Dedicado a mis amigas.
El verano se insinuaba esa noche en la ciudad.
Mariana dio varias vueltas antes de hallar un sitio libre para estacionar.
Mientras giraba el volante, dos preocupaciones se repetían en su mente: no destrozarse los meniscos con los tacones, y que el auto no quedara demasiado expuesto a la inseguridad de la zona. En el asiento trasero brillaban las sillitas de Tomy y Lisandro, quizás para otros no pero para ella y su marido, cotizaban en oro , ya que no tenerlas podia romper el perfecto cronometro de su rutina.
Apagó el motor, cambió las zapatillas por los zapatos prestados de su prima y, antes de cerrar la puerta, revisó compulsivamente el interior del coche. Le resultaba extraño salir del auto con tan pocas cosas a cuestas. En el reflejo de la ventanilla acomodó el vestido negro y la faja que comprimía los rastros de su ultima cesárea.
—Un par de horas, nada más —murmuró—. Todo estará bien.
El bar quedaba a dos calles. Los zapatos eran demasiado altos, sus pies domesticados por las zapatillas se rebelaban con cada paso.
Respiró hondo antes de atravesar la entrada iluminada.
Adentro, sus amigos la recibieron con entusiasmo.
Penélope, su amiga de la universidad, la abrazó con exageración, mientras Facundo, su marido, le alcanzaba una cerveza fría.
—¡Mirá lo que es mi amiga! —exclamó Penny, casi gritándole al oído.
—No sé cuánto aguante sobre estos zancos… —respondió Mariana con una sonrisa ladeada.
El lugar estaba repleto: viejos compañeros de la facultad, huéspedes del hostel de la pareja, desconocidos mezclados con conocidos gracias a las redes sociales.
La fiesta se llamaba “La Noche de los Encuentros” y, sin duda, haría honor a su nombre.
Tras un rato de charlas triviales, Mariana se escabulló hacia la barra. Pidió un gin tonic con la precisión de un ritual: copa balloon, su marca predilecta, un toque de anís, cáscara de limón enrulada. Entre la música y la juventud de la bartender, pronto entendió que sus pedidos no serían cumplidos… y así fue. Reviso el teléfono, un mensaje de Leo:
—"Todo ok aquí."
Mariana suspiró aliviada y guardo su teléfono.
Tomó el vaso largo, retiró la rodaja de limón y pensó: Me tomo esto y me voy.
Pero, entre el amargor del gin tonic y el murmullo de la multitud, algo despertó su olfato: Un perfume antiguo, venia de una cercanía demasiado conocida.
Una voz grave rozó su oído derecho:
—Creo que ese gin tonic está flojo de papeles.
Una mano se posó en su espalda, justo sobre la faja que llevaba bajo el vestido.
Mariana se tensó al instante.
Esa voz, ese gesto, esa frase… un escalofrío agradable recorrió su espina dorsal.
Giró despacio.
Un nudo de emoción se instaló entre sus costillas y su estómago.
Sí. Era Augusto Pérez Lombardo. Para ella, siempre sería “Tito”.
Alto, cabello castaño, ojos negros, la misma voz y esa cadencia que la había seducido quince años atrás.
El nudo dentro de Mariana parecía poder dirigirse al sur, presionando su vejiga, o subir por sus cuerdas vocales y obligarla a decir lo primero que se le ocurriera:
ANDA SEDANG MEMBACA
MARA Y EL VESTIDO NEGRO
CintaMariana vuelve a una fiesta después de mucho tiempo. El vestido negro, la faja y una mezcla de nervios y curiosidad la acompañan. Entre luces, miradas y viejas canciones, algo -o alguien- la espera. El reencuentro con Augusto podría ser solo una ané...
