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1. Prólogo

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Me encontraba jugando en la sala con Freya. Hacía ya horas que habíamos vuelto del colegio. Esperábamos a que papá terminara de preparar la cena y que mamá llegara, para cenar todos juntos, como solíamos hacer siempre.
La barriga de Freya resonó del hambre que tenía; su carita se arrugó en un puchero y le habló a papá con voz de pena.

—¿Cuándo va a llegar mami?

—No debe faltar mucho para que llegue, cariño. Ayudadme a poner la mesa; seguro que llega enseguida —nos dijo papá desde la cocina.

Ambas asentimos; adorábamos pasar tiempo juntas y ayudar a papá cuando era necesario.

Freya me ayudó a poner el mantel en la larga mesa. Yo sola no podía, ya que apenas llegaba de puntillas de lo alta que era. Justo entonces se escucharon las llaves de mamá en la puerta de casa.
Nos miramos ilusionadas por su llegada, nos sonreímos y juntamos nuestras manos mientras salíamos corriendo y riendo hacia la puerta para recibirla.

No llegamos a tiempo: ella ya había abierto la puerta, con su sonrisa habitual. Pero algo no iba bien.
Justo estaba desarrollando mi poder sobrenatural, y lo percibí: había presencias cerca. No sabía quiénes eran ni de dónde provenían; tal vez simples vecinos paseando por la calle. Dudaba que fuera eso, ya que había percibido amenaza. Justo en ese instante, mis ojos se tornaron rojos. Eso solo podía significar una cosa: estábamos en peligro.

Un fuerte ruido nos paralizó a Freya y a mí, y también a mamá, que se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron con terror. Bajó la mirada hacia su barriga y, con cuidado, se tocó la zona que le dolía. Una enorme mancha roja se expandía por su ropa, dejando claro que estaba herida.

De la nada, una ráfaga de disparos atravesó la puerta, alcanzando el cuerpo débil de nuestra madre y dirigiéndose hacia nosotras. Papá nos tiró al suelo, protegiéndonos de las balas. Su cara de pánico me paralizó. Freya tiró de mí.

—Tenemos que escondernos, Tessa —me dijo, estirando de mi vestido, pero yo permanecía quieta—. Vamos, corre.

Corrimos a la cocina, y ella me escondió en uno de los armarios. La miré a los ojos al darme cuenta de que no iba a entrar conmigo.

—Ven —le dije con un gesto de mi manita—. Tienes que esconderte tú también.

—Tess... no cabemos las dos. Escóndete tú, yo encontraré dónde ocultarme.

Con lágrimas en los ojos, acepté. Había una pequeña ranura en la puerta del armario por donde podía ver lo que ocurría fuera.
Freya intentaba usar sus poderes. Tenía dos años más que yo, por lo que ya estaba aprendiendo a dominarlos. Su cabello empezó a flotar, sus ojos se volvieron blancos y pequeñas líneas rojas brotaron de sus brazos.

Pese a todo su esfuerzo, el escudo de invisibilidad que trataba de crear no funcionó, y la pérdida de energía la debilitó. Su cuerpo comenzó a levitar y, de repente, cayó al suelo. Quise salir a ayudarla, pero me quedé paralizada.

Un hombre entró armado; era quien había disparado a mis padres. Le disparó en la pierna a mi hermana y la cargó en su hombro. Sabía que no estaba muerta. Se la llevaron.

Ese día fue el último en que viví feliz, el último día que vi a mi familia.
Mis padres estaban muertos, mi hermana secuestrada, y yo solo tenía seis años.
¿Qué se suponía que iba a ser de mí, ahora que me había quedado completamente sola?

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