La primera vez que Felix vio a Hyunjin, fue en una cafetería pequeñita al lado de la universidad. Era una tarde lluviosa, de esas donde la gente corre, se tropieza, se queja, pero también se esconde un poquito del mundo. Felix estaba sentado cerca de la ventana, jugando con el borde de su taza, mientras el vapor subía lento y le empañaba los lentes.
Hyunjin entró empapado, sin sombrilla, riéndose solo como si la lluvia fuese un chiste privado entre él y el cielo. Sacudió el cabello, que le caía sobre la cara en mechones oscuros, y pidió un chocolate caliente. Cuando se giró buscando asiento, sus ojos chocaron con los de Felix. Solo fue un segundo, pero ese segundo bastó para que ambos sintieran algo extraño, como un pequeño tirón dentro del pecho.
Hyunjin se acercó con su taza y señaló la silla vacía frente a Felix.
—“¿Está ocupada?”
Felix negó con la cabeza.
—“No… si quieres sentarte.”
—“Quiero.”
Y así empezó todo.
Hyunjin hablaba como si el mundo no lo cansara nunca. Era ruidoso, era alegre, era libre. Felix era más callado, más observador, más suave, con esas manos inquietas que jugaban con todo lo que podía tocar. Y a Hyunjin le fascinaba eso. Le parecía mágico cómo Felix podía decir mil cosas sin abrir la boca.
—“¿Siempre vienes aquí?” —preguntó Hyunjin la tercera vez que se encontraron.
—“Más o menos.”
—“¿Y tú siempre miras la luna?”
Felix sonrió.
—“Me hace sentir que no estoy solo.”
Y esa frase, esa simple frase, se le quedó grabada a Hyunjin en la piel.
Con el tiempo empezaron a pasar más tiempo juntos. Estudiaban en la biblioteca, tomaban café, caminaban por el parque, hablaban de cosas que nadie más escuchaba. A veces Felix llevaba audífonos y se los ponía a Hyunjin para enseñarle música tranquila, y Hyunjin le contaba historias sin sentido solo para hacerlo reír.
Una noche, mientras caminaban bajo un cielo oscuro sin estrellas, Hyunjin se detuvo.
—“Felix…”
—“¿Qué pasa?”
—“Tú… ¿alguna vez has querido algo y te da miedo decirlo?”
Felix bajó la mirada.
—“Todos los días.”
—“¿Y si yo te digo… que quiero quedarme contigo más tiempo?”
Felix sintió que el mundo entero se detenía.
Pasó saliva.
—“Entonces… quédate.”
Esa fue la primera vez que sus manos se tocaron. No fue romántico como en las películas; no hubo música ni luces. Solo dos manos temblando, buscándose en la oscuridad.
Y desde ese día no se soltaron más.
Su relación creció como crecen las cosas verdaderas: despacio, profundo, sin ruido. Hyunjin cocinaba horrible, pero Felix igual se lo comía. Felix se mordía las uñas cuando estaba nervioso, y Hyunjin le agarraba la mano para detenerlo. Se hacían bromas, se robaban la ropa, se quedaban dormidos viendo películas que ninguno entendía.
Felix encontró en Hyunjin un hogar.
Hyunjin encontró en Felix una paz.
Pero la vida… la vida nunca es justa con los corazones que aman demasiado.
Una mañana de invierno, Hyunjin salió temprano para un mandado rápido. Hacía frío, mucho frío. Le dejó un mensaje de voz a Felix:
—“Ey, Lix, no te levantes todavía. Te llevo desayuno. Te amo.”
Y esa fue la última vez que Felix escuchó su voz.
El accidente fue absurdo, injusto, cruel. Un conductor distraído, un cruce, un golpe que nadie vio venir. Cuando llamaron a Felix, sintió que el alma se le partía en dos. Corrió al hospital con el corazón en la garganta, temblando, negándolo todo.
—“Dime que está bien… díganme que está bien…”
Pero las caras no lo miraban.
El doctor habló despacio.
Demasiado despacio.
Felix entró a la habitación. Hyunjin estaba ahí, quieto, con la piel tan fría que dolía solo tocarla. Felix cayó de rodillas al lado de la camilla, llorando como un niño.
—“No… Hyun, no me dejes… tú dijiste que ibas a volver… tú dijiste que ibas a quedarte conmigo…”
Apretó su mano sin vida.
La besó.
La abrazó.
Le rogó.
En el bolsillo de Hyunjin había una nota pequeña, doblada.
“Si un día no regreso, mira la luna. Ahí estaré.”
Felix se quedó abrazado a esa nota por horas. No hablaba. No respiraba. No podía.
La noche del funeral, salió solo al parque donde siempre iban. La luna llena brillaba enorme, iluminando todo. Felix la miró con la cara empapada.
—“Hyunjin… yo no sé vivir sin ti… pero si tú estás en esa luna… entonces yo voy a mirarte todas las noches. Te lo juro.”
El viento sopló, suave, como una caricia.
Y aunque sabía que era imposible…
Felix sintió un calorcito en la mejilla.
Como una mano.
Como una despedida.
Como un “aquí estoy”.
Desde ese día, cada noche de luna llena, Felix camina hasta ese mismo parque, se sienta en el mismo banco donde Hyunjin se reía por todo, y mira al cielo hasta que los ojos le arden.
Porque el amor no muere.
El amor se transforma.
Y en algún lugar, bajo esa luz plateada, Hyunjin todavía lo acompaña.
—“Nos vemos pronto, mi luna.”
Y lo dice cada noche, sin falta.
