YA FUERA DE MI ESTADO

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Marrador Max:
El calor de su piel bajo mis dedos no era solo producto de un sueño febril; era una verdad tangible que se desplegaba bajo la luz suave y cambiante de la fantasía. Me recosté sobre ella, sintiendo el leve temblor que recorría su cuerpo al contacto. El vaho de nuestra respiración era el único sonido audible, un ritmo apresurado que marcaba el pulso de ese universo paralelo.
N… me miraba a los ojos con una mezcla de sorpresa, consentimiento y una curiosidad voraz, como si intentara leer el mapa de mi alma en ese instante. Nuestros rostros estaban tan cerca que el más mínimo movimiento bastaría para reiniciar el beso que acababa de nacer.
Tomé una pausa, un aliento que se sintió eterno, para disfrutar de la visión. Ella, semi-desnuda, con la camisa en el suelo y el sostén colgando de un hombro, era más hermosa que cualquier otra imagen que mi mente hubiera conjurado. Deslicé mi mano de su abdomen a su mejilla, enmarcando su rostro.
—¿Esto es lo que quieres? —susurré, mi voz apenas un ruego, aunque sabía la respuesta.
Sus ojos se cerraron y luego se abrieron, brillando con una determinación que disipó toda duda.
—Esto es exactamente lo que necesito, Max —respondió con un tono grave que me hizo temblar.
No hizo falta más. Me incliné, no para un beso tierno, sino para devorar su boca con la urgencia que había reprimido todo el día en mi mente. Nuestros labios se entrelazaron en un baile apasionado. Con el mismo cuidado con el que había deshecho su sostén, liberé mi propia camisa, deshaciéndome de las barreras que separaban nuestros torsos.
El tacto piel con piel fue una descarga que hizo arder el aire. Ella enredó sus manos en mi cabello, atrayéndome con una fuerza que desmentía su aparente fragilidad. Las caricias se hicieron más audaces, explorando cada curva y cada línea. La pasión se había encendido y el mundo exterior, con Yack y las penas que ella fumaba, no existía. Solo quedaba el sueño, el deseo y la promesa de una felicidad que, por irreal que fuera, se sentía más verdadera que la propia realidad.
En esa noche onírica, mientras la tomaba por completo, solo había una certeza: esta mujer, N..., era la obsesión que había tomado control de mi imaginación, y yo no tenía la menor intención de despertar.

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