Woking, Inglaterra. Febrero de 2019.
El olor a metal nuevo, a fibra de carbono y a café amargo es lo primero que te golpea en el Centro Tecnológico de McLaren. Es una mezcla limpia, jodidamente cara y profundamente intimidante. Se supone que es mi nuevo hogar, pero ahora mismo se siente más como un museo futurista donde soy el niño que accidentalmente ha tocado la escultura de tres millones de libras.
Estaba paseando por el Boulevard, que es el nombre elegante que le dan al pasillo principal con todos los coches históricos. Estaban el MP4/4 de Senna y el MP4/13 de Mika. Leyendas. Yo era Lando Norris, recién salido de la Fórmula 2, con un contrato de Fórmula 1 en el bolsillo que aún parecía un billete de Monopoly.
—Mira, no te comas las uñas, ¿vale? Parece que estás a punto de entrar a rendir cuentas con el director del colegio —me susurró Jon, mi entrenador, mientras intentaba peinar mi cabello, que, por defecto, se niega a cooperar con la gravedad o el profesionalismo.
—Es que... Jon, esa es la jodida máquina con la que Ayrton Senna ganó, ¿sabes? Mi máquina estará allí en diez años, rota o oxidada, después de que la estrelle en el muro de Bakú.
—Tu máquina va a estar en un podio, Lando. Relájate.
Intenté relajarme, pero el "traje" (mi nueva equipación del equipo, ajustada y ridículamente anaranjada) se sentía como una camisa de fuerza.
Mi misión ese día era simple: la primera reunión formal de planificación, conocer a mis ingenieros de carrera y, lo más importante, conocer a mi compañero de equipo. Carlos Sainz.
Carlos Sainz Jr. No "Carlitos" como lo llamaban en España, o "Smooth Operator" como se le conocería luego, sino Carlos Sainz, el tipo que tenía cuatro años de experiencia en el circo, que había pasado por Toro Rosso y Renault, y que, según todos los rumores, era una máquina de trabajo. Yo, a su lado, era un meme que aún no había crecido del todo.
Llegué a la sala de reuniones, un espacio tan minimalista y brillante que parecía que los arquitectos se habían olvidado de incluir paredes de verdad. El jefe del equipo, Zak, estaba hablando con un grupo, y justo allí, junto a una pizarra llena de diagramas aerodinámicos indescifrables, estaba él.
Carlos Sainz.
Era más alto de lo que esperaba, con esa postura que grita "confianza heredada", pero de una forma que no es arrogante, sino simplemente... presente. Llevaba unos vaqueros, una camisa de equipo impecable, y se estaba riendo de algo que Zak acababa de decir, echando la cabeza hacia atrás. Su risa era ruidosa y genuina. Me pilló por sorpresa lo mucho que me gustaba el sonido.
Jon me empujó suavemente hacia adelante.
—Ve a saludar. Sé profesional —me ordenó.
Tragué saliva y me acerqué, sintiéndome como un pingüino en un desfile de avestruces.
Carlos se giró cuando me escuchó carraspear. Me miró con esos ojos marrones cálidos, pero intensos, y su sonrisa se ensanchó. Era el tipo de sonrisa que te hace sentir que, por alguna razón desconocida, te aprueba.
—¡Lando! Por fin. ¡Mi compañero de equipo! —dijo, extendiendo la mano con entusiasmo, su acento español dándole un ritmo musical a la frase.
—Eh... sí. ¡Hola, Carlos! Soy Lando. Un gusto, eh...
Mi cerebro de repente olvidó cómo formar oraciones completas. Me sentí como un idiota. Carlos me estrechó la mano con firmeza, y noté el callo de conducir, la fuerza tranquila que emanaba de su agarre.
—Lo sé, lo sé. El rookie más ruidoso de la historia. Estoy muy emocionado, de verdad. He seguido tu carrera en F2. Eres rápido. Muy rápido.
Esa aprobación inmediata y sincera me desarmó. Esperaba una palmadita paternal en la cabeza, no un cumplido de igual a igual.
—Gracias. Tú... eh... eres Carlos. También eres rápido.
Carlos soltó otra carcajada. Esa risa. No era una risa, era una especie de validación sonora.
—Sí, ese soy yo. Mira, sé que todo esto es un poco... grande al principio. Es McLaren, mi amigo. Lo tienen muy organizado. Yo ya tengo experiencia en equipos grandes, así que si necesitas algo, cualquier cosa, desde dónde encontrar el mejor café hasta cómo evitar la ira de un ingeniero de rendimiento, ¡me dices! Estoy aquí para ayudarte.
—¿Incluso si eso significa que seas más lento que yo? —solté, de forma impulsiva, porque el nerviosismo siempre me convierte en un estúpido sarcástico.
El rostro de Carlos se puso serio de inmediato, pero sus ojos brillaron con picardía. Su postura cambió ligeramente. Ahora era un rival, no solo un mentor.
—Ah, Lando. El juego ha comenzado. Y que sepas que yo nunca he sido más lento que nadie. Pero sí, te ayudaré. Porque, al final, somos un equipo. El objetivo es que ambos venzamos a los demás.
Me guiñó el ojo, ese gesto que se volvería tan icónico, y la sonrisa regresó, pero esta vez con un matiz de desafío.
Y en ese instante, en medio del Boulevard de la F1, comprendí dos cosas fundamentales:
1. Carlos Sainz iba a ser el punto de referencia de mi carrera. Mi competencia, mi ancla, mi espejo.
2. La energía que sentí en ese cruce de miradas no era solo profesional. Había algo más. Algo que olía a problema y que, si no tenía cuidado, se convertiría en un lío enorme. Sentí ese primer zumbido, esa primera chispa que te dice: "Cuidado, este tipo va a ser importante".
La reunión siguió, pero mis ojos se desviaban constantemente hacia Carlos. Él era un faro de concentración, tomando notas, haciendo preguntas inteligentes en español e inglés. Yo, por mi parte, solo intentaba no babear sobre mi libreta. Estaba a años luz de su profesionalismo, y, al mismo tiempo, sentía una conexión extraña e inmediata. Éramos dos polos opuestos destinados a chocar.
Al final de la jornada, mientras empacábamos, Carlos se acercó de nuevo.
—Oye, ¿te gustaría que mañana, antes de la sesión de simulador, te muestre dónde almorzamos? Hay un sitio cerca de aquí. No es glamour, solo buena comida.
—¿Me estás pidiendo una cita de trabajo, Carlos? —pregunté con una sonrisa traviesa.
Carlos se rió de nuevo, fuerte y claro. Su mano se apoyó brevemente en mi hombro, una presión cómoda y cálida.
—Sí, algo así. Llamémoslo una "cita de teambuilding". Tienes que aprender a no morirte de hambre por aquí. Mañana a las doce. No llegues tarde, rookie.
—Estaré allí, veterano.
Vi cómo se alejaba, con su paso decidido, y sentí ese nudo en el estómago. No eran solo nervios por la F1. Era algo más. Era el miedo y la emoción de saber que acababa de conocer al tipo que iba a complicar mi vida de la forma más maravillosa y destructiva.
Mi compañero de equipo. Mi ancla. Y, sin yo saberlo aún, la persona a la que un día iba a querer desesperadamente convertir en mi "novio".
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Me robare tu corazón | Carlando
FanfictionEn el combustible ardiendo de la Fórmula 1, Lando y Carlos trazaron una línea que iba mucho más allá de la amistad. Ahora que Carlos viste de rojo Ferrari y comparte las risas con otro, Lando arde en un celo tan irracional como magnético. Sabe que n...
