La noche caía pesada sobre la ciudad. Las luces de neón iluminaban las calles vacías, pero en el aire aún flotaba el eco de lo que había pasado semanas atrás: Yibo, el mafioso más temido, había sido arrestado. Su mundo se había detenido, y lo único que no podía olvidar era Zhan.
Ahora, libre y más intenso que nunca, Yibo conducía su camioneta negra por las calles hasta la fiesta que Zhan no sabía que él asistiría. Había rumores, risas y música alta cuando Yibo estacionó. No había tiempo para sutilezas. Su mirada se fijó en Zhan: elegante, despreocupado... y acompañado de otro.
El corazón de Yibo se apretó. La celopatía se apoderó de él. Cada movimiento de Zhan junto a aquel otro hombre le quemaba por dentro. No podía esperar más. Caminó hacia la fiesta con pasos firmes, empujando a quienes se interponían, con la tensión marcando cada centímetro de su cuerpo.
-¡Zhan! -su voz retumbó sobre la música, y todos voltearon a mirarlo. Zhan giró, sonriendo nervioso, intentando suavizar la escena. -Yibo... yo... -No empieces con excusas -interrumpió él, acercándose a toda velocidad, su presencia imponitendo respeto y miedo-. ¡Sube a la puta camioneta!
El otro hombre se apartó sin atreverse a decir nada. Zhan se quedó paralizado por un segundo, con la adrenalina recorriendo su cuerpo, y luego, resignado y divertido a la vez, se dejó guiar por Yibo.
-¿Sabes cuánto tiempo esperé para verte? -murmuró Yibo, acercando su rostro al de Zhan, con un brillo feroz en los ojos-. Nadie te toca mientras yo no lo diga.
Zhan sonrió, divertido y ligeramente temeroso, mientras seguía al mafioso celopático hasta la camioneta. La tensión era eléctrica, casi dolorosa, pero en esa intensidad había algo que ambos deseaban: cercanía, protección y un amor que desbordaba límites.
-Eres un maldito celoso -dijo Zhan, sin poder ocultar su risa. -Solo un maldito que te quiere solo para él -replicó Yibo, con la voz baja y amenazante, pero cargada de pasión-. Ahora, cállate y súbete.
El motor rugió y la camioneta arrancó, dejando atrás la fiesta, los rumores y las miradas. Solo ellos dos, atrapados en la intensidad del momento, con Yibo sujetando a Zhan cerca, casi reclamándolo como suyo.
El viaje fue silencioso, solo interrumpido por el rugido del motor y la respiración contenida de ambos. Yibo finalmente rompió el silencio, su voz más suave, pero igual de firme:
-Nunca más... nadie más. Solo tú. Zhan apoyó su cabeza en el hombro de Yibo, sonriendo. -Siempre supe que regresarías por mí... y que me sacarías de cualquier lugar.
Yibo lo abrazó con fuerza, cerrando los ojos, mientras la camioneta avanzaba bajo la noche iluminada por las luces de la ciudad. La tensión, los celos y la acción habían dado paso a algo más profundo: la certeza de que su vínculo era indestructible, intenso y verdadero.
-Maldición... eres imposible -susurró Zhan, con una risa suave. -Y tú eres mío -contestó Yibo, con una sonrisa feroz, finalmente relajado.
Los días pasaron. El mafioso que antes vivía entre peligros y negocios oscuros decidió cambiarlo todo. Yibo dejó la mafia, abandonó la ciudad y se llevó a Zhan consigo. Se fueron al campo, a un lugar donde nadie los conociera, donde el único ruido fueran los pájaros y el viento.
Allí construyeron su propia historia, una vida tranquila y llena de amor. Entre risas, trabajo y noches interminables juntos, su vínculo creció más fuerte que nunca. El tiempo les regaló algo que ni la ciudad ni la mafia pudieron quitarles: una familia.
Zhan dio a luz a seis hijos, todos con la sonrisa traviesa de Yibo y la ternura serena de él mismo. La casa del campo se llenó de risas, pasos pequeños y amor desbordante.
Yibo, el malandro celoso de antes, se convirtió en el protector de su familia, cultivando la tierra con sus propias manos y cuidando de cada uno como si fueran tesoros. Aunque seguía teniendo ese brillo intenso en los ojos, ya no era por celos... era por amor, orgullo y paz.
-Nunca pensé que un mafioso como yo terminaría ordeñando vacas -decía Yibo, entre risas. -Y nunca pensé que un celópata terminaría siendo el mejor padre del mundo -respondía Zhan, dándole un beso en la mejilla.
Y así, entre campos verdes, risas de niños y el calor de un amor eterno, Yibo y Zhan encontraron su verdadera libertad.
Fin.
