Luzurriaga

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Durante muchos años tuve la sensación de haber estado viviendo en modo automático. No tengo recuerdos anteriores a todos los sucesos que voy a contar, pero recuerdo bien que todo pareció iniciar cuando estaba cursando mi último año de especialización en traumatología. Estaba seguro de que no la había visto antes, esa chica que llegó junto con otros estudiantes al inicio de su rotación. No me causó ninguna emoción y tampoco interactué con ella más del tiempo necesario.

Durante el primer mes todo fue normal, ella trabajó como siempre rotando por todas las áreas que le correspondían hasta que un día de repente hizo cambios con uno de los chicos que llegaron después y que eran de otra universidad. Al parecer a este no le gustaba estar en «triage» y prefería estar en cirugía menor donde a ella le tocaba durante esa semana. Pronto esta práctica se hizo recurrente y la veíamos pocas veces.

Esto no parecía molestar a los otros cirujanos hombres y mujeres quienes estaban a gusto con los estudiantes de la universidad privada, que no dejaban de agasajarlos con comida de sitios caros, sin embargo, no todo dura para siempre y la rueda de la desgracia empezó a girar despacio, pero segura hacia nosotros.

—¿Cómo se te ocurre traer a este paciente a pocos minutos de cambiar de guardia? —espetó una compañera nuestra, una cirujana que me llevaba unos cuatro años; era de esas mujeres que además de talentosa siempre andaba bien arreglada y miraba por encima del hombro a las chicas que no tenían su estatus.

—Me ordenaron traerlo de inmediato, yo solo obedecí —contestó la joven con tono tranquilo, aunque sus ojos parecían dos cuchillas dispuestas a clavarse en el pecho de quien la estaba confrontando.

—Bueno, pero primero hubieras mandado a la familia a hacer el ingreso y todo lo que tocaba antes de traerlo —dijo con tono condescendiente otro residente de cirugía, el coordinador de los estudiantes, para ser más preciso y uno de los minions de la otra doctora, que parecía no tener idea del final que tenían los lambones en un ambiente como este.

—Eso ya lo está haciendo la esposa del señor, bueno, lo dejo para que lo evalúen. —Se dio media vuelta para marcharse, su tono fue desafiante, arrogante, pero en verdad no estaba haciendo nada malo, así que veía difícil que pudieran hacer algo en su contra, bueno, la cirujana se las arregló para fastidiarla.

—¡Última vez que permites que se cambien de área para las guardias! —soltó sin que eso tuviera que ver con lo ocurrido. La única explicación era que en caso de estar el chico con el que se cambió, este no se hubiera tomado la orden con tanta prisa y no hubiera traído al paciente a las seis y media de la mañana, sino a las siete cuando estaban los otros.

—¡Perfecto! La próxima guardia me tendrán por aquí. —Sonrió como si la cosa no le molestara—. Que tengan un buen día. —No pude evitar esbozar una sonrisa, esa chica no parecía tener miedo de nadie, pero además era vengativa. Había escuchado cosas de sus compañeros y algunos compañeros míos, ella trabajaba el doble que los demás, no dormía en toda la noche y nunca se escapaba durante la guardia como sí lo hacían los protegidos de esos médicos. Claro que acataría la orden de llevar el paciente lo más pronto posible para fastidiarlos y lo mejor era que sabía que no podrían quejarse mucho, porque no era ético enfadarte por tener que hacer tu trabajo.

La guardia siguiente, esa interna cuyo nombre era Vanessa, se presentó en cirugía menor y a pocos minutos de poner un pie en el área empezaron a llegar pacientes en un volumen exagerado; era martes y parecía que había ocurrido un accidente masivo o algo parecido, porque no dejaban de llegar politraumatismos, gente con dolor abdominal intenso o rigidez que hacía sospechar cosas más graves. Casi parecía que todos los enfermos del país habían decidido ir a esa unidad hospitalaria.

Maledicta DevotioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora