Natalia
Los primeros rayos de luz se colaban por la ventana que se encontraba a mi derecha. Fruncí el ceño. Esa no era mi ventana. Me levanté como pude para buscar mi teléfono en la mesita de noche. No estaba. No estaba porque esta no era mi habitación, no era mi cama, ni era mi mesita. Me recosté en el cabecero de la cama con bastante dificultad. Me dolía todo. Era un dolor tan intenso que creí que me iba a desmayar allí mismo. Me llevé la mano a la frente. Un vendaje. Luego al cuello. Otro vendaje... y algo líquido. Sangre. Me muero.
Todo se empezó a ver borroso y tuve que cerrar los ojos. No recordaba nada. Nada de nada. Solo que discutimos mi padre y yo. Yo cogí el coche y me fui. No sé nada más.
Volví a abrir los ojos. El dolor no cesaba. La habitación seguía sin ser mía. Y sigo sin encontrar mi móvil. Pero la sangre había desaparecido. O eso quería creer. Al lado de la puerta se disipaba una silueta. Contemplando un cuadro. Y tan tranquilo. Se me pusieron los pelos de punta al instante. Sin girarse, comenzó a hablar.
—Veo que ya has despertado.
A ver, verme no me estás viendo, pienso para mí. Natalia, concéntrate.
—Deberías seguir durmiendo.
Al fin se giro. Era un chico. Una figura alta, casi metro ochenta. Pelo corto y negro, que hacía contraste con su piel. Tan blanca como la nieve. Y unos ojos negros, tan profundos que es imposible pasarlos por alto. Cada vez que se acercaba más, me dejaba ver su figura al completo. Hombros anchos y una camiseta pegada a su torso musculoso. ¿Y eso en el brazo? ¿Un tatuaje?
Cuando me di cuenta estaba tan cerca que pegué un respingo. Mala idea. Me golpeé con el cabecero en toda la cabeza. Joder.
—¿Qué hago aquí? —la voz me temblaba, ni siquiera intenté disimularlo. Al ver que no respondía, salté otra vez.
—¿Dónde está mi coche? —siendo sincera, fue la primera pregunta que se me ocurrió. A esta, en cambio, sí respondió.
—Reventado en la carretera.
Ahora que lo dice, creo que me acuerdo. Iba conduciendo a toda velocidad cuando vi una sombra y giré de un volantazo hacia el barranco, justo al lado mío. Ya entiendo los vendajes.
—¿Qué hago aquí? —repetí de nuevo, más alto, desesperada.
De repente cambió su expresión. Se enfadó. Caminó hacia la ventana que había junto a mí y cerró las cortinas.
—No grites, la gente está durmiendo.
—¿Qué gente? ¿De qué hablas?
—Mis hermanos. Igual que deberías estarlo tú.
No me lo creo. Todo esto es surrealista. Intente ponerme de pie. Imposible. Ni un paso. Mi cuerpo pesa el doble. ¿Qué digo el doble? ¡El triple!
—¿Cómo voy a descansar aquí? —bufé.
—Has sangrado demasiado. Hasta que no pasen unas horas más, no vas a poder hacer gran cosa —soltó, como si estuviéramos hablando del tiempo.
—¿Quién eres?
—Jack Barton, exestudiante de la Universidad de Moscú.
—¿Estamos en Moscú?
El pulso se me aceleró sin previo aviso.
—No, pero estudié allí medicina —contestó, rodando los ojos.
¿Y a mí eso qué me importa? ¡Me he estrellado, estoy llena de vendajes y encima estoy con un extraño en una casa que ni conozco! No puedo más.
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(borrador) Vampiros
Vampireuna noche loca, y pum, despiertas en una casa llena de vampiros.
