Toqué la puerta tres veces.
Golpes suaves. Cansados. Huecos, como yo.
Silencio.
—Zack... —susurré, con la voz hecha polvo—. Solo... necesito verte. Por favor.
Mi mano tembló en la perilla.
Giro.
Abierta.
Como siempre.
"Por si me necesitas, Ivy."
Tantas veces había agradecido eso.
Hoy... lo odié.
Empujé la puerta.
El cuarto estaba en penumbra, las cortinas medio cerradas, la luz filtrándose justo lo suficiente para delatarlo todo.
Pero lo primero que me golpeó no fue lo que vi.
Fue lo que olí.
Un olor espeso.
Caliente.
Sábanas húmedas.
Respiración pesada.
Ese olor que uno reconoce sin querer: sexo reciente, descarado... sucio.
Y no mío.
Sentí que las piernas me flaqueaban, pero avancé un paso más.
Y entonces lo vi.
A él.
A MI Zack.
Desnudo.
Arrodillado entre las piernas de otra mujer.
Ella tenía la cabeza echada hacia atrás, jadeando, con las manos apretadas en las sábanas... hasta que me vio.
Hasta que nos vio a los tres: él, ella... y mi corazón cayendo al suelo.
Zack la sostenía por las caderas, tirando de ella hacia su boca, su respiración era tan rápida que parecía que había corrido una carrera.
Sus labios brillaban.
Sus dedos marcaban la piel de ella.
Y él... él ni siquiera tuvo tiempo de fingir que no estaba disfrutando.
Mi corazón no se rompió.
Explota.
Se hizo trizas tan pequeñas que ni con todas las fuerzas del mundo habría podido recogerlas.
—¿QUÉ...? —mi voz salió ahogada, como si una mano invisible me apretara la garganta—. ¿QUÉ CARAJO ES ESTO?
Zack giró tan rápido que casi se cayó de cara.
Sus ojos... Dios.
Sus ojos parecían creer que yo era una alucinación.
Una pesadilla.
Un castigo divino.
Él, completamente desnudo, todavía marcado por la evidencia del acto: su respiración agitada, su erección aún ahí, sin vergüenza, sin esconder nada.
El cuerpo que yo conocía como casa... ahora era un arma que me atravesaba.
—¡Ivy! —gritó, la voz quebrándosele—. No... no... amor, espera. ¡Espera!
Intentó ponerse de pie, pero resbaló.
Tropezó con la alfombra, con sus propios pies, con su culpa.
Buscó sus pantalones tirados en el suelo, temblando tanto que se le cayeron dos veces antes de poder meterse en una pierna.
La chica chilló, agarrando la sábana.
Mi sábana.
Esa que habíamos comprado juntos.
Esa donde él me había dicho te amo por primera vez.
Cubrió sus pechos, pero sus muslos... estaban marcados de él.
Desvié la mirada al piso.
El condón usado tirado al borde de la cama.
La ropa de ella mezclada con la suya.
Mi foto en el buró empujada hacia atrás, casi oculta.
Y yo.
De pie.
Como si me hubieran vaciado por dentro.
—Puedo explicar —jadeó Zack—. Ivy, por favor... solo... déjame hablar.
Solté una risa.
Una risa rota.
Vacía.
Una risa que no salía de mi boca, sino del hueco que él acababa de abrir en mi pecho.
—¿Explicar QUÉ, Zack? —mi voz ahora ardía—. ¿Qué exactamente quieres explicar? ¿La posición? ¿El ángulo? ¿El ritmo? ¿El condón tirado ahí? ¿O lo rápido que reemplazaste a tu novia en duelo?
Él tragó saliva.
Demasiado tarde.
—No es lo que parece —murmuró, acercándose sin camisa—. Yo... estaba mal. Tú estabas rota, Ivy, y yo... perdí la cabeza.
—¿Perdiste la cabeza? —repetí, envenenada—. No, Zack. Lo que perdiste fue el respeto por mí. Por nosotros. Por TODO. Porque lo que yo veo es que te pusiste entre las piernas de otra mientras yo elegía el vestido con el que enterrarían a mi madre.
Zack cerró los ojos fuerte, como si mis palabras fueran cuchillos.
Ojalá doliera más.
—No lo hice para lastimarte —dijo, con la voz hecha añicos—. Fue un error. Un error sucio, asqueroso. Ella no significa nada. ¡Nada, Ivy!
La chica sollozó, con un hilo de voz:
—Yo... no sabía...
La miré.
Fría como mármol.
—Te disculpas cuando le echas café a alguien. No cuando te follas a su novio.
Ella empezó a llorar más fuerte.
Zack dio un paso hacia mí, levantando una mano temblorosa.
—Por favor... mírame. Déjame explicarte. Dime lo que quieras. Hazme lo que quieras. Pero no te vayas así. Ivy... —se le quebró por completo—. Te lo ruego.
Bajé la mirada a su torso.
A las marcas que no eran mías.
A sus labios hinchados.
A sus manos todavía temblando por la urgencia que minutos antes no era para mí.
Y me reí.
—Eres repugnante, Zack.
Su respiración se cortó.
Él extendió ambas manos hacia mí, desesperado.
—Haré lo que sea —balbuceó—. Me arrodillo. Me humillo. Pero no te vayas. No ahora. No así. Mi amor... estoy perdido sin ti.
—Ya estabas perdido —dije despacio—. Solo necesitaba abrir esta puerta para darme cuenta.
Me giré para irme.
Él corrió detrás de mí, todavía abrochándose mal el pantalón, tratando de tapar con las manos una vergüenza que no podía ocultarse.
Me agarró la muñeca.
—No te vayas —su voz era un sollozo humano—. Ivy, por favor. Acabas de perder a tu mamá. Déjame cuidar de ti. Déjame arreglar esto. No me dejes solo. No me... no me odies.
Me solté con un tirón seco.
Él casi pierde el equilibrio.
—Zack —lo miré directo, sin pestañear—. No necesitaba que me cuidaras. Solo necesitaba que no me traicionaras.
Y ahí, frente a mí...
Él cayó.
Literalmente.
De rodillas.
Las manos en el piso.
La cabeza inclinada.
Temblando.
No por vergüenza.
Por miedo.
Porque sabía que me había perdido.
Abrí la puerta.
—No voy a llorar aquí —dije, con la voz firme—. Pero créeme... jamás voy a olvidar esto.
Y salí.
La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave.
Un sonido pequeño.
Pero lo suficientemente fuerte como para romper algo adentro de él.
Y de mí.
Zack lloró mi nombre detrás de la puerta.
Ella sollozaba envuelta en mis sábanas.
Y yo caminé por el pasillo...
sosteniendo los pedazos de una vida que, en cuestión de segundos, había dejado de existir.
YOU ARE READING
realeza y caos
RomanceIvy Elise Beaufort creía tener su vida bajo control... hasta que todo explotó. Modelo estrella de Nueva York y hija secreta del rey de Escocia, Ivy siempre supo que la verdad la alcanzaría algún día... pero no así. La muerte de su madre rompe su mun...
