Capítulo 1: Enbet

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Es invierno, para los pobres como yo, el invierno no es una estación, sino una sentencia de muerte. Por el día tiemblo, pero por la noche el invierno te respira en la nuca como un perro rabioso. Al fin y al cabo, para morir de frío solo necesitas estar vivo.

Y este año... este año está siendo todavía peor. No sé qué pasa, pero todo está hecho una mierda: las calles, las casas, los campos. Hasta los cultivos están congelados. Si un día un pueblerino se encuentra un bloque de hielo con alguien dentro, ese alguien desde luego que seré yo.

Por suerte aún tengo mi humor, este humor que me acompaña allá donde vaya. No sirve de absolutamente nada, pero está ahí. Existe.

De todos modos, quejarme del frío y del hambre y quedarme aquí sentado esperando palmarla no va a servirme de mucho.

Me sostengo con las paredes de las casas que tengo a cada lado, e intento incorporarme, pero mis piernas, entumecidas por el frío, se niegan a moverse. Mi intento acaba convirtiéndose en frustración y fracaso.

Vuelvo a intentarlo, al conseguir moverlas, me crujen por el maldito frío, crujen y duelen. Están rígidas, pero me obligo a mí mismo a continuar. No porque quiera, sino que si hoy no consigo robar nada, moriré.

Tras levantarme, pronto me encuentro a mí mismo rebuscando entre la basura, con la esperanza de encontrar algo a lo que pudiera hincarle el diente, pero sin suerte. Aunque, no sé si por casualidad, o por costumbre, me cruzo con la tienda del viejo Tarek. Es el viejo gruñón dueño de un pequeño escaparate a modo de tienda en el que vende víveres y provisiones. No me gusta robarle a él, pero si no quiere que le roben, debería tener más cuidado. Deja la comida a la intemperie en esperanza de poder vender más, pero solo lo convierte en un objetivo más fácil.

Me acerco a la tienda, agachado entre los matorrales de al lado, y en cuanto veo que se da media vuelta, agarro cuatro o cinco manzanas, y me escabullo en la noche, sin ser visto. Tras esto, me quedo unos minutos mirando las manzanas. Si me pillan, más vale devolverlas, pues al menos los guardias no me obligarán a pagarlo con dinero que no poseo.

Las manzanas no son nada especial, son simples, verdes y demasiado pequeñas, pero suficientes para calmar el hambre. Me quedo pensando en Tarek antes de dar el primer bocado.

"- No me gusta estar robándole a Tarek..." Esta frase la dejo a medio decir. Al fin y al cabo, Tarek no era una mala persona. El resto de pueblerinos le quieren, y aunque gruñón, hace tiempo que se ha ganado su amor, al contrario de mí...

Le pego el primer mordisco a la manzana, mientras una lágrima caía por mi mejilla. No quiero seguir robando, no quiero hacer más daño a nadie, y no necesito las palizas de los guardias para sentirme fatal por esto. Está más que claro que me remuerde, pero no tengo otra opción, la caridad de la gente no es suficiente. Ya no. Aunque... ¿fue suficiente alguna vez?

Termino de engullir la primera manzana, era amarga, verde, inmadura, y dura como si masticara un adoquín, pero también llevo días sin comer nada. Físicamente me sabe a gloria, pero a su misma vez me sabe a miserable arrepentimiento.

Para ocultar mi vergüenza, me tapo la cara con mi harapienta túnica, y me trago incluso los restos. Noto como otra lágrima empieza a correr por mi rostro. Termino por obligarme a mí mismo a dejar de llorar, no puedo permitirme ser débil. La debilidad nunca me ha ayudado a sobrevivir.

Lo peor es que no puedo escapar de esta situación. Estoy encerrado en un círculo vicioso. Si quisiera trabajar en algún campo con algún campesino, ya de por sí es casi imposible: nadie se fiaría de... bueno, de alguien como yo.

Al reconocer que nadie confiaría en mí, se me hace un nudo en la garganta, y me entran más ganas de llorar, pero sigo pensando, aunque duela.

Aunque alguien lo hiciera, nunca podría conseguir mis propios campos, ni mi propia casa. Tendría como mucho que vivir en los establos, con los caballos. La única opción sería buscar convertirme en el bufón de algún noble, pero para eso hay muchas más personas mucho más dispuestas que yo, y para colmo, es muy común que si hay una visita importante en la ciudad, como algún aristócrata, echen a todos los indigentes para dar sensación de mejor lugar, lo que haría que todos mis esfuerzos fueran en vano, pues tendría que empezar desde el principio otra vez. Y esto lo sé porque ya ha pasado anteriormente. Estoy en un jodido bucle sin fin, y aunque lo sé, sigo sin poder hacer absolutamente nada.

El Pesar del Hijo de la ResonanciaStories to obsess over. Discover now