Minoru Mineta siempre había sido consciente, en el fondo, de que era… desagradable. No era tonto, nunca lo fue. Pero había algo en él, una parte sucia que nunca había querido ver directamente, como un espejo empañado que solo dejaba entrever siluetas deformes.
Aquel pensamiento lo perseguía cada vez que se iba a dormir, cuando sus compañeros estaban agotados por entrenar y él, en cambio, solo había terminado el día recibiendo regaños, miradas incómodas o reprimendas.
Pero todo cambió la tarde del incendio.
El sol estaba bajando, bañando el patio de UA con un tono naranja cálido, casi nostálgico. Los estudiantes de la Clase 1-A entrenaban maniobras de rescate bajo la supervisión de Cementoss. Las llamas eran controladas, perfectamente seguras, pero el ejercicio estaba diseñado para simular un desastre real: edificios derrumbados, humo denso, víctimas atrapadas.
Mineta estaba seguro de que sería un día más. Un día en el que, quizás, lograría un comentario gracioso, una vista rápida y prohibida, o al menos hacer que Kaminari riera con alguna de sus tonterías.
Pero el destino ya había decidido que hoy no sería “un día más”.
“¡Mineta, cubre ese costado!” gritó Sero, mientras lanzaba su cinta para sostener una estructura que amenazaba con caer. “¡Hay una víctima ahí!”
Mineta, sorprendido de que realmente necesitaran su ayuda, reaccionó tarde. O quizá no tarde… simplemente lento.
Sus piernas no se movieron con la determinación de un héroe en entrenamiento. Lo hicieron con la pereza mecánica de alguien acostumbrado a no tomarse nada en serio. Y eso marcó la diferencia.
Una columna de metal cayó más rápido de lo que él imaginó. Sero gritó su nombre.
Kirishima endureció su cuerpo y se lanzó hacia adelante para desviar el impacto, pero no fue suficiente. Parte del andamio colapsó.
Un “maniquí” —una figura diseñada para simular un civil— quedó atrapado bajo los escombros.
Y aunque no era una persona real, la forma en que todos lo miraron… dolió más que cualquier cosa que Mineta hubiera sentido antes.
“Dude… si no te hubieras quedado viendo, habríamos llegado a tiempo,” murmuró Kaminari, no con enojo, sino con decepción.
Esa decepción era peor.
Ochako, quien siempre trataba de apoyar a sus compañeros, bajó la mirada.
Midoriya frunció el ceño,no de molestia, sino de preocupación, la misma preocupación que tendría por un paciente terminal.
“Mineta-kun,” dijo Iida, con su tono severo de siempre, “este tipo de entrenamiento es crucial. Su falta de atención casi provoca un fallo total del equipo. Debe tomar esto con seriedad.”
La palabra “seriedad” cayó sobre él como un peso gigantesco.
Serio.
Responsable.
Héroe.
Palabras que nunca nadie asociaba con Minoru Mineta.
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Cuando la practica acabo y todo siguio como antes para los demas...menos mineta que se sentía horrible,Esa noche, todo en su dormitorio lo irritaba.
Las revistas porno escondidas entre sus cosas.
Los pósters de artistas en poca ropa o actrices porno.
El historial de Google de su teléfono.
Los dibujos nswf que había guardado por meses, como si fueran tesoros.
Todo se veía… sucio.
“¿Qué demonios estoy haciendo…?” se escuchó murmurar a sí mismo, con un tono de repulsión que nunca creyó capaz de usar contra él mismo.
Se levantó y casi arrancó sus pósters de la pared. Los rompió sin pensarlo.
Las revistas terminaron hechas trizas y arrojadas al bote de basura.
Las imágenes, las capturas, inclusolos videos, uno por uno fueron eliminados.
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redención Púrpura
RandomAlgo dentro de Mineta cambió para siempre. Ya no es el chico que todos recuerdan... y tampoco quiere serlo. Ahora, impulsado por una determinación desconocida incluso para él mismo, recorrerá un camino que nadie esperaba: uno donde el ingenio vale m...
