Prólogo

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La sala del juzgado era un pandemonio de voces, pero para Silas el mundo se había quedado en completo silencio.

​Abogados discutiendo, el murmullo de los curiosos, sillas arrastrándose contra el suelo... Todos hablaban de Clara como si fuera un expediente judicial y no su hermana pequeña. Nadie miraba al niño de ocho años sentado en el banquillo. Nadie le preguntó nada. Para el juez y para el fiscal, la historia ya estaba masticada y lista para tragar.

​Silas tenía la vista clavada en sus muslos. Llevaba una camisa gigantesca que no era suya y las manos le temblaban sin parar. Por dentro, no estaba en esa sala con olor a madera vieja y humedad. Seguía acurrucado en la esquina del cuarto, sintiendo el frío de la pared en la espalda y escuchando los sollozos de Clara apagándose en la cama. El terror lo había dejado paralizado esa noche, le había robado la voz cuando más la necesitaba, y ahora esa misma parálisis lo estaba condenando.

​No había un solo rastro de ADN. No había una prueba física que dijera que las marcas en el cuerpo de una niña de seis años pertenecían a un niño de ocho. Pero no importaba. Valeria, su madre, estaba en el estrado hecha un trapo, apestando a alcohol barato y señalándolo con el dedo entre sollozos. Para ella era sencillo: necesitaba sacarse de encima la culpa de su propia vida podrida, y era más fácil entregar a su hijo al estado que aceptar la atrocidad que había metido en su propia casa.

​Unas filas más atrás, sentado entre el público con la espalda recta y una corbata impecable, estaba su tío Ernesto.

​Tenía la cara de un familiar devastado por la tragedia. Una pena fingida tan pulcra que nadie se atrevía a dudar de él. Silas ni siquiera tenía que mirarlo para sentir su presencia; en el aire flotaba esa peste rancia que dejó en el cuarto de Clara. Ernesto estaba ahí parado, respirando tranquilo, protegido por el show de mentiras que Valeria había armado sin saberlo... o sabiéndolo demasiado bien.

​En la última fila, la tía Marta se comía los nudillos.

​Marta era la única que no se tragaba el circo. Miraba el rostro de Ernesto, miraba el estado lamentable de Valeria y la cuenta no le daba por ningún lado. Había intentado frenar el desastre en los pasillos, les gritó a los abogados que revisaran las cosas bien, que un niño de esa edad jamás podría haber hecho algo así, pero la policía la apartó como a una molestia. Para el tribunal, solo era una pariente histérica intentando tapar lo indefendible.

​Un golpe seco del mazo del juez retumbó en las paredes.

​—Se decreta la medida de internamiento para el menor...

​Silas no se movió. No sintió el impacto de las palabras ni el murmullo de la gente que empezaba a levantarse. Lo que sintió fue un peso helado y brutales garras invisibles cayéndole directamente sobre la cabeza. Una presión física, densa, que le aplastó la nuca y le cerró la garganta.

​Un olor nauseabundo a felpa vieja y lana mojada le invadió la nariz. Sintió algo apegarse a su cuello, una sombra pesada con la forma del sombrero de su hermana, abrazándole el cráneo para no soltarlo jamás.

​—Es tuyo —le retumbó la voz en la nuca, fría como un hielo—. Póntelo. Te queda perfecto.

​Marta empezó a gritar desde el fondo mientras la seguridad la arrastraba fuera. Valeria se dio la vuelta sin dirigirle una sola mirada. Y en la tercera fila, Ernesto se acomodó el cuello de la camisa, le dedicó al niño una mirada neutra y caminó despacio hacia la salida, libre.

​A Silas lo agarraron del brazo para arrastrarlo a la patrulla. Él solo caminó con la mirada perdida, sintiendo cómo ese sombrero invisible le apretaba las sienes hasta dejarlo completamente a oscuras.

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