EL INVIERNO MÁS FRÍO DE MI VIDA

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Una mañana de otoño te despertaba con el roce de mi cuerpo desnudo, abrías tus ojos y sonreías mientras me besabas y me decías: ¡Buenos días mi amor!

Una tarde de otoño te llevaba de la mano aún cuando ya hacía frío, te llevaba de la mano por las calles de Buenos Aires, y cuando sonreías, sabía que mi hogar estaba ahí, en cada sonrisa.

Una noche de otoño prendía velas por nuestro cuarto, colocaba nuestras canciones favoritas y miraba tus ojos llenos de lágrimas mientras te decía que te amaba con cada latido de mi corazón.

Las estaciones pasaban rápido mientras te dedicaba poemas mirando atardeceres que nos quitaban el aliento.

Tu calor me confortaba cada noche de cada estación.

Escuchaba los latidos de tu corazón después de hacerte el amor como melodía para dormir.

Te besaba con toda la pasión que la vida me permitía, y te acariciaba con toda la ternura que mis trabajadas manos me permitían.

Podía describir con los ojos cerrados todo de ti, tus manías, tus miedos, tus alegrías, tus besos, tus caricias, tus orgasmos.

Contigo el amor parecía un juego de niños en el que solo había diversión y risa.

Contigo las horas se pasaban como minutos. Y los días, los días ni siquiera se contaban.

Dicen que el amor es difícil, que hay que trabajar duro para obtenerlo y mucho más duro para conservarlo, pero contigo, era el trabajo más feliz de mi vida...

Una mañana de invierno desperté buscandote y no te encontré, tu cuerpo desnudo ya no estaba y mi mente aún no lo sabía. Despertar era un dolor punzante clavado en mi corazón.

Una tarde de invierno me eché a llorar como si hubiese perdido a todas las personas que he amado de una sola vez, lloré desconsolada y mi corazón dolía tanto que quería arrancarlo de mi pecho y no volver a sentir nunca más.

Una noche de invierno, sentí el frío más intenso que he sentido en mi vida, lo sentí en mis huesos, en mi piel, en mi corazón, en mi alma. Anhele tu piel y tu calor solo para encontrar que, ya no estaba y que no volvería a estar.

Una madrugada de invierno, me desperté con pesadillas de una vida que ya no tenía, de un amor que ya no tenía pero que ya no necesitaba, que ya no sentía.

Una mañana de primavera desperté para sentirme con una sensación de paz que hacía estaciones no sentía. Desperté para ver el amanecer y, de pronto, me encontraba disfrutandolo de nuevo.

Una tarde de primavera caminaba por las calles floreadas de Buenos Aires, sintiendo todos los aromas de primavera, sonriendole a la vida, encontrándome feliz.

Una mañana de verano, sentía el calor intenso en mi piel mientras caminaba al trabajo, y recordaba el invierno más frío de mi vida, aquel que pasé sin ti, y el cual no veía terminar.

Una tarde de verano, me encontré anhelando el invierno, deseando ya que llegara, para disfrutarlo, para sentirlo, para amarlo y comprendí que todo pasa por algo, aunque suene cliché, y que la vida te da las lecciones justas que necesitas aprender, que el amor es bonito y duradero pero pasajero también, que las personas que encuentras en las estaciones te dejan una enseñanza, y se llevan un pedacito de ti, pero también dejan un pedacito de ellas.

Una noche de verano, veía el atardecer y comprendía mientras respiraba esos maravillosos colores, que el amor que te di, fue el más puro que pude dar, pero que no te lo quedaste, sino que lo llevo conmigo, esperando para darlo de nuevo.

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