Capítulo 1

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El Re sostenido era un clavo oxidado martillándose una y otra vez en su sien. Jenna apretó los párpados con más fuerza, como si con eso pudiera estrangular la nota discordante que salía del piano vertical, un mueble viejo y desgarbado que más que un instrumento parecía un ataúd para melodías muertas. Sus dedos, ágiles pero tensos, surcaban el teclado con una furia contenida, repitiendo el mismo pasaje complejo de la Ballade No. 1 de Chopin. La habitación, pequeña y ahogada en sombras, olía a polvo de tiza y a ansiedad.

Era la víspera. De nuevo. La noche eterna que precedía a toda audición importante, pero esta era distinta. Esta era la última. La palabra resonaba en su cráneo con el eco lúgubre de una sentencia: última oportunidad, última bala, último suspiro.

Sus padres, con su bienintencionada pero agobiante pragmatismo, habían puesto un ultimátum sobre la mesa de la cocina, entre la sal y el aceite de oliva. «Veintidós años, Jenna. Es hora de pisar tierra. La música es un hobby maravilloso, pero no un sustento.» Su padre, contador de profesión y de espíritu, había usado esa palabra. Hobby. Como si lo que a ella le quemaba por dentro, esa necesidad física de tocar, de sentir las teclas frías bajo sus yemas, fuera comparable a coleccionar sellos o hacer punto.

Jenna golpeó el teclado con ambas manos. Un estruendo disonante, un grito de ira y desesperación, llenó la habitación. El silencio que le siguió fue aún más opresivo. Apoyó la frente en la madera barnizada, fría contra su piel sudorosa. Allí, en la oscuridad detrás de sus párpados, solo había una imagen: Gwendoline Christie.

No era un recuerdo borroso, era una visión grabada a fuego. Tenía quizás dieciséis años, escondida en el sofá de su casa, con los auriculares puestos y la pantalla del portátil brillando en la penumbra. Era un video de archivo, un concierto de la Filarmónica. Y allí estaba ella. Gwendoline Christie. No parecía una directora de orquesta al uso. No era la típica figura enérgica y sudorosa. Era una diosa tallada en hielo y ébano. Casi dos metros de elegancia severa, enfundada en un vestido negro que caía como una cascada de sombras. Su batuta no era un palo, era una extensión de su voluntad. Y sus manos… sus manos no solo marcaban el compás. Acariciaban el aire, lo moldeaban, extraían de la orquesta un sonido que era pura emoción hecha vibración. Era fuerza. No la fuerza bruta de un golpe, sino la fuerza imparable de un glaciar moviéndose. La forma en que su mirada, intensa y perdida en algún lugar más allá de la sala, se conectaba con cada músico, era hipnótica. Bajo su batuta, los violines no lloraban, sollozaban. Los metales no sonaban, proclamaban. Jenna, a los dieciséis, sintió que le arrancaban algo del pecho. Una certeza. Eso era lo que ella quería ser. No solo una pianista que reproducía notas. Quería ser un instrumento de esa misma verdad visceral. Quería, de alguna manera, estar bajo la tutela de esa fuerza, absorber aunque fuera una chispa de ella.

Pero la travesía se había torcido. Cinco años de conservatorio, innumerables audiciones, y siempre la misma sensación: era una nota más en una partitura gigantesca y anónima. Un número. Un rostro intercambiable. Su técnica era buena, lo sabía, pero carecía de… de algo. De eso que Gwendoline Christie tenía de sobra: identidad, carácter, un fuego interior que te obligaba a mirarla.

Al día siguiente, el auditorio de la prestigiosa —y pretenciosa— Academia Lysander era un bloque de mármol y cristal que parecía diseñado para intimidar. Jenna, con su vestido negro sencillo y su carpeta de partituras bajo el brazo, se sentía como una polilla en una catedral. En la sala de espera, el aire estaba cargado de un perfume caro y una competitividad sorda. Otros aspirantes, con manos largas y dedos de araña, realizaban escalas perfectas en pianos silentes sobre sus rodillas. Sus miradas se deslizaban sobre Jenna, la evaluaban, y la descartaban con una rapidez brutal. Ella se encogió en una silla de plástico duro, jugueteando con un colgante de plata con forma de clave de sol que su abuela le había regalado. «Para que no olvides la melodía de tu corazón, cariño», le había dicho. Ahora el colgante le parecía un talismán ingenuo contra la fría realidad.

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