Una imagen suave se dibuja en mi mente, envuelta en un blanco tan cálido y limpio que me resulta casi imposible distinguir si es un recuerdo o imaginación. En esa visión fugaz, puedo ver la figura de alguien. Está de pie, descalza, sobre un campo de hierba verde, rodeada de flores que combinan tajos azulados y blancos, como si la naturaleza misma respirara en tonos tranquilos.
El lugar parece tan tranquilo, tan nostálgico... como si fuera un sueño. Y, en efecto, casi podría jurar que lo es.
Un zumbido interrumpe con violencia aquella escena mental. Todo desaparece de golpe, reemplazado por una negrura absoluta, más profunda que cualquier sombra conocida. Una oscuridad tan densa que se siente como si mis ojos no pudieran, o no quisieran, abrirse. Me pregunto si siquiera tengo la fuerza de voluntad para hacerlo.
No la tengo. Y, sin embargo, mis párpados comienzan a ceder. No por valentía, sino por necesidad... por esa maldita fachada que he perfeccionado: aparentar que todo está bien.
Y entonces comprendo algo. Aquella oscuridad no era el infierno... Era un regalo.
Porque ahora, una vez más, me tocaría recordar que el verdadero infierno no está en la oscuridad. Está en lo que viene después.
Mis ojos son golpeados por una luz brutal. No un blanco cálido, sino un rojo carmesí, intenso, desagradable, cegador. Instintivamente intento cerrarlos, pero me obligo a mantenerlos abiertos. Como si se tratara de una hazaña de fuerza. Como si cerrarlos significara perder algo más que la visión.
Cuando por fin logro enfocar, comienza el verdadero terror.
Estoy en una habitación inmensa, teñida de tonos rojos carmesí y púrpuras podridos. Todo se distorsiona. Las formas a mi alrededor no se mantienen. Son amorfas, inconsistentes, como si el espacio mismo se retorciera bajo mi mirada. Mi cerebro intenta asignarles sentido, pero las líneas se deforman en cuanto trato de entenderlas.
Bajo mis manos, el tacto no es más indulgente. Algo indescriptible me rodea: se siente como carne cruda de cerdo, mal cortada y aplastada. Las texturas cambian sin lógica: ásperas, rasposas, viscosas. Cada contacto es una traición nueva.
Entonces llega el olor.
Y con él, el verdadero festín de horrores.
Los aromas son brutales, inconsistentes, inhumanos. A ratos, huele a heces, otras veces a solventes industriales. Luego a pintura vieja mezclada con químicos. Después, a gas. Todo mezclado en el aire, como si el oxígeno mismo estuviera enfermo.
Mi estómago se retuerce. Mi mente pelea contra el impulso de vomitar. Quiero huir. Quiero gritar. Pero no puedo. Mis manos buscan algo a lo cual aferrarse, pero no existe punto de escape. Todo cambia. Todo duele.
Y entonces, un pitido agudo, como el de un micrófono descompuesto, atraviesa mi mente. Levanto la mirada. No sé cómo, no sé por qué, pero lo hago.
Y lo veo.
Eso.
Una cosa amorfa. No hay otra forma de describirlo. A veces parece una masa de carne, otras una pila de barro viscoso. Su cuerpo está adornado con órganos, entrañas, trozos de carne mal cortada. Luego se transforma en una sustancia negra, densa, como asfalto líquido. En donde deberían estar sus ojos, solo hay círculos variables, inconstantes, sin pupilas ni sentido.
Y el olor... Dios, el olor.
Huevos podridos. Pescado fermentado. Heces. Todo a la vez, todo penetrando cada poro.
Cada vez que eso se mueve, el pitido se intensifica, más chirriante, más doloroso. Me taladra los oídos, me revienta los pensamientos.
Y entonces, lo entiendo.
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SOFIA
Science Fiction¿Qué pasaría si, de pronto, dejaras de ver el mundo como siempre? Sofía busca responder a esa pregunta a través del descenso a la locura de Alexander, un joven universitario que, tras sobrevivir a un terrible accidente, comienza a percibir la realid...
