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La mañana había empezado como cualquier otra: con Bokuto tirado boca abajo en el sillón, con la cara aplastada contra un cojín que olía a Akaashi. Normalmente eso lo calmaba; el olor dulce y un poco amargo, a chocolate negro, lo relajaba al instante, como si su omega lo tuviera abrazado incluso cuando no estaba en casa.

Pero ese día, ese olor no bastó para tenerlo ahí acostado la mayoría del día.

Porque Bokuto tenía una misión: sacar la basura.

Y él odiaba sacar la basura.

Suspiró, aprovechó su fuerza alfa para levantarse del sillón como si fuera un muñeco de trapo, se estiró con un pequeño gruñido y caminó hacia la cocina. Akaashi ya se había ido hacía rato; había salido con Kenma, quien era pareja de su mejor amigo en todo el mundo, Kuroo. Esas salidas que tenían ambos omegas siempre lo dejaban tranquilo, porque sabía que Akaashi adoraba a Kenma como si fuese su hermano menor y que Kenma jamás lo metería en problemas.

O eso creía.



Las bolsas de basura estaban apiladas junto a la puerta de la cocina. Bokuto tomó una, la más pesada, murmurando un:
—Akaashiii, ¿qué pones aquí? ¿Ladrillos? —pese a que él mismo sabía que probablemente era su culpa por olvidar tirar envases vacíos de proteínas.

Cruzó el pasillo, abrió la puerta principal y salió hacia el pequeño patio donde estaban los contenedores. Bajó la bolsa, la levantó otra vez. El plástico cedió. Y entonces, como una explosión silenciosa pero devastadora, la bolsa se abrió.

Y tres cajitas blancas cayeron al suelo.

Sabía lo que eran: Tres pruebas de embarazo.

Bokuto se quedó congelado.
No respiró.
No pensó.
No parpadeó.

—… ¿eh?—

Se agachó. Con manos temblorosas, tomó una. Luego otra. La tercera estaba un poco aplastada, pero aún visible.

Las tres tenían una rayita rosa. No. Peor. ¡Dos rayitas! ¡Dos líneas perfectas, firmes, claras! Esas famosas dos líneas que él solo había visto en videos de internet que su algoritmo le recomendaba “¿cómo saber si tu omega va a tener bebés?”.

Su corazón dio un salto tan alto que hasta escuchó el crack de su propio cerebro estrellándose contra su cráneo.

—No. No puede ser… ¿Akaashi? —tragó saliva—. ¿Es posible…?

Claro que era posible.
Habían estado en su último celo, con protección, sí… pero el celo de Akaashi siempre había sido intenso y Bokuto, siendo Bokuto, estaba demasiado ocupado siendo feliz y enamorado como para pensar en estadísticas y fechas probables de fecundación.

—Oh dios mío… voy a ser… ¿y si…? —sentía que se mareaba—. POR DIOS, VOY A SER PAPÁ.

Se tambaleó.
Se apoyó contra la pared.

Luego, su instinto alfa gritó: llama a Kuroo.
¡Kuroo sabía qué hacer! ¡Kuroo era inteligente, responsable, organizado y… probablemente iba a gritar con él!

Sacó el teléfono.
Marcó.
El tono sonó una vez.
Dos veces.

—¿Bokuto? —respondió Kuroo, con su típica voz de “estoy cansado pero elegante”.

—Kuroo… —Bokuto aspiró aire tan fuerte que casi se atraganta—. Ven. YA. A mi casa. URGENTE.

—¿Qué pasó? Estoy saliendo del trabajo.

—¡ES URGENTE! ¡AKAAAASHI—! —la voz se le quebró.

Kuroo respondió rápido:
—Voy para allá.

El embarazo...¡¿De Akaashi?! [Two-Shot]Stories to obsess over. Discover now