Harry estaba sentado en el borde de la cama, mirando con paciencia cómo Draco intentaba no fulminar con la mirada al espejo. Draco tiraba con evidente incomodidad del borde de los jeans, como si la tela fuese una ofensa personal contra la nobleza de los Malfoy.
—Esto es humillante, Potter. No hay ni un solo botón de plata en toda esta ropa. Ni bordados, ni capas, ni siquiera un chaleco decente. ¿Cómo pretendes que alguien me tome en serio? —bufó, girando sobre sí mismo para que Harry apreciara mejor el desastre. Harry reprimió una carcajada, aunque sus ojos brillaban con diversión. Draco estaba guapísimo, y lo sabía, aunque jamás lo admitiría.
—Precisamente de eso se trata. Nadie tiene que tomarte en serio hoy. Solo... sé Draco, sin túnicas elegantes ni insignias de familia —respondió, levantándose y acercándose para arreglarle el cuello de la camiseta.
—No recuerdo haber aceptado ser parte de tu experimento muggle. —Draco alzó la barbilla, como si las palabras fuesen un reto.
—No es un experimento. Es una cita. Quiero mostrarte algo que nunca pude disfrutar de niño... y quiero hacerlo contigo. —Harry sonrió, dejando que su mano se deslizara hasta la de él. Draco frunció el ceño, luchando por mantener la fachada de fastidio. Pero sus mejillas se colorearon apenas, y Harry supo que había ganado la batalla.
—Si esto resulta ser tan ridículo como creo, me lo deberás —advirtió Draco, aunque la tensión de sus hombros cedió un poco.
—Trato hecho —dijo Harry, apretando su mano con una sonrisa que hizo rodar los ojos a Draco, aunque en secreto se dejaba arrastrar—. ¿Estás listo? —preguntó extendiendo la mano.
—No, pero supongo que es muy tarde para negarme —masculló mientras tomaba la mano ofrecida. Harry solo le sonrió y, unos segundos después desaparecieron el lugar.
***
El aire húmedo de Londres los envolvió en cuanto salieron del callejón. El murmullo de la ciudad era un rugido constante: cláxones de coches, voces superpuestas de transeúntes, el zumbido eléctrico de los letreros de neón y el estrépito metálico de un autobús rojo al frenar en la esquina. Harry no soltó la mano de Draco y lo guió con naturalidad entre la multitud.
Draco, sin embargo, avanzó como si estuviera en otro mundo. Sus ojos grises se movían de un lado a otro, atrapando cada detalle con una mezcla de curiosidad y recelo. El reflejo de las luces en los charcos del pavimento, los escaparates brillantes llenos de maniquíes que parecían saludarle con sus gestos congelados, los hombres con auriculares hablando aparentemente solos... todo lo confundía y fascinaba al mismo tiempo.
—¿Cómo demonios pueden soportar tanto ruido? —murmuró, frunciendo el ceño mientras una motocicleta aceleraba junto a ellos, dejando un olor a gasolina en el aire. Harry rió suavemente, inclinándose hacia él.
—Ya verás que te acostumbras.
Pero su atención se desvió un segundo cuando un niño pequeño, que sostenía un globo rojo, tropezó delante de ellos. Harry se agachó instintivamente para ayudarlo a levantarse, sin notar que, en ese instante, Draco había soltado su mano.
Arrastrado por la curiosidad, Draco dio unos pasos hacia el borde de la acera. Frente a él, una interminable fila de automóviles brillaba bajo las luces de la calle, motores ronroneando impacientes. Arriba, el semáforo se iluminaba de verde. Draco alzó el rostro hacia la figura luminosa de un hombrecito que brillaba sobre el cruce. Alzó una ceja.
—¿Se supone que eso significa que debo avanzar? —se dijo en voz baja, y sin pensarlo más, dio un paso hacia la calzada.
—¡Draco! —La voz de Harry lo atravesó como un hechizo.
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Cita de Alto Riesgo (Harco)
Hayran KurguHarry lleva a Draco a una cita en un parque de diversiones muggle. Esta historia participa en el #FKtober de la Fanpage @Es de fanfics de Facebook
