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Se podría decir que la mayoría de las historias comienzan con un amanecer sereno, con risas, con promesas de días felices que dan al lector la ilusión de un camino seguro. Pero esta historia no es una de esas. No hay un comienzo cálido ni un paisaje idílico; solo existe la crudeza de un mundo donde la bondad se desgasta y donde la esperanza suele ser un espejismo. En este mundo abundan las personas cuyo único propósito parece ser lastimar, destruir o entorpecer el avance de los demás. Son como piedras en un camino perfectamente pavimentado, colocadas con precisión para hacer tropezar a quienes intentan seguir adelante. Cada caída enseña algo, cada herida deja una lección, o al menos eso dicen. Pero, ¿qué ocurre cuando esas piedras no desaparecen nunca? ¿Qué pasa cuando el dolor se vuelve rutina y las cicatrices se superponen hasta volverse parte del alma misma?

Algunas personas, las más sensibles, las que siempre han vivido para servir y complacer a los demás, terminan siendo las más castigadas. Se desgastan entregando todo de sí, hasta que ya no queda nada. Son heridas una y otra vez por las mismas manos, por los mismos errores, por la misma piedra que nunca se aparta del camino. Poco a poco, esas personas aprenden a desconfiar, a replegarse en su propio silencio. La soledad se vuelve su única compañía, y el aislamiento, su refugio. Empiezan a creer que su sufrimiento es inevitable, que escapar de él es imposible. Y aun así, incluso cuando se sienten quebrados, tratan de esquivar el dolor una vez más, de levantarse aunque nadie extienda una mano.

Aquí comienza la historia de una de esas almas. Una persona que ha sido herida más veces de las que puede recordar, que ha aprendido a sobrevivir entre las sombras de su propio dolor. No es un héroe, ni un mártir, solo alguien que sigue respirando cuando todo dentro de él grita por detenerse. Muchos dirían que es un milagro que siga con vida, pero desde su perspectiva, no lo es. Es un castigo lento, un arrastre constante hacia un abismo invisible. Cada día se hunde un poco más en ese vacío gris, donde no hay luz ni consuelo, solo el eco de su propio pensamiento preguntándose una y otra vez por qué sigue aquí. Y quizás, en esa pregunta, comience realmente su historia.

¿Qué tan bajo puede caer una persona, por amor, por algo de atención, por algo que lo haga sentirse vivo? Sin duda alguien normal podría creer que rebajarse por alguien que realmente no te ama es ridículo y por favor, está de acuerdo pero lamentablemente el amor es ciego y los sentimientos propios son capaces de omitirse con tal de recibir algo aunque sea un poco de atención a cambio, la idea del amor siempre ha sido distorsionada, nunca hubo una definición exacta ya que cada uno tiene una versión de amor. Es... Algo complicado de explicar, ¿Qué tal si lo vemos desde otra perspectiva?
Bien, esta es la historia de Nav, un joven que desde niño fue visto como un prodigio. Desde sus primeros años en la escuela, destacaba por su inteligencia, su curiosidad insaciable y su disciplina impecable. Los profesores lo admiraban, sus compañeros lo envidiaban, y su madre lo observaba con una mezcla de orgullo y exigencia que rozaba lo inhumano. Ella había depositado en él todas sus esperanzas, moldeándolo a su imagen de perfección. Cada logro era celebrado con frialdad, como si fuera apenas una obligación cumplida, y cada error, castigado con el peso del silencio. Así, Nav creció aprendiendo que su valor dependía de su capacidad para complacer a los demás, que su esfuerzo era la moneda con la que se compraba un poco de afecto.

Su padre, en cambio, era una sombra distante, un fantasma que aparecía solo en fotografías antiguas y recuerdos borrosos. Nunca hubo una palabra de aliento, ni una mano sobre su hombro. En ese vacío, Nav se refugió en los libros: ellos fueron su verdadera familia, sus confidentes y sus guías. Entre páginas ajadas y mundos de fantasía, descubrió un universo donde el amor siempre triunfaba, donde los héroes sufrían pero eran recompensados al final. Aprendió a creer que el amor era una batalla que se ganaba con esfuerzo, que bastaba con ser bueno, constante y fiel para ser amado.

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