prólogo

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La noche envolvía Blackthorn como un manto oscuro que absorbía la luz de la luna. Las calles empedradas estaban vacías, y un viento helado arrastraba hojas secas y susurros olvidados. En medio de esa quietud, una figura caminaba sola: Seraphine.

No había rastro de miedo en su andar. Cada paso resonaba con autoridad, y cada mirada que cruzaba su camino se apartaba. Era una vampira nacida, un ser único entre los suyos, y su poder era tan legendario como temido. A su alrededor, el aire parecía vibrar con una energía que nadie podía comprender. Ella podía absorber y reflejar el sufrimiento físico de cualquier ser, un don que la convertía en un arma viviente.

Pero incluso alguien tan implacable tenía heridas que ni el tiempo podía curar. Su hermana había sido arrancada de su lado por un clan rival, y la memoria de aquel asesinato la perseguía como un cuchillo invisible que nunca cicatrizaba. Esa era su debilidad, el único hilo que podía atravesar la armadura de hielo que Seraphine había construido a lo largo de los siglos.

Las leyendas decían que su madre había desaparecido al nacer, que nadie sabía si era vampira, humana o algo aún más oscuro. Esa ausencia había marcado su destino desde el primer aliento, y la convirtió en un ser que ni los clanes más antiguos podían ignorar. Por ser nacida vampira, Seraphine era admirada y temida al mismo tiempo, un enigma que despertaba respeto... y miedo.

Esa noche, mientras recorría los límites de su territorio, los susurros del viento parecían traer advertencias. Algo se acercaba, algo antiguo, algo que no podía explicarse solo con la razón. Y mientras la niebla se espesaba entre los árboles y las torres de Blackthorn, Seraphine sintió, por primera vez en siglos, que su mundo estaba a punto de cambiar.

"Cuando la sangre y el fuego se unan, el amanecer caerá."

La profecía resonaba en su memoria como un eco lejano, un aviso que aún no entendía por completo. Y aunque no sabía quién ni cómo, algo le decía que su destino estaba por entrelazarse con alguien que vendría a desafiarla, a probarla... y quizás, a destruirla.

La oscuridad no era su enemiga. Lo desconocido, sí.

de rival a mi eternidadStories to obsess over. Discover now