La cocina huele a mate amargo y tostadas; afuera, el patio tiene el eco de Oliver que ladra y el viento que mueve las ramas de los árboles. El padre se limpia las manos en el delantal, apaga la hornalla con un gesto lento y llama a Maggie al banco bajo la galería donde la luz de la tarde entra oblicua. Maggie se sienta, la paja trenzada de Alondra colgando del respaldo de su banqueta como mapa de nudos esperando historias.
—Hoy te voy a contar de cuándo la tierra y el cielo se despertaron —dice el padre, con la voz que usa para los mitos grandes—. Es un mito que viene de China. Los relatos sobre Pángǔ (Pangu, Pángǔ) se escuchan en fuentes que se recogieron hacia los primeros siglos antes de nuestra era, aunque seguramente se contaron en palabras aún más antiguas en plazas y hogares.
Maggie se acomoda el saco. —¿Hace tanto? —pregunta.
—Sí —responde él—. Imaginá que, en el principio, todo era una masa espesa, como una semilla enorme o un huevo oscuro. No había día ni noche, ni montes, ni ríos; era un gran huevo donde todo dormitaba. Dentro vivía Pángǔ, un gigante que soñaba con luz.
Con la yema del dedo dibuja en la madera del banco: una curva para el huevo, una figura que estira los brazos. El mate humea a su lado; del fondo se oye a Oliver revolcarse en la tierra.
—Pángǔ creció tanto que ya no pudo quedarse dentro —continúa—. Con un hachazo separó lo pesado de lo ligero: lo pesado se volvió la tierra y lo ligero se convirtió en el cielo. Pángǔ se quedó en medio, sosteniendo el cielo para que no cayera. Día a día decía: "Sostendré y daré forma." Con su aliento nacieron los vientos; con sus brazos, las montañas; con sus lágrimas, los ríos.
Maggie lo imagina como esas grandes figuras que supo ver en libros: manos enormes, mirada tranquila. —¿Y después? —murmura.
—Con el tiempo Pángǔ envejeció —dice el padre—. Su cuerpo se transformó en lo que hoy vemos: sus huesos en cordilleras, su cabello en bosques, su voz en truenos. Así, la gente explicaba por qué hay montes tan viejos y por qué los valles guardan memoria.
Saca de una bolsita una cuenta de jade y la deja en la palma de Maggie.
—No es solo un cuento para escuchar —advierte—. Mañana vamos al barrio chino donde unos amigos; quieren mostrarnos cómo allí las personas todavía dejan ofrendas y atan telas. Y más adelante iremos a China de verdad: quiero que veas con tus ojos cómo se viven estas historias en los senderos y en los altares.
Maggie aprieta la cuenta como si fuera una promesa.
A la mañana siguiente, la ciudad trae olores mezclados: wok en la vereda, té calentito y el rumor del colectivo que pasa. Suben un sendero que termina en un montículo con un pequeño altar al pie: banderolas rojas, cintas, coronas de flores secas. Un hombre mayor, con manos de trabajo, les cuenta que Pángǔ es una manera tradicional china de imaginar el origen del mundo; es una de muchas historias que explican el principio según distintas regiones y tiempos.
El padre le muestra a Maggie cómo acercar una ofrenda: juntar las manos, inclinarse, ofrecer un poco de arroz y una hoja de té, encender un palillo de incienso y dejar que el humo lleve la intención. Le enseña a atar una hebra en la rama de un árbol santo —un nudo simple, firme—, como si uniendo la cuerda a la montaña se anclara también la curiosidad.
—En China —dice en voz baja— la gente ata nudos y deja telas para pedir protección o agradecer. En Japón, tenían su paja trenzada porque cada nudo marca algo que se aprendió; aquí se deja una hebra para recordar que cuidamos la tierra, como Pángǔ cuidó el cielo y la tierra cuando los separó.
Bajo la sombra, mujeres conversan mientras muelen granos; una chica les muestra a Maggie cómo moldear bolitas de arroz para la ofrenda: sus manos son veloces y la masa huele a dulzura. El padre aprovecha para explicar que los mitos funcionan también como guías prácticas: reparan lo roto, marcan cuándo sembrar, enseñan a pedir lluvia. Los gestos simples —molinos, ofrendas, nudos— sostienen el lazo entre la gente y el paisaje.
—Hay otras historias —añade—. Algunas diosas, como Nüwā, reparan el cielo cuando se rasga; otras tradiciones, en India o en Egipto, también usan relatos para explicar el principio: en la India hay cosmogonías védicas y en Egipto relatos donde dioses crean el mundo con palabra o acto. Cada pueblo da forma a la pregunta del origen con imágenes propias.
Maggie ata su nudo con cuidado, mira la cuenta de jade y la coloca junto a la hebra. De regreso, el padre le pregunta: —¿Te parece que estos gigantes y su manera de crear se parecen a lo que contamos de Japón, o a lo de Egipto e India?
Maggie piensa en Amaterasu y en los relatos egipcios de creaciones por decreto, en los himnos védicos que cantan el nacimiento del cosmos. —Se parecen —responde—. Todos intentan decir por qué hay cosas viejas y por qué hay que cuidarlas, aunque usan diferentes imágenes.
—Exacto —dice el padre—. Y por eso quiero que vayamos a China: para ver cómo se viven estas historias en otros paisajes, encontrar las telas, los nudos y las ofrendas reales, y comparar cómo distintas gentes cuentan el mismo asombro.
Guardan la cuenta de jade junto a la paja trenzada de Alondra que cuelga del respaldo; el padre deja una línea suelta, un gancho hacia la siguiente historia.
—Mañana —promete— te contaré quién cose el cielo cuando se rasga.
Maggie se queda mirando la hebra que ondea, pensando en viajes futuros, en montes que parecen huesos de gigantes y en las manos de quienes aún los cuidan.
KAMU SEDANG MEMBACA
Los dioses Chinos
Fiksi SejarahEn este nuevo libro Maggie y el padre recorren la mitología China. Y proyectan un viaje a Oriente.
