(El sonido de una alarma estridente desgarra la penumbra de la cabina, un latido metálico que marca el fin)
El crujido metálico de la Garra Plateada no era un simple sonido; era el último estertor de un halcón celestial cuyo espinazo había sido quebrado. Cada gemido del casco era una burla al silencio sagrado del vacío, un espacio que Sha'liss había surcado como una diosa, y que ahora se convertía en su tumba líquida. Setenta y dos horas. Una danza macabra medida no en tiempo, sino en latidos de su corazón acelerado y en el sudor frío que se pegaba a su piel de marfil. Había esquivado tormentas de asteroides y había surfecho las coronas ardientes de gigantes gaseosos, pero el depredador que la acechaba era más implacable que cualquier fuerza de la naturaleza: era la codicia con forma de nave.
Sha'liss, del noble Clan Tei'kra-isha, los Hijos de la Luna Helada, se aferró a la consola. Su jadeo era el único sonido orgánico en la sinfonía de fallos de la nave. Su piel, un lienzo pálido que narraba la pureza de un linaje milenario, estaba ahora profanada por la savia verde oscuro de su propia sangre. La herida en su costado no solo ardía; cantaba. Una canción de fuego y vergüenza, un recordatorio de que el látigo de plasma de un Mala Sangre había tocado donde solo las garras de rivales honorables debían llegar.
Sus ojos, del color del hielo eterno de su mundo natal, se clavaron en el espectro que llenaba el bio-visor. El P'Jaw no era una nave; era una blasfemia. Un cascarón de chatarra y cicatrices de guerra, despojado de cualquier emblema que hablara de honor. De sus transmisiones cifradas no emanaba el frío respeto de un adversario, sino el hedor psíquico de la lujuria y una codicia tan densa que casi podía saborearse. No querían su cráneo como trofeo. Querían su cuerpo, su linaje, su esencia. Querían desarmarla, no como a una guerrera, sino como a una reliquia, y poseer los fragmentos. Los susurros en los corredores de las fortalezas clanales sobre el destino de las guerreras capturadas resonaron en su mente, no como cuentos de horror, sino como una profecía a punto de cumplirse.
¡CRAC!
Un impacto brutal, como el mordisco de un titán, sacudió la Garra Plateada. El universo se desintegró en una lluvia de cristales de datos y cortocircuitos azules. Las trenzas de su cabellera, doradas como el metal solar y adornadas con los huesos tallados de presas que habían muerto con honor, se convirtieron en un látigo furioso que azotaba su máscara agrietada. Cada hueso era un testigo mudo de su pasado glorioso, ahora burlado por la inminente deshonra.
<<¡Alerta! Falla crítica en el motor de impulso.>>
La voz de la computadora era una losa de hielo sobre su corazón. Sha'liss gruñó, un sonido que surgió de lo más profundo de su ser, una promessa de venganza que el universo no escucharía. Sus dedos, armados con garras que habían desgarrado gargantas, aporrearon los controles en un ritual fútil. El Mala Sangre era un cirujano de la carroña; había cercenado los tendones de su nave con una precisión obscena.
Entonces, el sonido final. No un impacto, sino un quejido. El sonido del vientre de la Garra Plateada siendo desgarrado. La cabina se llenó de un humo ácido que olía a tripa de nave reventada. La fuerza G la aplastó contra su asiento, un amante brutal que la inmovilizaba para el sacrificio. Su máscara bio-óptica, la extensión de su rostro, estalló en una constelación de fracturas, y un dolor agudo y brillante le cortó la mejilla. A través de la rendija, el visor le mostró por un instante el rostro de su nuevo verdugo: un planeta de jungla voraz y rocas dentadas, que se acercaba para devorarla.
El último pensamiento de Sha'liss no fue para su clan, ni para su dios, ni siquiera para el miedo. Fue una llama de ira tan fría y absoluta que el calor de la reentrada no pudo tocarla. El deshonor no era morir. Morir era fácil. El deshonor era convertirse en un objeto en las manos de quienes no merecían ni siquiera mirarla.
La Garra Plateada se convirtió en un meteoro de blasfemia, trazando una cicatriz incandescente en la piel verde del mundo. El aterrizaje fue un grito del planeta mismo, un cataclismo de árboles quebrazos y metal retorciéndose en su agonía. Cuando el silencio regresó—un silencio pesado, roto solo por el crepitar de la nave moribunda y los primeros alaridos de curiosidad de la fauna alienígena—, el casco yacía como el cadáver de una bestia celestial abatida.
Y dentro, entre la oscuridad humeante y el olor a su propia sangre, Sha'liss yacía atrapada. No como una guerrera, sino como una ofrenda. Su respiración era un burbujeo débil, un sonido que delataba una vida que, quizás, habría sido mejor apagarse. La Presa Noble estaba tendida en el altar del mundo salvaje, a la espera de que los sacerdotes de la blasfemia bajaran a reclamar su reliquia viviente.
