora sintió cómo el aire se volvía más denso, cómo su corazón le golpeaba las costillas.
—¿Qué... chicos? —preguntó, con un hilo de voz.
Ben respiró profundo, como si estuviera por saltar sin paracaídas.
—El hijo de Jafar. El hijo de Cruella De Vil. La hija de la Reina Malvada. La hija de Maléfica... ...y el hijo de Garfio.
Aurora parpadeó. Una vez. Dos.
La Isla de los Perdidos. El lugar donde crecían los villanos y sus hijos. Un sitio que ella solo había visto en ilustraciones antiguas, envuelto en sombras y barrotes. Y ahora, esos cinco estaban por cruzar el puente hacia Auradon.