Dos años. Dos años desde la última vez que la oscuridad en el Subcroft tuvo la textura reconfortante de la complicidad y no la fría amargura de un recuerdo roto.
Ahora, la sala secreta se sentía menos como un refugio y más como un campo de batalla congelado. Las estanterías polvorientas, el tríptico silencioso... cada elemento era un espectro de la intensa y peligrosa quintaño que habían compartido.
El problema con la Magia Antigua
—la que residía en Melissa, la que Sebastian había intentado manipular— no era su inmenso poder, sino su capacidad para revelar la verdad. La verdad sobre la desesperación, la ambición... y lo fácil que era que una conexión ardiente se convirtiera en ceniza.
Sebastian Sallow ya no era el muchacho carismático y desesperado. El tiempo, o quizás Azkaban si se había tomado esa fatídica decisión, había pulido su encanto hasta convertirlo en algo afilado y peligroso. O, si la suerte (o la clemencia de Ominis) había estado de su lado, el exilio autoimpuesto lo había vuelto un hombre sombrío, cuyos ojos marrones estaban permanentemente velados por una culpa que solo él conocía.
Hoy, el destino, con su particular sentido del humor cruel, los había forzado a encontrarse. No en un rincón apartado de la biblioteca, buscando un pergamino prohibido, sino en el Gran Comedor, bajo la mirada de cientos de estudiantes. Melissa, ahora convertida en una figura respetada, la muchacha que salvó el mundo mágico, se movía con una gracia que antes no poseía. Él, que apenas había regresado a Hogwarts, era una sombra; si había regresado, era una amenaza latente.
Sus miradas se cruzaron. Fue menos un saludo y más un duelo sin varita.
Melissa sintió un pinchazo familiar y odioso en el pecho. No era amor, no era dolor... era la rabia limpia y dura del arrepentimiento. Se odiaba por los meses de secretos compartidos en el Subcroft, por las promesas silenciosas, por la forma en que su mano se ajustaba perfectamente a la de él al entrar en una cripta oscura.
Sebastian, por su parte, le devolvió la mirada con una frialdad tan intensa que quemaba. En el pasado, ese mismo calor lo había consumido. Ahora, era el muro de hielo que había levantado para sobrevivir. Sus labios se curvaron en lo que no era una sonrisa, sino una mueca de desprecio.
«¿Mala suerte?», pensó Melissa con un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima escocés.
Y la peor cicatriz no era la visible, sino la que yacía entre ellos: un abismo de traición y dolor, profundo como el Pensadero que habían usado, y tan prohibido como la Magia de Sangre. Eran desconocidos unidos por un pasado que jurarían no haber vivido.
La guerra de miradas terminó. Melissa giró. Sebastian la dejó ir.
Ambos sabían que ese encuentro no era un reencuentro, sino una declaración de guerra. Y dos años solo habían servido para hacer que su animosidad fuese más letal.
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Darkness //Sebastian Sallow//
FanfictionPara Sebastián Sallow, Melissa es la encarnación de la traición, la causa silenciosa de su dolor más profundo, un enemigo cuyo rostro le recuerda la pérdida que juró vengar. Para Melissa Avery, Sebastián es el chico que un día fue su amigo y ahora e...
